Desempleados y desempleadas mayores
Hay temas que aparecen y desaparecen de las agendas mediáticas y públicas. Cuestiones que, en función del contexto, pero también de otros factores, tienen su impacto durante un tiempo y, luego, prácticamente se olvidan. En un contexto como el actual, en el que nos encontramos viviendo a una velocidad constante, la agenda se va renovando continuamente y casi no podemos recordar aquella temática que fue tan relevante unos días antes. Obviamente, la actualidad está muy marcada por los grandes cambios estructurales, por cuestiones geopolíticas, estratégicas, ideológicas, económicas, etc. Pero, esas transformaciones, afectan a la vida cotidiana de las personas, también sujetos y objetos de las mismas. Aunque, lógicamente, las posibilidades que tienen las mismas para actuar en el corto plazo, ante estas circunstancias, son reducidas. El mundo del trabajo suele ocupar un lugar central en la agenda pública, no pudiéndose ser menos en unas sociedades que dependen de contar con un empleo. Y, como también hemos venido reflexionando en este blog, uno de los principales cambios que se han dado en nuestras sociedades es el relacionado con el valor y la situación del trabajo, con consecuencias en todos los ámbitos. Hemos abordado en muchos momentos estos aspectos, que en el caso de sociedades como las nuestras, contar con un empleo también tiene sus consecuencias en el acceso a determinados Derechos Sociales. Sin embargo, ya hace mucho tiempo, contar con un trabajo remunerado puede no implicar salir del riesgo de pobreza y de exclusión social, como indican desde hace tiempo numerosos datos y estudios, el último el Foessa de Cáritas, por ejemplo. Son cambios fundamentales para entender nuestros tiempos y el paso de unas sociedades basadas en un empleo estable y con el trabajo como un elemento central en la cohesión social, sin olvidar todas las contradicciones inherentes al modelo, a otro en el que el empleo se institucionaliza de forma diferente, siendo flexible, intermitente y con procesos como la uberización, la digitalización, y la elevación de nuevas formas de empleo que, en no pocas ocasiones, esconden, o no, precariedad e inestabilidad. Son cambios tan profundos y que se han producido de forma tan rápida, aunque las bases de los mismos ya estaban presentes, que seguiremos reflexionando sobre las consecuencias de los mismos y los que vengan.
Las barreras de acceso a prestraciones del Estado de Bienestar
Seguramente estamos reflexionando sobre un modelo de sociedad que está en plena transformación y que, lamentablemente, se encuentra en una encrucijada. Uno de los principales éxitos de nuestra época, como hemos venido analizando en repetidas ocasiones, es haber sido capaces de construir un Estado de Bienestar basado en unos Derechos Sociales y en la cohesión social y la corresponsabilidad como principios vectores. También hemos señalado, en no pocos casos, las contradicciones existentes y el hecho de que, lamentablemente, este modelo no se haya universalizado en mayor medida. Pero, el escenario actual, está generando las condiciones para que este tipo de modelo de sociedad se encuentre en riesgo de retirada. Aunque su crisis se observa en los países en los que estaba más desarrollado desde la década de los setenta del siglo XX, con el avance de políticas de carácter neoliberal, no es menos cierto que será en el siglo XXI cuando el escenario se vaya haciendo más complicado, a través de la combinación de diferentes factores. En la actualidad, y con la incorporación de una variable clave como son los cambios geoestratégicos a nivel global, la situación todavía se hace más difícil. Además, se han producido cambios determinantes en el ámbito del sistema de valores, los cuales también implican impactos en la concepción y valoración del Estado de Bienestar. En el caso español, se llegó tarde al mismo, pero no es menos cierto que se consiguió institucionalizar en la década de los ochenta del siglo XX, destacando especialmente en el caso de la Sanidad y la Educación. Sin embargo, el Estado de Bienestar español siempre se caracterizó por una debilidad clave y central como era el hecho de que los Servicios Sociales tardaron mucho más en desarrollarse y, en segundo lugar, no se pudieron corregir desigualdades estructurales que han dado lugar a la cronificación de la desigualdad social. Obviamente, con las crisis y cambios vividos en el siglo XXI, esta situación se ha intensificado.
Brechas digitales que se acrecientan
No es la primera vez que, en el Blog de AICTS, abordamos la cuestión de las brechas digitales. Sin embargo, es un tema en el que es necesario seguir insistiendo por los diferentes escenarios que se van planteando y que, lamentablemente, afectan a la igualdad y al acceso a las mismas, especialmente en su uso. Y es que, desde que las tecnologías han ido articulando en mayor medida nuestra realidad, estructurando el mundo, y convirtiéndose en omnipresentes, la cuestión de las brechas digitales no ha dejado de ser un tema a abordar desde diferentes ámbitos y colectivos. En el paso de 2025 a 2026, parece muy lejano en el tiempo, no lo es tanto, cuando Internet apareció en nuestras vidas, así como el SmartPhone y la posibilidad de que, en cada teléfono, llevásemos un ordenador. Luego, se fueron digitalizando cada vez más cuestiones de nuestras vidas y gestiones. Además, las Redes Sociales alcanzaron una posición nunca vista. La pandemia del Covid-19, aceleró un proceso que se presentaba como inevitable. Nos acostumbramos en muy poco tiempo a cuestiones como las firmas y certificados digitales, las sedes electrónicas de cualquier administración, la banca electrónica y la desaparición de muchas oficinas bancarias, las nuevas formas de ocio, el comercio digital... En fin, un mundo diferente en el que la tecnología se ha hecho omnipresente. Y, para acabar de avanzar en mayor medida en estos procesos, la aparición de la Inteligencia Artificial (IA), que está transformando también numerosos ámbitos, como por ejemplo el de la enseñanza - aprendizaje, las evaluaciones y muchos más. Como hemos indicado en otras entradas del blog, no somos luditas, y creemos que la tecnología cuenta con más efectos positivos que negativos. Eso no quiere decir que los segundos no existan y que no vayan darse, incluso muy marcados por el uso que se hace de las tecnologías, siendo necesarias medidas y regulaciones.
Los problemas de las generaciones
Una de las cuestiones que están marcando el debate social en los últimos meses es la del conflicto entre generaciones. Se ha institucionalizado un marco según el cual, la generación de los "boomers", la de los nacidos en la época del "baby boom", especialmente la década de los sesenta y los comienzos de la de los setenta del siglo XX, estaría acabando con los recursos y medios de las siguientes, fundamentalmente la de los "millenials", los jóvenes actuales. Entre medio, se quedaría la "Generación Z", en una especie de tierra de nadie. Este debate está dando lugar a numerosos artículos e incluso publicaciones que abordan esa brecha generacional. Los argumentos que se esgrimen, por parte de los defensores de ese conflicto generacional, es que la generación "boomer" estaría captando más recursos, especialmente en el ámbito de las jubilaciones, junto con la creación de una especie de tapón que impediría a las siguientes generaciones, especialmente las más jóvenes, acceder a determinados puestos de trabajo y posiciones. Esta es otra teoría que también se ha institucionalizado. Igualmente, y vinculado al ámbito de las jubilaciones, también estarían contando con más recursos públicos que el resto. En el otro lado, los "boomers" señalan que, en su conjunto, ellos se habrían ganado sus derechos a tener esas prestaciones, que habrían trabajado durante décadas y que su situación no se basa en un concepto de privilegio sino de haberse esforzado. Como puede observarse, los dos marcos están muy definidos, y no queremos en este artículo entrar en cuestiones que pueden ser más exageradas o caricaturescas, por uno y otro lado.
La nueva estructura social
A lo largo de las entradas en el Blog de AICTS, una de las cuestiones que de manera transversal que se vienen analizando es la relativa al cambio en la estructura social que se ha producido en las últimas décadas. Se puede decir, en general, que es el tema marco que define buena parte de los análisis que llevamos a cabo. Desigualdades, cambio de modelo de sociedad, Estado de Bienestar, etc., al final también confluyen en una nueva estructura social, un modelo de sociedad diferente en el que las clases sociales y los estratos sociales se han redefinido. Y, este es un cambio que afecta a todos los niveles. En el caso de España, pocos autores y autoras han abordado este proceso como el periodista de El Confidencial Esteban Hernández. También sus libros han sido reseñados en esta web y en la revista EHQUIDAD, que edita AICTS. Hernández, reflexiona desde lo macro y estructural a lo micro y las experiencias y vivencias de las personas. Ya hace más de una década, comenzó sus análisis sobre el declinar de las clases medias y, desde entonces, no ha parado. Recientemente, en El Confidencial, publicó el artículo "Lo que está pasando con las herencias dice mucho de nuestra sociedad", en el que recoge los resultados de una investigación encabezada por Jérôme Fourquet y Marie Gariazzo. También hay que agradecerle a Hernández el hecho de que, a través de sus artículos, se puedan descubrir investigadores e investagoradas como los mencionados, especialmente un Fourquet que, junto con Christophe Guilluy, más han abordado estas cuestiones y también el escenario de las desigualdades territoriales y su impacto. Centrados en Francia, sus investigaciones, marcos teóricos y metodologías son extrapolables a numerosos lugares, incluyendo España. Y, hace tiempo que vienen adelantando lo que va ocurriendo.
La inversión en servicios públicos básicos
Regresamos en el Blog de AICTS a los pilares del Estado de Bienestar, el modelo de sociedad que, a lo largo de las últimas décadas, ha sido determinante en el progreso de nuestras sociedades. El mismo, como hemos venido señalando reiteradamente, se encuentra en una situación de crisis estructural y, desde hace mucho tiempo, los debates sobre su sostenibilidad son recurrentes. En el caso español, llegamos tarde al modelo de Estado de Bienestar y no fue hasta la década de los ochenta del siglo XX, con la recién constituida democracia, se fue construyendo y consolidando un Estado de Bienestar que contó también con sus debilidades. Además de algunos factores estructurales, como ciertas desigualdades crónicas, el caso español también respondía al modelo familista de las sociedades del sur de Europa, donde algunos servicios que en otros escenarios, como en el norte de Europa y otros países del continente, corrían a cargo del Estado o las Administraciones Públicas, en el caso español, y otros países de nuestro entorno, son las familias las que tenían que ocuparse de parte de los mismos. Si bien Educación y Sanidad consiguieron un desarrollo sin precedentes, en el caso de los Servicios Sociales, la evolución fue más lenta, siendo el ámbito en el que más se observaba dicho familismo, siendo en el siglo XXI cuando se produjeron grandes avances en ese sentido. Además, hay que tener en cuenta que España es un estado descentralizado en el que las Comunidades Autónomas cuentan con las transferencias de buena parte de las políticas vinculadas al Estado de Bienestar. Este hecho tiene su impacto no solo en las acciones y medidas que se llevan a cabo sino también en las capacidades de inversión de cada territorio. Y es que, hay que recordar una vez más, que estas políticas son inversiones, son transferencias sociales.
Migraciones interiores
Los desequilibrios territoriales es uno de los objetos de estudio central para el equipo de AICTS. A lo largo de los últimos años, hemos venido desarrollando una línea de investigación que buscaba ampliar el ámbito de las desigualdades entre territorios por encima de la dicotomía rural - urbana. Es evidente que, en el caso español, la misma se había convertido en un elemento clave de las agendas políticas y de los medios de comunicación. Con la despoblación del medio rural, fenómeno heterogéneo y que venía produciéndose desde la segunda mitad del siglo XIX, a través de diferentes ritmos y por determinados factores económicos, políticos, sociales y culturales, se había cronificado cuando adquirió un posicionamiento que no tenía hasta entonces, ya en la década de 2010. Sin embargo, las soluciones a la despoblación pecaban de cortoplacismo y de no contar con algunas variables, comenzando con la subjetiva, la que incide en la toma de decisiones personales por parte de las personas y las familias para elegir un lugar donde vivir para su proyecto de vida. Obviamente, hay otros factores de carácter objetivo como los vinculados a las oportunidades laborales, que se ha demostrado que no es un elemento determinante, o la presencia de servicios públicos, que es complementario. En todo caso, hablamos de cuestiones vinculadas a los derechos como ciudadanos y ciudadanas con independencia del lugar en el que se resida. La despoblación del medio rural ocupó durante casi diez años una posición destacada en la agenda pública pero, en la actualidad, parece que ya no está tan presente. Sigue hablándose de despoblación del medio rural, siguen presentándose acciones y medidas, planes y estrategias, el debate es permanente, pero determinados discursos y relatos no encuentran tanto eco. Se ha asumido, en buena medida, la complejidad de un problema, y también que, lamentablemente, algunas zonas tienen un difícil solución, contando con la evolución y situación de las actividades productivas, fundamentalmente del sector primario.
Vive donde puedas
Retornamos al tema de la vivienda, que es una situación a la que podemos poner todas las etiquetas y calificativos que queramos. De crisis estructural de la vivienda a emergencia nacional, la situación va a peor y no se ponen en marcha soluciones políticas que avancen en el acceso a una vivienda de manera digna, ni en propiedad ni en alquiler. Como comentamos en otras entradas, en España comprar una vivienda en propiedad era un signo de estatus y de movilidad social. Numerosas generaciones fueron socializadas, y vivieron, este proceso. El alquiler, por el contrario, era visto de otra manera, también con sus condicionantes. O no se tenía dinero para adquirir una vivienda en propiedad o era una situación provisional. Además, había una enorme diferencia entre el alquiler y la compra, siendo bastante más barato el primero. La década de los noventa del siglo XX fue un momento clave para la evolución de la demanda. Las ciudades crecieron con nuevos barrios que acogían a los hijos e hijas del "baby boom", que se emancipaban y que salían a un mercado de la vivienda en propiedad, mientras que alquilar era "tirar el dinero, porque no era tuyo", como se decía entonces. Además, padres y madres de estas generaciones, que habían ocupado barrios obreros y populares de las ciudades, podían comprar nuevas viviendas en estos barrios de nueva construcción, lo que produjo una movilidad residencial en el interior de las ciudades, quedando viviendas disponibles que, años después, serían adquiridas o alquiladas por la inmigración. Los precios comenzaron a subir pero, en ese contexto, el sistema bancario facilitaba el crédito, ya sabemos qué ocurrió años después, y se liberalizó el suelo. En definitiva, todos los astros se alienaron para que se produjese un aumento de la oferta, la demanda y los precios. Lo que vino a continuación, no hace falta recordarlo. La crisis de 2008, con un importante peso de la vivienda en la misma, puso el freno a este escenario. También se reflexionó sobre el hecho de que, esta situación, no podía volver a ocurrir. Y, ahora, en pleno 2025, la situación es todavía más complicada. Necesidad de oferta, precios disparados, tanto en alquiler como en compra, y muchas personas que no pueden conseguir una vivienda aunque tengan empleo.
La desigualdad creciente
La entrada de la semana pasada en el Blog de AICTS se dedicó a la cronificación de la pobreza, de la vulnerabilidad y del riesgo de exclusión social. Se incidió en los factores y procesos que habían dado lugar a unas dinámicas que, estando sus bases presentes en décadas anteriores, ahora se han intensificado. Y, todo ello, en un contexto en el que se está produciendo un crecimiento económico con valores muy positivos en el Producto Interior Bruto (PIB), entre otros. Ese vía contradictoria, en la que, por un lado, el país va bien pero, en general, la mayor parte de la población siento que, individualmente, no les va tan bien y, un porcentaje significativo, no llega a fin de mes a pesar de tener trabajo, genera un malestar que es caldo de cultivo para diversos movimientos políticos. Y se produce una situación más compleja en aquellos colectivos ya instalados en la exclusión social y en la pobreza cronificada que comentábamos en la entrada anterior. Además, un ascensor social roto y un desclasamiento constante, afectando especialmente a las clases medias, nos llevan a una cohesión social que se encuentra cuestionada. La publicación esta semana por parte de la Fundación FOESSA de Cáritas de su IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social, ha vuelto a mostrar a las claras un escenario que no deja lugar a dudas. Una situación en la que nos movemos que también muestra situaciones paradójicas y complejas. Es cierto que, comparada con otras épocas, en la nuestra la calidad y el nivel de vida es muy aceptable para una muy buena parte de la población, centrándonos en las sociedades desarrolladas. Y que ha sido así, en gran medida, debido a la generación de modelos basados en la cohesión social y el Estado de Bienestar. De hecho, hay analistas que cuestionan la ruptura del ascensor social y que también entienden que las generaciones actuales no están viviendo peor que las de sus padres y madres. Hay algo de cierto en esta segunda premisa, pero seguramente en relación a la de sus abuelos y abuelas, pero seguramente tendríamos que precisar los indicadores y variables que hacen referencia a ese nivel de vida. En un sentido de cubrirse las necesidades básicas, podemos estar de acuerdo en parte en ello. En el acceso a determinados niveles de consumo, también. Pero, si descendemos a otra serie de variables, como las que llevan lugar a la generación de las bases de la cohesión social, las que determinan la posición en la estructura social, no cabe duda de que estamos en otro momento y que, es posible, que siguientes generaciones vean estos efectos.
Pobreza cronificada
Regresamos a uno de los temas que más abordamos en el Blog de AICTS, la situación de la desigualdad en nuestras sociedades. No es una cuestión que no ha sido tratada en otras entradas, en relación a las condiciones materiales, y que hemos relacionado con el cambio de modelo social en las casi últimas dos décadas, aunque teniendo en consideración que las bases de dicha transformación ya estaban presentes anteriormente. Además, en este sentido, también hay que destacar el hecho, nada despreciable, de que nos encontramos en un contexto de crecimiento económico y de buenos datos, incluso muy buenos, en las variables macroeconómicas, por ejemplo el incremento del Producto Interior Bruto (PIB). Pero, como se ve en otros indicadores, los que afectan al nivel y a la calidad de vida de los ciudadanos y ciudadanas, de las familias, y de diversos colecitvos, esta favorable situación macroeconómica no se corresponde con la realidad de los mismos. Ocurrió tras los años más duros de la crisis de 2008, está pasando ahora. Y, precisamente, igual hay una correlación entre estos dos factores, porque no es casualidad. En unos días, la Fundación FOESSA, el 11 y 12 de noviembre, publicará su IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social, todo un referente en el análisis de los procesos de vulnerabilidad y de riesgo de exclusión social en España. En el adelanto del mismo, estiman que más de nueve millones de personas en España viven procesos de exclusión social con dos factores claves: el acceso a la vivienda y la precariedad laboral, afectando especialmente a la población más joven. Tendremos tiempo en las próximas semanas de abordar los resultados de este informe.
Cuidadores y cuidadoras de personas enfermas de Alzheimer
En el Blog de AICTS, cambiamos de temática. Si en las últimas entradas habíamos centrado nuestros artículos en cuestiones vinculadas al cambio de modelo de sociedad, a la crisis del Estado de Bienestar, y a aspectos relacionados con los Derechos Sociales, en esta ocasión regresamos a los cuidados, especialmente a las personas que se dedican a la atención de los enfermos y enfermas de Alzheimer. Obviamente, los cuidados también se vinculan al Estado de Bienestar como Derecho Social, aunque no es menos cierto que, en el caso de España y, a pesar de los avances que se han producido, los Servicios Sociales siguen siendo la pata más débil del Estado de Bienestar. El modelo de atención y cuidados sigue mostrando algunas limitaciones que precisarían de mejorarse, especialmente en un contexto en el que está aumentando la demanda de estos servicios. Y es que, en nuestras sociedades, el envejecimiento de las mismas y el hecho de que cada vez haya más personas que precisan de atención y cuidados, debido al aumento de las enfermedades como el Alzheimer, las demencias y otras vinculadas al envejecimiento. Cabe precisar, una vez más, que el hecho de que cada vez más personas alcancen edades más avanzadas es un indicador positivo del aumento de la calidad de vida pero, no es menos cierto, que no todas las personas llegan a esta etapa de la vida en igualdad de condiciones y con las mismas opciones, especialmente cuando es precisa una atención vinculada al mundo de los cuidados, sea a través de centros de día, residencias o personas que las atiendan en sus domicilios. El nivel de renta es clave, hecho que condiciona el que, numerosas ocasiones, estos cuidados recaigan en familiares, fundamentalmente mujeres.