Estudiar y trabajar

Por EQUIPO AICTS / 17 de junio de 2024

Hay cuestiones que parecen remitir a otros tiempos pero que, aunque no lo parezca, son muy actuales. Y más en los tiempos que corren. No suelen salir en los medios de comunicación pero, de vez en cuando, artículos y reportajes se hacen eco. Un ejemplo de ello es "Cada vez más jóvenes estudian y trabajan, pero van a petar: 'Si no hago nada, creo que no sirvo'", que firmaba en El Confidencial Héctor García Barnés el pasado 1 de junio de 2024. El artículo de García Barnés señalaba que más de un tercio de los jóvenes españoles menores de 30 años compatibilizan trabajo y estudios. En el mismo, además de los análisis de diferentes sociólogos, se presentan algunos testimonios de jóvenes que están en esa situación, destacando el esfuerzo cada vez mayor que tienen que realizar, especialmente en entornos más competitivos como en los que nos encontramos.

Estudiar y trabajar a la vez nos remite a otras épocas, en cierto sentido, y era uno de esos procesos que casi se veían como superados. Lo que ocurría no es que hubiese pasado ese hecho, sino que no se hablaba de ello. Las generaciones anteriores, aquellas que venían de las clases trabajadoras y agrícolas, que eran clases medias aspiracionales, se encontraron con un acceso a los niveles de estudios superiores que no habían tenido sus padres. Como hemos señalado en otras ocasiones, estudiar en la Universidad era algo reservado, mayoritariamente, a las clases medias - altas y altas. No obstante, no eran pocas las personas que no llegaban a estos estudios. Y, parte de los que lo hacían, además de contar con becas en no pocos casos, también lo compatibilizaban con trabajos. Estos solían darsel, especialmente, en épocas estivales, o incluso los fines de semana. Eran empleos en la hostelería, la restauración o en campañas del sector primario, también en trabajos temporales en la industria. Trabajos en los que se podía ganar un dinero que se reservaba para los meses de estudio, especialmente si se hacía fuera de su ciudad y región de origen. En general, los salarios no eran bajos, y había oportunidades laborales en estos sectores. Posteriormente, tras la década de los noventa del siglo XX, se observaba cómo este fenómeno no era tan frecuente, especialmente en ámbitos como la hostelería y la restauración, pero también en el sector primario, mientras que en el secundario desaparecían esos empleos. No cabe duda de que, igualmente, había ocupaciones caracterizadas por su dureza que no contaban con una elevada demanda por parte de la población autóctona. Tampoco se daban las necesidades de épocas pasadas. Por otra parte, la mirada sobre los jóvenes se centraba en aquellos años en el fenómeno ni-ni, ni estudian ni trabajan, aunque no era ni mucho menos el grupo más amplio de la juventud. Pero, se categorizaba a buena parte de la misma de esta forma. 

La crisis de 2008 supuso un gran punto de inflexión, altamente ya referido. En el caso de la Educación, y del acceso a los estudios superiores, supuso un mayor impacto para la influencia del origen social. Si la cualificación había sido el pasaporte de la movilidad y del ascensor social, desde entonces se constató su ruptura. Se sabía que estaba trucado y que la meritocracia no existía, pero no cabe duda de que la transformación de nuestras sociedades se había debido, en buena medida, por este proceso. En este nuevo contexto, jóvenes procedentes de las clases trabajadoras y medias iban a tenerlo más complicado. En algunas de las investigaciones que se han llevado a cabo desde integrantes de AICTS, se ha constatado cómo era en la Universidad cuando los estudiantes eran más conscientes de las desigualdades sociales y del impacto de su origen. De esta forma, y como bien refleja el reportaje de García Barnés, cada vez más estudiantes tienen que trabajar para poder llevar a cabo sus estudios. Pero, no solamente eso, sino que la trayectoria formativa no acaba con un Grado universitario. Al contrario, Máster y Doctorado se han incorporado a la misma de forma ya claramente institucionalizada. Y no solo un máster, incluso varios. Este hecho supone un esfuerzo inmenso para no pocas personas. Trabajar y estudiar a la vez no es una opción sino una necesidad. Y la presión, crece. Además, habría que añadir en este proceso a los jóvenes en Formación Profesional, tanto en Grado Medio como Superior, parte de los cuales también llegan a la Universidad a través de las diferentes pasarales previstas para ello. Y no son pocos los que también trabajan y estudian a la vez.

En definitiva, un escenario que nos muestra una vez más los cambios que se han producido en la estructura social y cómo impacta en las desigualdades. En el caso de la Educación, seguimos manteniendo nuestra creencia en su valor, y los datos no lo desmienten: el riesgo de caer en el riesgo de exclusión social es mayor a menor nivel de estudios. Se cuestiona la importancia de contar con un determinado nivel de estudios, especialmente universitario, incluso no son pocos los discursos, interesados, que inciden en que hay muchos titulados y demasiada oferta formativa. No es cierto. El problema es de nuestra estructura productiva. Mientras tanto, debería apoyarse el hecho de que todas las personas que quieran estudiar, puedan hacerlo, con independencia de su origen social. Hay esfuerzos enormes, especialmente si tienes que desplazarte de ciudad, y más si es una gran ciudad como Madrid o Barcelona, con el incremento del coste de la vida y de los precios de la vivienda. Las becas y ayudas al estudio no cubren todos estos gastos. Por lo tanto, la presión aumenta, como bien señala el interesante y necesario artículo de García Barnés. 



















































 

 

 


 



 

 
















El aumento de las exigencias

Por EQUIPO AICTS / 10 de junio de 2024

Como en otras cuestiones, no es la primera vez que en el Blog de AICTS abordamos cuestiones relacionadas con el mundo del trabajo y sus transformaciones. De hecho, son frecuentes debido a las consecuencias que tiene en todos los ámbitos de la vida. Nuestras sociedades se articulan alrededor del trabajo, tanto como medio de vida como configurador de nuestras identidades, así como determinante de las posiciones en la estructura social. Es un hecho obvio e indiscutible y sobre el que se ha venido teorizando a lo largo de siglos. Podrán señalarse procesos como los denominados "la gran desconexión" y similares, personas que deciden elegir otra forma de vida dejando de lado trabajos cualificados y bien remunerados. Pero, esto es una excepción y no se puede hacer de la anécdota una categoría. Otra cuestión bien diferente es el hecho de que hay también personas que deciden no aceptar determinadas condiciones laborales, incluyendo las salariales, pero tampoco es la generalidad porque hay unas necesidades que cubrir. 

El mundo del trabajo se ha ido transformando en las dos últimas décadas como consecuencia de la evolución del capitalismo neoliberal de la Globalización. El trabajo fue perdiendo su posición, convirtiéndose de forma explícita en un factor más de producción, que ya lo era. De esta forma, parte del crecimiento económico se ha basado en el deterioro de las condiciones de trabajo. Una realidad que se va viendo continuamente. A la par que se reducen los empleos con buenas condiciones, aumentan los que se encuentran en situación precaria. Una dualización del mercado de trabajo que da lugar a que, de esta forma, el acceso a los primeros, cada vez más reducidos, depende en mayor medida de los orígenes socioeconómicos. Es un hecho que se observa claramente en trabajos cualificados. Si bien este proceso había operado de forma sutil, o indirecta, ahora ya es totalmente explícita.

A estos cambios en el mundo del trabajo se añade un factor fundamental como es el incremento de las exigencias y de las demandas a los trabajadores y trabajadoras. Seguramente no hay sector o empleo en el que no se esté dando este hecho, sean cualificados o no cualificados. Parece que estamos en una carrera sin freno que nos lleva, cada día, a tener un mayor rendimiento y productividad, aunque luego acusen a países y sectores de no serlo. Cada vez se va produciendo un incremento de las funciones, de tener que abordar más tareas. En cualquier conversación, estas cuestiones salen a relucir y muestran un creciente y profundo malestar en nuestras sociedades. Además, el incremento del coste de la vida, de los precios, de los intereses bancarios, etc., ha dado lugar a un escenario en el que se juntan estos dos polos. Se trabaja más y con mayor presión pero, a la vez, los rendimientos del empleo son cada vez menores. Esta precarización de la vida se está cebando con las clases trabajadoras y medias, que han visto cómo se han deteriorado sus condiciones de vida.

Sin duda alguna, el impacto de las tecnologías y de la digitalización ha sido fundamental para este escenario. Especialmente se puede apreciar en trabajos cualificados, donde la burocratización se ha incrementado de forma exponencial, apoyada en las TIC. Todo este escenario, como hemos comentando, lo ha descrito de forma clara la antrópologa e integrante del CSIC, Remedios Zafra, en sus obras. El País publicó hace unas semanas los resultados de un estudio en el que se indicaba que el 44% de los trabajadores se sentía estresado, teniendo su impacto en todos los ámbitos de la vida. Y, en este contexto, el impacto de las tecnologías es uno de los factores determinantes. Al mismo tiempo, The Conversation y Ethic también lanzaron el artículo de Francisco Trujillo Pons "Tecnoestrés, fatiga informática y el derecho a la desconexión digital en el ámbito laboral", mucho más explícito en ese sentido, ya que incidía en las consecuencias de la digitalización. Este hecho tuvo su punto de inflexión, como hemos visto en otros artículos, con la pandemia del Covid-19. En ese contexto, las tecnologías eran un medio necesario para llevar a cabo no pocas actividades. Sin duda alguna, la más destacada fue la impartición de la docencia en el ámbito educativo, por el cierre de las escuelas, institutos y universidades. Sin embargo, el cambio fue más allá y tras la pandemia, se produjo un escenario en el que se producía un retorno a la actividad física y presencial pero, a su vez, lo digital se mantuvo y se intensificó. Este hecho ha dado lugar a una sobrecarga y a una falta de desconexión laboral. Actividades, reuniones online, correos electrónicos continuos (a cualquier hora y en cualquier momento), procedimientos electrónicos (que ya son la gran mayoría), etc., son una realidad que agota a trabajadores y trabajadoras. Y todo ello unido a un aumento de la exigencia en los empleos.

En todo caso, el escenario en el que nos encontramos es global, son factores asociados a un mismo proceso que es el debilitamiento del trabajo dentro de un sistema que está generando numerosas desigualdades. Los cambios en el mundo del trabajo son un indicador de la transformación de nuestro mundo. Y este escenario va a peor. 



















































 

 

 


 



 

 
















Los cambios de las ciudades

Por EQUIPO AICTS / 03 de junio de 2024

Si en la entrada anterior del Blog señalábamos las transformaciones que se estaban produciendo en el sistema en el que nos encontramos, y que dicho proceso nos lleva a otro escenario, que todavía se está vislumbrando, en esta ocasión vamos a centrar esta cuestión en la evolución de las ciudades. Es una cuestión que está centrando un elevado número de análisis, tanto en publicaciones como en artículos de prensa, reportajes, etc. Es un hecho evidente que, las transformaciones del sistema que comentábamos en la entrada anterior, han dado lugar a una serie de cambios estructurales en las dinámicas urbanas, tanto desde un punto de vista de articulación como internos. Y si los primeros han contribuido a una nueva configuración territorial, los segundos comenzaron en las grandes ciudades y se han ampliado a no pocas medianas y pequeñas. De esta forma, las piezas en el tablero se han movido, dando lugar a un nuevo espacio. En este sentido, el periodista de El Confidencial Esteban Hernández, es uno de los principales referentes a la hora de analizar esta evolución y el 2 de junio publicaba un interesante y atinado artículo bajo el título "Taylor Swift, Florentino y Pola de Siero: la clave de la política contemporánea", en la que presentaba las tendencias globales y sus consecuencias en las ciudades y territorios, con la pugna entre dos visiones que no se definen claramente políticamente y que se agruparían entre las apuestas por el comercio y el turismo, con un enfoque global, frente a otro modelo compuesto por los resortes de sectores más tradicionales, lo que queda de la industria y de los comercios y hostelería más centrada en el barrio, y las clases trabajadoras, simplificando los dos modelos.

Que la Globalización ha sido protagonizada por las grandes ciudades o metrópolis globales es un hecho indiscutible. Este escenario ha dado lugar a unos desequilibrios territoriales, con una especie de "efecto Mateo territorial" que ya hemos comentado en otras ocasiones. Fue Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, la que señaló hace unos años que ella competía con Londres. No le faltaba razón. En la evolución que se ha dado en estas dos décadas, estas grandes ciudades no han dejado de ganar población y de concentrar actividades productivas. Recordemos que, allá por los noventa y primera década del siglo XXI, se nos decía que podríamos vivir en cualquier lugar y trabajar de lo que quisiéramos. Ya no era necesario estar en el lugar donde se ubicaba la empresa. Este mantra se ha intensificado desde la pandemia del Covid-19. Y, si bien es cierto que hay personas que han podido hacerlo, no es la mayoría. Al contrario, la concentración en las grandes ciudades es mayor. Una vez más, convertimos la anécdota en categoría. 

Por el camino, estas grandes ciudades se han centrando también en el turismo. En la actualidad, este sector, tan paradójico, se ha convertido en un fin en sí mismo. Las grandes ciudades han ido convirtiendo sus centros urbanos en una especie de parque temático homogeneizado. Es decir, en todas ellas se repiten las mismas tiendas y franquicias, lo que hace reconocible al turista la experiencia, y se potencian formas de ocio que van desde la gastronomía y las zonas de bares a los grandes eventos. Los conciertos de Taylor Swift son un ejemplo, pero son cada vez más innacesibles para buena parte de la población que no puede pagar las entradas o el desplazamiento y alojamiento, ya no decimos si sumanos todo. Los centros de las ciudades han ido perdiendo sus habitantes y lo que antes eran viviendas, e incluso zonas de oficinas, han dado lugar a alojamientos turísticos. Trabajadores y trabajadoras de sectores de Servicios, indispensables para el turismo como la restauración, la hostelería o el comercio, pero también de otros ámbitos, incluso cualificados, residen en barrios periféricos, incluso en otras ciudades periféricas de estas grandes urbes, ante la imposibilidad de poder adquirir una vivienda en el centro o cerca del mismo, dando lugar a grandes desplazamientos diarios para poder ir a trabajar. Esta tendencia aparece en todas las grandes ciudades y su evolución la ha explicado bien Jorge Dioni López en obras como El malestar de las ciudades

En el otro lado, las ciudades medias y pequeñas, situadas generalmente en regiones que han ido quedando en segundo plano con la Globalización. Caracterizadas por una elevada diversidad de escenarios, comparten la sensación de retroceso, a pesar de que sus niveles de vida y estándares de calidad de la misma suelen ser más elevados que las grandes ciudades. Pero, no son pocas de ellas las que han perdido sus industrias en las décadas pasadas, que cuentan con las Administraciones Públicas como las entidades con más trabajadores, y que ven cómo parte de sus generaciones más jóvenes se van a estas grandes ciudades en busca de mejores oportunidades. A pesar de sus bondades y a pesar de las posibilidades de las TIC, su futuro no se presenta muy optimista. Además, están reproduciendo en mayor o menor medida el modelo de las grandes ciudades, con apuestas por el comercio y el turismo, como señalaba Estaban Hernández en su artículo ya referido anteriormente. No son pocas las localidades de estas características que se han lanzado, especialmente tras la pandemia, a potenciar ese turismo de fin de semana que ha ido acabando también con los cascos antiguos, así como con el comercio de estas zonas, tensionando a sus habitantes. E, igualmente, el aumento de los precios de la vivienda es una constante, junto con el desarrollo de los pisos y alojamientos turísticos. Escenario, a otra escala obviamente, similar a lo que señalábamos de las grandes ciudades. 

Como hemos visto, el modelo funciona en una doble dirección, la estructural y la específica en el caso de las ciudades, replicándose las acciones que se llevan a cabo a nivel global y que, en su conjunto, han contribuido a los desequilibrios territoriales. Pero, el modelo ha sido asumido e institucionalizado por no pocos agentes, en todos los ámbitos, dando lugar a una especie de huida hacia adelante. Consecuencia, un amplio impacto en la cohesión social, un aumento de las desigualdades. Sí, hay un crecimiento económico, pero no está redistribuido y, en parte, se basa también en la precarización de las condiciones laborales. Y, de la misma forma, la pregunta más importante que debemos hacernos es si es este el modelo que queremos, ¿qué queremos ser?




















































 

 

 


 



 

 
















Las ruinas del sistema

Por EQUIPO AICTS / 27 de mayo de 2024

El día 25 de mayo de 2024, El País publicaba un extenso artículo bajo el título "El modelo neoliberal se somete a revisión: así se está cocinando el nuevo orden económico mundial", firmado por Alicia González. Sin duda alguna, constituía un análisis muy interesante de la deriva del mismo y de las transformaciones que se estaban produciendo en relación al sistema económico que se ha institucionalizado en estas décadas y que, como se viene observando en el día a día, no está funcionando. El sistema económico basado en el capitalismo neoliberal de la Globalización, sustentando como un elemento determinante en las tecnologías, ha dado lugar a un incremento de la desigualdad en no pocos ámbitos, así como a unas tensiones que están afectando al ámbito político. Hemos comprado un modelo, contra el que tampoco había una gran capacidad de resistencia, que se ha demostrado que contaba con las bases de su autodestrucción. Esto no quiere decir, como en otras ocasiones, que se abogue por una vuelta al pasado, ni que nos lleve el análisis a la nostalgia o la melancolía. No, se trata de ver qué funciona y qué no. Y, obviamente, el escenario es muy complicado.

Venimos de donde venimos y hay que ser conscientes de estos mimbres. El modelo neoliberal comenzó a desarrollarse en los años setenta del siglo XX, auspiciado por unos mantras basados en las bondades del libre mercado, de la necesidade de evitar la intervención estatal, de la ineficiencia de los servicios públicos gestionados por las Administraciones Públicas, junto con el crecimiento de un sistema de valores centrados en un individualismo y consumismo que alcanzaría su máxima expresión décadas después. El contexto en el que estos principios comenzaban a institucionalizarse se sustentaba, paradójicamente, en unas sociedades que habían crecido y alcanzado niveles de bienestar, igualdad y movilidad nunca vistos gracias, en buena medida, al Estado de Bienestar, al Estado Social y de Derecho, y a unos principios de regulación estatal, junto con un desarrollo de los servicios públicos. Es una paradoja, como decimos, pero también es una cuestión que debemos observar con mirada crítica y autocrítica. Thatcher primero, en Reino Unido, y Reagan después, en Estados Unidos, fueron perfeccionando el modelo que, en la década de los noventa sería también asumido por la izquierda socialdemócrata. El neoliberalismo económico parecía un lugar de destino, recordemos el final del comunismo, y podría ser un precio asumible a pagar a cambio de avanzar en Derechos Sociales. La ortodoxia neoliberal se fue imponiendo y, por el camino, las cuestiones materiales dejaron de ser centrales en las reividincaciones políticas, también en la mayor parte de la izquierda no socialdemócrata, incluyendo la que vendría después.

Pero quedaba otro paso determinante. Si en los ochenta y noventa del siglo XX habíamos asistido a un avance en este proceso en ocasiones sutil, en el siglo XXI la Globalización lo aceleró hacia su siguiente estadio. Las deslocalizaciones y desmantelaciones industriales de los ochenta y noventa encajaban con un relato. Un progreso hacia una nueva sociedad que, como había pasado de la agricultura y ganadería a la industria, ahora lo hacía al Sector Servicios, a la cualificación, a la innovación (no olviden esta palabra). Las necesidades materiales estaban cubiertas, la formación aumentaba exponencialmente y el libre comercio iba a permitir que, a través de las interacciones e interdependencias, llegasen los bienes y servicios. Las fábricas del mundo estarían en China y en otros muchos lugares. El error estratégico de Occidente, como ha sido denominado en no pocas ocasiones. El siglo XXI, como decíamos, aceleró ese proceso pero las costuras del modelo ya dejaron ver de forma explícita y directa con la crisis sistémica de 2008. Aquello puso encima de la mesa la realidad. El sistema no funcionaba. Las clases medias retornaron al pasado y los colectivos más vulnerables acabaron todavía más indefensos.

Como la receta para salir de la crisis se basó en más neoliberalismo y ortodoxia, como no se podía cambiar de caballo para cruzar el río, las consecuencias todavía serían peores. La macroeconomía crecía tras superar el enorme susto de la crisis. Además, el sistema de valores intensificaría cuestiones como la culpabilidad, individual (esas personas que habían comprado más de la cuenta) y territorial (esos países que se basaban en valores hedonistas), o la falta de adaptación a los nuevos tiempos y oportunidades. Colectivos, regiones, sectores que eran también presentados como no innovadores, anclados en el pasado, etc. Ahí ya se fue configurando un escenario en el que no había diferencias ideológicas en ocasiones y las contradicciones se intensificaban. Además, los "perdedores de la Globalización" se iban escorando hacia la extrema derecha, aunque esta tampoco iba a dar soluciones. En el lado de la izquierda, las cuestiones materiales quedaban de nuevo en un segundo plano y las guerras culturales se convertirían en el centro del debate. De esta forma, las desigualdades se manifestarían en diversos ámbitos, pero también se verían diferentes visiones y mundos. 

¿Dónde estamos? Entre un mundo que no acaba de morir y otro que no acaba de nacer, recurriendo a la conocida frase de Gramsci. Ahí nos encontramos. El modelo cuenta con numerosas fallas y no funciona. Mirar al pasado puede ser útil para aprender lo que se hizo bien, pero no para seguir repitiendo los mismos errores. En el otro lado, seguir con el camino actual, que es lo que está presente en no pocas visiones y decisiones políticas. La autorregulación del mercado y del sistema, la interdependencia, las bondades del libre mercado, etc., no han funcionado. No volveremos a lo que hubo antes, nos toca construir un nuevo sistema que tenga como bases la cohesión social y territorial, el que las condiciones materiales estén aseguradas, como los Derechos Sociales, el que haya una perspectiva de futuro. En lo que estamos, no es eso, aunque nos lo vistan con grandes palabras y conceptos. No, no es eso. Es lo contrario. 














































 

 

 


 



 

 
















La inmigración

Por EQUIPO AICTS / 20 de mayo de 2024

La inmigración es una de esas cuestiones que siempre está presente porque la inmigración es tan antigua como el propio mundo. Siempre ha habido personas desplazándose por diversos motivos, el más importante es el de mejorar sus condiciones de vida y contar con un presente y futuro más factible que el que tienen en sus lugares de origen. Obviamente, en no pocas ocasiones es un hecho marcado porque la vida está en riesgo en sus propios países, bien sea por conflictos y guerras, bien por catástrofes naturales, o por la pobreza existente en los mismos. En definitiva, situaciones que siguen estando presentes y que marcan un proceso que seguirá aumentando. También han cambiado nuestras propias sociedades, receptoras de la inmigración, que tienen que enfrentarse a una serie de retos y desafíos vinculados a la inmigración. Sociedades que se constituyeron, como todas, a través una homogenización mediante la construcción de Estados - Nación y de identidades nacionales. En este contexto, también hay que tener en cuenta diversas situaciones como los países derivados de la propia inmigración, Estados Unidos por ejemplo, o los que contaban con sistemas coloniales a través de los cuales también se nutrían las metrópolis, Francia o Inglaterra. De esta forma, la asimilación de los inmigrantes, el adaptarse a la sociedad receptora, dejando de lado la de origen, caso de Estados Unidos; el ideal republicano de la integración pero con enormes dificultades derivadas de variables socioeconómicas especialmente, caso de Francia; o un tratamiento de la diversidad cultural basado en la separación y creación de compartimentos estanco, pero con bajas interrelaciones, ocurrido en Inglaterra, son algunos de los procesos clásicos para abordar la inmigración.

Sin embargo, y afortunadamente, la evolución hacia reconocimientos de la diversidad cultural y el valor del multiculturalismo, poniendo el foco en el reconocimiento de las culturas, con las teorías de Kymlicka entre otros como punto de partida, supusieron un cambio que intentaba avanzar hacia la interculturalidad, intentando dejar de lado escenarios más asimilacionistas, que también se encontraban escondidos en algunos planteamientos basados en la integración. La inmigración creció en Europa, y en el caso de España especialmente, con el inicio del siglo XXI. Además de la Globalización, sus consecuencias y la generación de una economía más interrelacionada; el incremento de la movilidad; las oportunidades en las sociedades occidentales; o escenarios producidos en relación a crisis derivadas de conflictos bélicos, Siria y Ucrania especialmente, derivaron en un aumento de la inmigración. Finalmente, y en relación con lo anterior, también se deriva la necesidad de trabajadores y trabajadoras en no pocos sectores. Y, finalmente, una crisis demográfica que afecta a las sociedades occidentales, envejecidas y con una baja natalidad. Estos dos últimos factores ponen el foco en una inmigración funcional, lo que también sitúa una cierta mirada instrumental en el colectivo de inmigrantes, considerándolos como una necesidad. Esta posición supondría repetir errores pasados a la hora de abordar su inclusión. 

Una de las consecuencias más indeseadas de la transformación de nuestras sociedades hacia una mayor diversidad cultural ha sido el incremento de discursos racistas y xenófobos. En el crecimiento de partidos y corrientes de ultraderecha ha estado presente, y así sigue, el discurso que va en contra de este proceso y colectivo. Miradas centradas en unas sociedades homogéneas y que ven a la inmigración como una amenaza, tanto en el sentido identitario como en el acceso a los servicios públicos. Se produce, de esta forma, la generación de un "chivo expiatorio" que cala en una parte de la sociedad. Es, sin duda alguna, uno de los escenarios más complejos a los que se enfrentan nuestras sociedades. 

Obviamente, también hay que tener en cuenta los retos que implica la creación de sociedades más diversas culturalmente, en todos los estadios de las mismas. Hay que partir de tres presupuestos principales. El primero, la dificultad del propio proceso. En no pocas ocasiones, no se ve, o no se quiere ver, la dificultad del mismo. Las teorías son más fáciles que la práctica, y este hecho se observa claramente en ámbitos como el educativo. Negar la complejidad del escenario generado es uno de los primeros y más graves errores que se cometen. En segundo lugar, el hecho de que generar una sociedad intercultural implica partir de unos presupuestos comunes, que deben ser asumidos por toda la comunidad. Tampoco se da en ocasiones, y esa base debe estar en los Derechos Humanos. Y, finalmente, la propia diversidad del colectivo inmigrante que, también generalmente, suele verse como un todo homogéneo. Al contrario, la diversidad del mismo es un elemento que les caracteriza, generándose un elevado número de escenarios. Por lo tanto, el reto de la diversida cultural en nuestras sociedades no se sencillo y es un proceso que tiene su tiempo y ritmos. Debemos dejar de mirar a la inmigración y a los inmigrantes, porque esto va de personas, no lo olvidemos, de forma instrumental y funcional y ser conscientes que son mucho más que los que vienen a llevar a cabo ciertos trabajos o los que van a ayudarnos a mantener nuestras estructuras demográficas. 














































 

 

 


 



 

 
















El tiempo pasado

Por EQUIPO AICTS / 13 de mayo de 2024

No es la primera vez que en este Blog abordamos cuestiones vinculadas a las comparaciones con los tiempos pasados y las corrientes que se definen como nostálgicas. En nuestro tiempo, asistimos una vez más a situaciones encontradas y escenarios binarios, sí o no, con respecto a cualquier tema. La nostalgia es una de ellas y viene operando en los últimos años a través de libros, artículos, etc., que se llevan también a posicionamientos políticos. El ser humano mira hacia el pasado, con mayor o menor grado de nostalgia en función de las situaciones. Hay personas y colectivos para los que el tiempo pasado fue mejor. Este hecho puede deberse al paso del tiempo, a escenarios favorables, etc. En otros casos, se da el caso contrario, el pasado es una etapa a superar que ya se debe quedar olvidada. El momento actual, muy marcado por la velocidad y los cambios constantes, es muy dado a que se produzcan esas visiones nostálgicas. 

En no pocas ocasiones, esa mirada al pasado está marcada por un proceso. El mismo es el que ha caracterizado nuestro sistema en el sentido de que, hasta hace poco tiempo, concretamente se podría precisar que la crisis de 2008, la evolución de las sociedades había sido siempre hacia adelante, de mejora permanente. Este factor también puede ser precisable en numerosas direcciones, tanto desde la concepción del capitalismo (el crecimiento como medio y fin) como en que no afectaba a todo el mundo por igual. Sin embargo, había también argumentos para una visión positiva del proceso. Se habían dado ganancias en numerosos ámbitos. Desde cuestiones de Derechos a las materiales, la tendencia era positiva. Seguramente no habrá una década que escenfique mejor esa situación como la de los noventa del siglo XX. A partir de ese momento, el cambio de sistema, el neoliberalismo, marca un punto de inflexión que tiene su punto clave con la crisis sistémica de 2008. Cambian el escenario y la inestabilidad se va convirtiendo en una constante. Este proceso, vinculado a una falta de perspectiva de futuro, genera miradas nostálgicas en las que en el pasado parecía ofrecer una hoja de ruta más clara y definida, más oportunidades. Como decíamos, esto se podría cumplir en parte.

En el lado contrario, la crítica a las miradas nostálgicas viene marcada por una visión que incide en que son colectivos que no se han adaptado a los cambios que se han producido en la sociedad. En no pocas ocasiones, se incide en un determinismo vinculado a no haber sido capaces de dar respuesta a estas transformaciones. Obviamente, dentro de estas miradas, se produce también una graduación. Por un lado, una parte de las visiones que critican la nostalgia se centran en que habría una pérdida de poder de determinados grupos y colectivos, lo que daría lugar a que viesen el pasado de esa forma y que quisieran recuperar el mismo. También hay opiniones que señalan que son personas y colectivos que se van quedando atrás. Y, por otro lado, no son pocos los que observan que sí, que se ha dado un cambio y que la época actual se caracteriza por la inestabilidad y la incertidumbre pero que, para solucionar la misma, no se puede caer en la nostalgia ya que la misma no supone el motor que podría dar lugar a una forma más eficiente de afrontar el escenario actual. 

Las bases del debate están sobre la mesa y, como hemos señalado, lleva ya unos años produciéndose. En no pocas ocasiones, la visión nostálgica se ha vinculado a posiciones reaccionarias y/o conservadoras, aunque también se han utilizado desde ámbitos de la izquierda. Sin embargo, este debate tendría que servirnos para abordar qué tipo de sociedad estamos generando y se está desarrollando. No cabe duda de que, la mirada hacia el pasado, tiene sus límites y que de la nostalgia se puede pasar a la melancolía o a una posición que no permita articular soluciones al momento actual. Por el otro lado, es necesario entender los cambios que se están produciendo continuamente, que están afectando negativamente a una buena parte de la sociedad, y que se observan ciertas regresiones con respecto a los avances que se habían logrado. De esta forma, tendríamos que ser muy conscientes de dónde venimos y a dónde queremos ir. Todos los cambios y posiciones ganadas no tendrían que perderse en un periodo como el actual que, por otra parte, también es cierto que ofrece oportunidades y herramientas para avanzar en los mismos. Pero, no se está dando el caso. Que la nostalgia ha sido instrumentalizada por determinadas posiciones políticas, es un hecho. Que hay colectivos que miran al pasado por los cambios que se están dando, y no en un sentido político o reaccionario, también. El desafío sigue siendo mayúsculo, del pasado se pueden encontrar enseñanzas, aunque tampoco se debe caer en determinadas trampas, que son instrumentalizadas. La legitimidad se gana construyendo presentes y futuros mejores, cosa que no estamos consiguiendo. 













































 

 

 


 



 

 
















El trabajo

Por EQUIPO AICTS / 06 de mayo de 2024

El pasado 1 de Mayo se celebró el "Día Internacional de los Trabajadores". Fecha marcada en el calendario desde hace más de un siglo, supone una conmemoración de todos los logros conseguidos en relación al trabajo y a la calidad del empleo. Igualmente, es una fecha reivindicativa. Sin embargo, el 1 de Mayo hace tiempo que ha ido perdiendo parte de sus significados, especialmente en un contexto como el actual, cuando la evolución del capitalismo neoliberal ha transformado el mundo del trabajo y del empleo, que son dos cuestiones diferentes pero que van de la mano. No se trata de echar la mirada atrás de forma nostálgica, al contrario, se trata también de ver desde dónde venimos y el camino en el que nos estamos instalando. Ciertamente, no son pocas las mejoras y las condiciones que, comparado no ya con hace 120 años sino con 50, podemos destacar. El mundo del trabajo fue evolucionando en nuestras sociedades occidentales logrando mejoras inconcebibles una o dos generaciones atrás. Jornada de 8 horas, derecho a vacaciones, protección de trabajadores y trabajadoras, por poner unos pocos ejemplos. El papel de los sindicatos era determinante y los cambios que se sucedieron en esos años hay que vincularlos a un modelo como el del Estado de Bienestar, sin olvidar el valor de la negociación colectiva. Las reivindicaciones de los trabajadores y trabajadoras contaban con instrumentos como las huelgas, las manifestaciones, etc., que tenían una incidencia. 

El mundo del trabajo fue cambiando a medida que se fueron flexibilizando las condiciones del empleo y caían los procesos de negociación, perdiendo poder tanto trabajadores, así como los sindicatos, y el Estado como árbitro y mediador. Las teorías neoliberales dieron paso a una mayor individualización de las relaciones laborales, entrando en una espiral de la que no hemos salido. Al contrario, procesos como la Globalización, la digitalización y nuevas formas de trabajo, especialmente la uberización, han ido generando un empeoramiento de las concidiones laborales. El mercado de trabajo se ha ido dualizando, generando un escenario en el que cada vez hay menos trabajos de calidad y una mayor cantidad de empleos inestables y con peores condiciones en todos los sentidos. El ejemplo más evidente es el que hace referencia a los salarios ya que, en relación con el aumento del coste de la vida, se produce un doble escenario. Muchísimos sueldos no cubren no ya los imprevistos que puedan surgir sino las necesidades básicas del día a día. También se da una elevada inestabilidad que incide en una elevada movilidad. De esta forma, sorprenderse o criticar el que muchos jóvenes señalen que quieran ser funcionarios o trabajadores públicos no es de recibo ya que, obviamente, entienden que en este sector es donde pueden encontrar una mayor estabilidad y seguridad.

El mundo neoliberal en el que nos encontramos ha dado con varias teclas para legitimarse en el caso del trabajo. Se vende que existe una elevada flexibilidad de horarios, de condiciones de trabajo, incluso de posibilidades. Esto no solo se da en profesionales cualificadas y creativas, que es donde se puede observar de forma muy evidente, sino en todos los sectores. Acaban produciéndose discursos y justificaciones que hacen referencia a intangibles, cuando no se entra en la parodia a través de un pensamiento positivo que hace tiempo se demostró que estaba vacío. A cambio, condiciones que inciden en la disponibilidad 24/7, en una adaptación constante a los requerimientos de la empresa/entidad, y en una competencia por un recurso escaso, especialmente en algunos sectores. De esta forma, las generaciones que no se socializaron con una visión del mundo del trabajo fuerte, con unas estructuras claras y definidas, las generaciones que vienen sufriendo crisis tras crisis, especialmente desde 2008, tienen una relación con el mismo muy diferente. Lógicamente.

Seguramente, en nuestras sociedades, reflexionar sobre el mundo del trabajo a raíz del 1 de Mayo lleve a conclusiones poco optimistas. Hace tiempo que existen dificultades para definir que es la "clase trabajadora", teniendo en cuenta que antes se relacionaba con la clase obrera. En la actualidad, y por condiciones de trabajo, son numerosos trabajadores y trabajadoras que cuentan con unas situaciones que recuerdan a épocas pasadas. No parece que el signo de los tiempos vaya en otra dirección. Cada vez hay mayores exigencias en cantidad de trabajos, la presión se incrementa, la digitalización ayuda para generar mecanismos de control y monitorización. La "uberización" de no pocos empleos es una realidad. Los sindicatos van perdiendo fuerza y las negociaciones son individuales. Se ha perdido una buena parte de la visión de lo colectivo. Como decíamos, no somos optimistas en este sentido, pero habrá que buscar soluciones. Y leer a Richard Sennett y Remedios Zafra, entre otros muchos, que han teorizado sobre el mundo del trabajo en el que nos encontramos. 













































 

 

 


 



 

 
















El acceso a los estudios superiores

Por EQUIPO AICTS / 29 de abril de 2024

En nuestra sociedad, nos hemos acostumbrado, afortunadamente, a que el acceso a los estudios universitarios sea una realidad para muchas personas y familias. Las personas que tenemos ya una edad, hemos pasado por varios estadios en ese sentido. Al ser de las generaciones en las que se expandió la llegada de estudiantes de las clases trabajadoras y medias aspiracionales a las universidades, incluso cambiando de ciudad para estudiar, nuestra visión se ve marcada por dos procesos. El primero, el propio acceso. Recordamos cómo, en los años 80 y 90, cuando parte de los que formamos el equipo de AICTS, estábamos cursando el Bachillerato, la llegada a la Universidad era una realidad factible. Es decir, estaba institucionalizado dicho camino. Eso no quiere decir que, obviamente, no se diesen numerosos casos, eran mayoría, en el lado contrario. Estudiantes que dejaban los estudios, antes de la LOGSE la edad en la que se permitía era los 14 años; que iban por la Formación Profesional, una vía muy estigmatizada especialmente en aquellos momentos ya que, en su conjunto, se valoraba a la Formación Profesional como unos estudios "de segunda", hecho que ha tardado mucho en ser subvertido, y no del todo; y, en tercer lugar, personas que no conseguían terminar sus estudios en el Bachillerato. También estaban aquellos y aquellas estudiantes que, habiendo finalizado, no podían acceder a las universidades por motivos socioeconómicos. Sin embargo, si en tu entorno había más personas que sí lo hacían, si en las familias se daban estrategias que iban encaminadas hacia los estudios universitarios, era la "realidad" en la que te desenvolvías. Además, y dentro de las transformaciones de la sociedad española, la contrucción de un Estado de Bienestar también afectaba al acceso a la Educación Superior, con el incremento de becas y ayudas y el aumento de nuevas universidades. Este último factor, ridiculizado en no pocas ocasiones señalándose que el sistema universitario español cuenta con más centros de los que precisa, no ha sido suficientemente puesto en valor, desempeñando las universidades públicas una función social en ese sentido. ¿Cuántas personas que, habiendo querido estudiar en la Universidad, lo han logrado gracias que en sus ciudades y regiones se institucionalizaron estos centros? Sin olvidar los ya señalados que pudieron ir a otros lugares gracias a las becas. Por lo tanto, había personas que estudiaban en la Universidad, iban creciendo y lo hacían en buena medida gracias a un Estado de Bienestar pero también a los esfuerzos de las familias. Sin embargo, eran más las que no alcazaban estos estudios, y la variable socioeconómica estaba presente entre las causas.

El segundo factor está implícito en los argumentos señalados anteriormente. La mayor parte de los padres y madres, de los abuelos y abuelas, de esos chicos y chicas que, en las dos décadas finales del siglo XX llegaron a la Universidad desde las clases trabajadoras y medias, la veían como algo lejano e imposible. Como una aspiración para sus descendientes. Pero, en aquellas décadas, la Universidad era un espacio prácticamente cerrado para estos grupos sociales. Las brechas de clase social eran casi insalvables y, las personas que procedían de esos entornos que llegaban a la Universidad, eran muy pocas. Por lo tanto, esa meta aspiracional de las clases trabajadoras y medias, que no habían ido a la Universidad, de que sus hijos e hijas fueran a la Universidad, era un motor que fue inculcado dentro de las siguientes generaciones. Obviamente, aquí se produjeron también algunas consecuencias no queridas, por ejemplo una asunción acrítica de la meritocracia, o el dar por sentado que este era un "camino natural". Aunque, no es menos cierto que se era consciente de las diferencias sociales y de que no era tan fácil. 

Esta larga introducción viene al hilo de un reciente e interesante estudio que ha publicado el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades que lleva por título El perfil socioeconómico del estudiantado universitario en España. Nos encontramos ante un trabajo necesario que nos permite ver una radiografía de este numeroso colectivo, casi un millón de estudiantes en el curso 2017-18, que es el que sirve de base del estudio. Las variables que fueron empleadas para dicho trabajo fueron el nivel de ocupación y el nivel de estudios de los padres y madres de los universitarios. De esta forma, los datos recabados confirman cuestiones de sobra conocida como son el hecho de que, a mayor nivel de renta y de estudios de los progenitores, se eligen en mayor medida universidades privadas que públicas, así como más estudios vinculados a las Ciencias que a las Letras y/o las Ciencias Sociales. Además, el nivel de ocupación y de estudios, determinante en el nivel de renta, también marca el que las familias puedan enviar a sus hijos e hijas a estudiar a universidades en otras ciudades o regiones.

Como hemos comentado, nada nuevo bajo el sol. Se demuestra, una vez más, que el origen socioeconómico sigue siendo determinante en las trayectorias educativas y en su desarrollo. Puede que, en comparación con otras décadas, no sea tan importante en el caso del acceso, pero sí a qué estudios y universidades pueden llegar. De esta forma, variables como el capital social y cultural, en términos de Pierre Bourdieu, la información a la que acceden las familias, los recursos (incluido el tiempo) que pueden dedicar a analizar y planificar estas decisiones y, obviamente, el nivel económico, están presentes y cada vez más. Todo ello se sucede a lo largo de la Educación, en todas las etapas y niveles pero, cuando se llega a la Universidad, los que lo hacen, estas variables adquieren una dimensión todavía mayor, apoyándose en las tomadas en etapas anteriores como un efecto dominó. Además, las ayudas y becas a los estudios superiores han crecido en número de beneficiarios, pero cubren menos gastos ya que han crecido las tasas y el nivel de vida. Sumergirse en los datos de este trabajo nos muestra la imagen de la sociedad en la que nos encontramos y la que se está configurando. Hay personas y colectivos, de forma interesada, que inciden en que hay muchas universidades y universitarios, que los niveles de empleabilidad no son altos para muchas carreras, etc. Pero, con todos los fallos y defectos del sistema universitario, muchos, precisamente estos no son achacables al mismo. Al contrario. 













































 

 

 


 



 

 
















El Manifiesto de Talavera: Un paso importante en la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación a la Dependencia

Por EQUIPO AICTS / 22 de abril de 2024

Cuando se han cumplido prácticamente dos décadas del conocido “Manifiesto de Talavera”, debemos recordar que su publicación fue un revulsivo social, porque en pocos meses lo respaldaron dos centenares de organizaciones sociales y más de cincuenta mil personas. Posteriormente, viendo la trascendencia mediática que había tenido, todos los partidos políticos incorporaron sus reivindicaciones en sus programas electorales para ampliar y mejorar el modelo de Servicios Sociales a través de lo que se conoce popularmente como la Ley de la Dependencia, cuando el PSOE llegó al gobierno.

Para entender el paso tan importante de esta norma, tenemos que remontarnos a la década de los años setenta, con la aprobación de la Constitución Española en el año 1978, porque supuso una eclosión de derechos y libertades, desembocando en el desarrollo de nuevos derechos sociales e iniciándose en aquellos momentos un cambio en los planteamientos que condujeron a la creación del Sistema Público de Servicios Sociales, arrinconando finalmente el paternalismo social que ejerció el Estado durante 40 años a través de sus políticas caritativas y paliativas, produciéndose durante el proceso democrático un salto cualitativo y cuantitativo en su sistema de protección social basado en cuatro pilares fundamentales; el sistema público de salud, el educativo, el de rentas y pensiones y los servicios sociales.

Una de las primeras decisiones que se tomaron, fue la firma en el año 1986 del Plan Concertado para el desarrollo de las prestaciones básicas del sistema de servicios sociales entre las diferentes administraciones públicas, que condujo a un acuerdo de financiación entre las Comunidades Autónomas, la Federación Española de Municipios y la Administración Central para garantizar los derechos sociales con igualdad de condiciones, independientemente del territorio donde se viviera. Las prestaciones fueron fundamentalmente de carácter público, reguladas y sujetas a derecho, que garantizaban unos mínimos socialmente reconocidos para todos los ciudadanos con carácter universal, que se convirtieron en un instrumento para el ejercicio del derecho a recibir una respuesta ante su situación de necesidad;  a la información y orientación frente a los problemas individuales o familiares o el derecho al conocimiento de los recursos que ofrecen las Administraciones, favoreciendo la solidaridad ejercida desde los poderes públicos, y dando cauce a la inclusión de todas las personas y grupos en situación de riesgo;  información, orientación, asesoramiento y tratamiento social personalizado y comunitario, ayuda a domicilio, apoyo a la convivencia, acogida y alojamiento alternativo, prevención e inserción social y cooperación social.

Sin embargo, en el año 2002, dieciséis años después de aprobar el Plan Concertado no se había cumplido el objetivo de universalidad, porque solo se había beneficiado el 10% de la población española, además de haberse producido durante este periodo de tiempo importantes cambios sociológicos y demográficos, como fue el incremento progresivo de la población en situación de dependencia; se había duplicado la población de las personas que tenían más de 65 años, había aumentado exponencialmente la población con edad superior a 80 años,  que necesitaban apoyo físico, económico y emocional, añadiéndose la dependencia por razones de enfermedad o de discapacidad producidas por determinadas enfermedades crónicas y alteraciones congénitas, como por las consecuencias derivadas de los índices de siniestralidad vial y laboral.

También habían surgido nuevos tipos de familias que escapaban a la tradicional acción protectora del Estado; aumento del porcentaje de familias monoparentales con cargas familiares o de personas que vivían solas, generalmente mujeres en una situación alarmante de precariedad que no recibían ningún tipo de apoyo económico. Las mujeres también soportaban las pensiones más bajas en general, porque accedían a pensiones no contributivas o a pensiones de viudedad, estando económicamente muy debajo de las pensiones medias de jubilación. Aunque se habían producido pequeños cambios en cuanto a las responsabilidades compartidas dentro de la familia, las mujeres seguían siendo las responsables exclusivas de atención a la dependencia entre otros muchos problemas. Todo el proceso llevó a que el INSERSO realizara en el año 2000 un estudio que confirmó lo que se intuía, porque los resultados fueron concluyentes; las mujeres entre los 35-55 años tenían 3 veces más enfermedades debidas al estrés que el promedio español, el 51% de las mujeres que tenían  personas a su cargo manifestaban estar cansadas, el 32% estaban deprimidas y el 30% sentía que su salud se había deteriorado, un 64% de las mujeres cuidadoras habían reducido su tiempo de ocio, un 48% habían dejado de ir de vacaciones y un 40% no frecuentaba amistades y el 28% de mujeres su trabajo cuidador duraba más de 10 años.

Viendo que costaba consolidar el sistema de los servicios sociales, al final de la década de los años noventa, se empezaron a realizar varios seminarios, cursos o jornadas en distintitos puntos de la geografía española ( Guadix, Granada, Cuenca, Sevilla…) para debatir las necesidades que tenía la sociedad española, pero también para exigir a las administraciones públicas que cumplieran con lo pactado en el Plan Concertado. Todo el proceso tuvo su culminación en lo que se conoce como el “Manifiesto de Talavera” que como bien dice su nombre, se redactó como conclusión a unas jornadas que se realizaron los días 28 y 29 de marzo del año 2003 en el Centro de Estudios Universitarios de Talavera de la Reina, con el título “Los Servicios Sociales en el Estado del Bienestar”, con la colaboración de la Universidad de Castilla La Mancha y del Consejo General de Trabajo Social. Participaron  aproximadamente 300 personas pertenecientes a distintos sectores de la sociedad: profesores, políticos, sindicalistas, trabajadores sociales, sociólogos, representantes de asociaciones de inmigrantes, mujeres, discapacitados, estudiantes….El Manifiesto exigía a los grupos parlamentarios del Congreso, Senado y Comunidades Autónomas, que garantizaran por Ley, la financiación para hacer efectiva la universalidad de los derechos/prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales, realizar un mapa nacional/regional de equipamientos en coordinación con los municipios dotándoles con inversiones plurianuales, como la contratación de una red de profesionales con alta cualificación que garantizaran el principio de universalidad y la calidad de los servicios.

Posteriormente a las jornadas, se puso a disposición de todas las organizaciones sociales como del resto de los ciudadanos, una página Web con las reivindicaciones que recogía el Manifiesto de Talavera, haciendo posible que en muy poco tiempo se sumaran más de 200 organizaciones sociales y lo firmaran aproximadamente 50.000 personas que fue publicado en una página entera en el diario El País, el 29/12/2003, coincidiendo con el 25 aniversario de la aprobación de la Constitución Española. Después de este proceso, todos los partidos políticos incorporaron en sus programas electorales las conclusiones del manifiesto. Finalmente, cuando el Partido Socialista llego al gobierno después de ganar las elecciones el 14 de marzo del 2004, tomando posesión el Presidente del gobierno José Luis Rodriguez Zapatero y nombrando ministro de Trabajo y Asuntos Sociales a Jesus Caldera, encargo un Libro Blanco sobre las necesidades y problemas sociales que existían en aquel tiempo, dando lugar a que se aprobara posteriormente en el Congreso de los Diputados la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación a la Dependencia, que recogía en parte las reivindicaciones del manifiesto, porque permitió atender en parte las necesidades sociales de aquellas personas que, por encontrarse en situación de especial vulnerabilidad, requerían apoyos para desarrollar las actividades esenciales de su vida diaria, alcanzar una mayor autonomía personal y ejercer plenamente sus derechos de ciudadanía.













































 

 

 


 



 

 
















Necesidades educativas

Por EQUIPO AICTS / 15 de abril de 2024

Si la semana pasada regresábamos a la vivienda, como una de las problemáticas clave de nuestras sociedades, toca hacerlo en esta ocasión a la situación de las necesidades educativas. Durante la última década y media, se han producido numerosos cambios en nuestros sistemas educativos que se han mostrado mucho más sensibles a las mismas. Es una evolución muy positiva que se ha venido dando desde un escenario en el que se producían exclusiones y segregaciones en los sistemas educativos, a una situación como la actual que va camino de la inclusión, como paradigma central, aunque todavía queda camino por recorrer. El tránsito en este proceso no ha sido sencillo, dándose pasos que han ido generando sistemas educativos basados en la comprensividad. Es decir, teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de cada alumno y alumna. Inicialmente, la resolución de las diferentes problemáticas se centraba en la compensación, entendiendo las necesidades como unas carencias que tenían estos colectivos. El segundo paso fue el de la integración, generando medidas de adaptación de los sistemas educativos. Finalmente, la inclusión, teniendo también en consideración el marco de la atención a la diversidad, es una visión mucho más holística y global, que implica una mirada que hace hincapié en el "para todos y todas y con todos y todas". Sin embargo, estos pasos también precisan de cambios, de formación y de recursos, especialmente de recursos y medios.

Las estadísticas de la Educación del Ministerio de Educación y Formación Profesional del Gobierno de España muestran cómo, en el curso 2021/22, un 2,6% de los estudiantes en las Enseñanzas del Régimen General contaban con "Necesidades de Apoyo Educativo", sin contrar en esta estadística el alumnado en Educación Especial. Destaca la presencia de un 7,1% de estudiantes con estas necesidades en Formación Profesional Básica. Estos estudiantes, matriculados en centros ordinarios, contaban con diferentes discapacidades, destacando la auditiva (95,4%). Además, un 84,1% contaban con Trastornos del Espectro del Autismo (TEA) y un 98,3 con Trastornos Graves de Conducta. Por su parte, más de 500.000 estudiantes de estas enseñanzas contaban en el mismo curso con "Necesidades de Apoyo Educativo". Las mismas provenían, para más de 230.000 alumnos y alumnas, de Trastornos del Aprendizaje, mientras que en 139.278 casos, el escenario era derivado de una situación de vulnerabilidad socioeducativa.

Por lo tanto, no cabe duda de que estamos hablando de un elevado contingente de estudiantes que se encuentran en esta situación, y es un número que va en aumento, prestando también especial atención a las cuestiones derivadas del bienestar emocional y de la salud mental. Este incremento viene motivado por dos motivos, especialmente. Por un lado, por los cambios acelerados en nuestras sociedades, que también tienen su impacto en estas necesidades. Y, por otro lado, en el aumento de la sensibilidad de los sistemas educativos hacia la inclusión, así como en una mayor capacidad de detección de estas circunstancias. Este hecho es, sin ninguna duda, un importante avance. También es cierto que, a lo largo de estos años, se han ido incrementando los recursos humanos y el personal destinado a atender y trabajar con estos colectivos. Desde los equipos de Orientación de las Administraciones Públicas y de los centros, pasando por figuras como los vinculados a la Pedagogía Terapéutica (P.T.), los educadores sociales, etc., se han vuelto comunes en los centros. Además, se incide en la necesidad de una mayor relación entre el sistema educativo y los Servicios Sociales dando una mayor presencia a los trabajadores y trabajadoras sociales en este ámbito.

Sin embargo, a pesar de los avances señalados, todavía queda camino por recorrer, como hemos indicado en los párrafos anteriores. Para que se produzca una inclusión educativa más efectiva, son precisos cambios metodológicos y conceptuales, pero también incidir en los recursos y en el personal. La inclusión educativa se basa en parte en una atención más individualizada pero, para ello, el personal y los recursos deben incrementarse, facilitando así una mejor inclusión de estos colectivos en las aulas y en el sistema educativo. La inclusión no solo debe ser teoría sino también práctica. Hemos avanzado mucho, lo dicho, pero hay necesidades que todavía precisan de más apoyos y recursos. 











































 

 

 


 



 

 
















La vivienda (una vez más)

Por EQUIPO AICTS / 08 de abril de 2024

Hay cuestiones recurrentes, temáticas y problemáticas a las que regresamos continuamente. Seguramente, sobre la vivienda hemos escrito en el Blog de AICTS numerosas entradas en los años que llevamos reflexionando sobre temas de actualidad, que afectan a nuestras sociedades y sus ciudadanos y ciudadanas. El acceso a la vivienda, no solo una necesidad sino también un Derecho, lleva décadas sin encontrar una salida en condiciones para buena parte de la sociedad en un país como España. Este hecho ha marcado, y sigue haciéndolo, cuestiones como la emancipación o la renta disponible de no pocos colectivos. El País publicaba un reportaje, firmado por José Luis Aranda, bajo el título "Vivienda, emergencia total", en el que exponía, con toda la crudeza, la situación de acceso a la vivienda, así como escenarios específicos que se están dando en la actualidad.

Hay que partir de la trayectoria que ha llevado la vivienda en España, hecho que también cuenta con dimensiones sociológicas y culturales. Se ha señalado en no pocas ocasiones que, España, es un "país de propietarios". Es decir, el adquirir una vivienda en propiedad se veía como un hecho vinculado a la seguridad y a la movilidad social. El acceso a la vivienda era uno de los pasos más a dar en los procesos de construcción de un proyecto de vida, junto a la formación, la llegada al mercado de trabajo y el matrimonio. Además, en España el alquiler siempre contó con una menor consideración, habiéndose interiorizado que era una forma de "tirar el dinero", ya que implicaba que no se contase con una propiedad. Esta cuestión sí que era una diferencia clave con las sociedades de nuestro entorno y, en la década de los noventa del siglo XX, sería determinante para que una serie de generaciones aplazasen su emancipación hasta que pudiesen contar con una vivienda en propiedad.

La señalada segunda mitad de la década de los noventa del siglo XX es un momento determinante. Es cuando no pocas personas van a acceder a dicho mercado de la vivienda en propiedad, comenzando la "burbuja inmobiliaria". Como decíamos, serán generaciones marcadas por una visión sobre la vivienda muy interiorizada acerca de la propiedad, y también por el crecimiento de las ciudades, a través de nuevos barrios residenciales, que Jorge Dioni Lópe denomimará acertadamente años después como el modelo PAU, en su imprescindible La España de las piscinas (ARPA, 2021). Serán generaciones que irán saliendo, en buena medida, de los barrios obreros de las ciudadades hacia esos nuevos barrios, entre los que también habrá sus diferencias. Lo que ocurrirá ya en el siglo XXI, con la mencionada "burbuja inmobiliaria" pasa a la Historia de nuestro país por su impacto estructural. La construcción de viviendas, el incremento de la demanda, de los precios y la accesibilidad al crédito bancario darán lugar a una especie de tormenta perfecta que estallará a partir de 2008. Pero, la cuestión de la accesibilidad de la vivienda, especialmente para los jóvenes, ya estaba muy presente. El incremento de los precios daba lugar a unos grandes esfuerzos para poder adquirir la misma para no pocos colectivos. Se firmaban hipotecas a cuarenta años, por ejemplo. El alquiler, accesible en aquellos momentos, era una opción no contemplada por la mayor parte de la sociedad, instalada en los universos simbólicos ya indicados. Hay que recordar también los sorteos para el acceso a Viviendas de Protección Oficial, que incluso tenían su presencia en los medios de comunicación.

La crisis de 2008, y sus consecuencias, tendrían que habernos enseñado algunas cuestiones claves sobre la vivienda. La primera, por supuesto, garantizar la accesibilidad. La segunda, el enorme stock de vivienda disponible, consecuencia de una fiebre desmedida. Sin embargo, como casi siempre, los aprendizajes no se dan y, en la actualidad, la cuestión de la vivienda ha ido a peor, lo cual parecía imposible. Además, se están dando procesos de cambios que inciden en esta problemática. Primero, el alquiler ya no es inferior a la compra, por lo que acceder a una vivienda en alquiler también se ha convertido en una quimera en no pocas ocasiones. El segundo, la tensión en las ciudadades que se está dando con la transformación del mercado de la vivienda a través de gentrificaciones y llegadas de fondos de inversión, junto al boom de los pisos turísticos. Todo ello ha provocado situaciones inimaginables como el hecho de que trabajadores y trabajadoras vivan muy alejadas de sus lugares de trabajo, por no poder acceder a una vivienda, o que en lugares como Islas Baleares, incluso funcionarios y funcionarias, con un empleo estable, no puedan acceder a viviendas en alquiler o propiedad por sus precios. Los jóvenes se ven inmersos en una rueda sin fin en la que, emanciparse, se convierte en una estación lejana. Y el acceso al crédito bancario se ha limitado enormemente, todo ello en un contexto de precariedad laboral.

En definitiva, la cuestión de la vivienda es central en una sociedad como la nuestra, aunque ya hemos interiorizado, como en otras ocasiones, una situación estructural que hace referencia a su cada vez mayor dificultad de acceso para más colectivos y personas. Si en la década de los noventa del siglo XX nos hubiesen dicho que esta problemática iba a ir a peor, no lo hubiésemos creído. Si nos lo hubiesen dicho en la primera década del siglo XXI, nuestra reacción todavía habría sido de más incredulidad, por las lecciones no aprendidas. Pues en esas estamos, y las políticas públicas sobre vivienda siguen sin funcionar.