Personas mayores y segunda ola

Por EQUIPO AICTS / 11 de octubre 2020

Han pasado casi siete meses desde el marzo de 2020, el punto de inflexión de nuestro tiempo. No hace falta recordar que, durante esas semanas tan duras de marzo y abril, fueron las personas mayores las principales golpeadas por los efectos de un coronavirus del que, en aquellos momentos, se desconocían aspectos determinantes. Era el principal colectivo de riesgo y el impacto de la COVID-19 fue impecable con millares de fallecidos y afectados. Muchas residencias se vieron especialmente afectadas con una situación dantesca que, en no pocos casos, supusieron focos de transmisión con consecuencias dramáticas. Este hecho mostró algunas carencias significativas de nuestro sistema de Servicios Sociales en ese ámbito que respondieron, no en todos los casos ni muchos menos, a precarizaciones, privatizaciones y a un modelo de negocio que jugaba con la atención y la vida de las personas. En todo caso, la concieciación y sensibilización con respecto a las personas mayores y su vulnerabilidad con respecto a la COVID-19 fue clave en esos meses. 

Durante el periodo siguiente, del proceso de apertura a las medidas menos restrictivas, pasando por el aumento de casos por la llegada de la segunda ola, el regreso a la escuela y universidades, así como las nuevas acciones para evitar transmisiones comunitarias, han situado a las personas mayores en un segundo plano en los medios de comunicación y en las noticias sobre la COVID-19. No, no es que haya disminuido la preocupación por la situación de este colectivo, al contrario, pero da la impresión que ha quedado un poco arrinconado. Hay que señalar que el retorno a los centros de día y a residencias de personas que estaban en ellas y dejaron de acudir con el confinamiento, con sus consecuencias especialmente para ellos y sus familiares, se ha producido a través de grandes medidas de seguridad y de protocolos que se están cumpliendo y que han dado lugar a que no se estén produciendo tantos brotes en residencias y centros de día, aunque son inevitables como en todos los espacios. Como ha ocurrido en el caso de los colegios, los procesos de control, seguimiento y monotorización, seguimiento y aislamiento de los casos, están funcionando. 

Pero las personas mayores siguen siendo las más vulnerables a la COVID-19 desde el punto de vista sanitario. No debemos olvidarlo, y hay que poner todos los medios disponibles. Sin embargo, otras circunstancias ya señaladas se están intensificando en relación a las personas mayores y los efectos de la COVID-19 y una de las fundamentales es la soledad. Y es que, en este contexto, las visitas a residentes quedan muy restringidas, lógicamente, y eso implica un coste emocional tremendo sobre estas personas y sus familiares. Son escenarios durísimos que, en no pocas ocasiones han supuesto incluso que no se hayan podido producir despedidas de estas personas. Pero no ocurre únicamente con las personas mayores que están en residencias sino con el colectivo en general que, en definitiva, se ve menos con sus familiares y amistades, reduciendo los contactos sociales. Un escenario que nos lleva a incidir, una vez más, en la importancia de lo relacional para las personas mayores. Sin embargo, la pandemia ha limitado enormemente el mismo, y no se atisba solución a corto y medio plazo. Este escenario todavía se hace más complicado con las personas mayores que viven solas, buena parte de dicho colectivo mujeres solas, siendo una tendencia en alza en nuestro país. En definitiva, no olvidemos a las personas mayores en un contexto en el que todos los focos apuntan en otras direcciones. 














Mensajes y relatos

Por EQUIPO AICTS / 4 de octubre 2020

La realidad se impone irremediablemente en un contexto al que nos hemos ido adaptando y aceptando la situación en la que nos encontramos. Si en marzo de 2020 nos llegan a decir que en octubre estaríamos llevando mascarillas, inmersos en una "segunda ola" de una pandemia que desconocíamos, y que nuestro mundo sería tan diferente, pensaríamos que es Ciencia Ficción. Pero es la realidad, que decíamos. Al comienzo de la pandemia, escribíamos en este blog el impacto de la crisis que comenzaba en cuatro grandes ámbitos. El primero, el sanitario, que en aquellos primeros meses alcanzaba unas cotas dramáticas que persisten, en diferentes y cambiantes intensidades. El segundo, el económico, del que todavía no éramos conscientes del agujero que se iba a producir y que será mitigado por la reacción de la Unión Europea en el corto plazo, pero no a medio y largo plazo. El tercero, el político, en el que no hemos avanzado nada, al contrario, vamos hacia atrás y eso que no se podía muy lejos. Y, el cuarto, el de los valores, el social, el que se decía que "saldremos mejor de lo que hemos entrado" pero nada de eso parece que vaya a producirse de esa manera. Como decíamos anteriormente, estos ámbitos están interrelacionados y no es casual que décadas de recortes, de políticas neoliberales, hayan dado como resultado un sistema sanitario menos potente de lo que creíamos. Y también un sistema económico con menos capacidad para salir de situaciones como la actual, hecho que ya estaba adelantado en una carrera hacia delante que se había producido en la última década. Todo está resultando como una ciclogénesis o una "tormenta perfecta" pero hay que analizar también los relatos y las sensaciones que están presentes en una ciudadanía que parece tomar con resignación el escenario.

Es necesario comenzar con una breve exposición de los diferentes estados que hemos vivido en estos casi siete meses. Primero, un virus lejanísimo que nos parecía poco más que un catarro, porque es lo que nos decían, y que irrumpió en nuestras vidas. Segundo, el temor por la salud, los riesgos, y el confinamiento de casi dos meses. Tercero, una "nueva normalidad" que nos fue otorgando espacios de apertura aunque ya nada sería lo mismo. Cuarto, el optimismo por los avances científicos y la posible llegada de las vacunas. Quinto, un giro que vino dado por la "segunda ola" en agosto/septiembre que pilló con la guardia baja. Sexto, una especie de resignación que se está generando. Y, todo ello, con un contexto político complejo en el que, por una parte, todas las Administraciones se enfrentaban a una realidad desconocida. Y, segundo, también con un enfrentamiento político que demuestra cómo los intereses partidistas e ideológicos se imponen frente a unas necesidades que serán mayores.

La mayor parte de la sociedad ha reaccionado de la forma solicitada y demandada, respetando las normas y siguiendo las indicaciones. Que hay excepciones, que se producen relajos e incluso que no hay un seguimiento de esas normas por algunos colecctivos, es un hecho. Mención aparte merece la situación de los jóvenes que han sido uno de los colectivos más señalados y que, en algunos casos, han actuado de forma irresponsable. Pero, también hay que indicar que ha habido muchos jóvenes que han sido responsables y que la irresponsabilidad no ha sido patrimonio de la juventud. Tampoco es de recibo ciertos mensajes que, lamentablemente, calan en una parte de la sociedad echando la culpa de los contagios a grupos como inmigrantes, temporeros, etc. No tiene un pase. Y, finalmente, el apelar a la responsabilidad individual ha servido en algunos discursos para esconder las fallas de nuestros sistemas de protección, con escenarios vinculados a la Sanidad Pública, al estado de la misma, a la contratación de rastreadores, etc.

Pero, en este post tenemos que hablar también de un cierto "pesimismo institucionalizado" socialmente, incluso más allá de lo que sería el ámbito ideológico. Si al comienzo del verano veíamos un optimismo justificado por el descenso de los casos, muy importante, y por los anuncios de vacunas, que en no pocas ocasiones fueron interesadas como se demostró posteriormente, en la actualidad nos encontramos en el lugar contrario. Otro de los aspectos que ha tenido unas consecuencias demoledoras en el ánimo de los ciudadanos es el de las promesas de prontas soluciones o llegadas a destinos que no ocurrían, como bien ha advertido Marta García Aller en varios de sus artículos. La "segunda ola", la dramática situación económica, las advertencias de los científicos de que esto va para largo, se habla de una recuperación de la situación anterior incluso en 2023, además de las dificultades logísticas de extender la vacuna y el tratamiento a toda la población, ha generado ese pesimismo que no cesa. Además, en una nueva muestra de las tendencias posmodernas en las que nos encontramos, parece que siempre estamos al "borde del abismo". En definitiva, la situación es la que tenemos y hay que vivir con ella, adaptándonos y sabiendo qué es lo que va funcionando en estos meses. Va a ser difícil y complicado el tablero que va a quedar, pero también será el tiempo de las medidas audaces, de decisiones que impliquen una mayor puesta en valor de las políticas públicas y de lo colectivo. Y no, no estamos hablando de adoptar un "pensamiento positivo" de que, "si lo deseo, pasará". No, ese es un modelo neoliberal muy propio de estas dos últimas décadas. Ya hemos visto que eso no sólo no podía funcionar, sino que no lo hace. 














Teletrabajo: medio, fin y síntoma

Por EQUIPO AICTS / 28 de septiembre 2020

El impacto de la pandemia de la Covid-19 se está produciendo en todos los órdenes de nuestra realidad, afectando a las grandes estructuras y a la vida cotidiana. Obviamente, estas dos esferas están interconectadas y no operan de forma independiente, al contrario. Como hemos venido señalando en otros artículos, las consecuencias de la Covid-19 están acelerando procesos que ya se estaban desarrollando en vez de generar cambios estructurales en otras direcciones más vinculadas con la igualdad, la justicia social, etc. El optimismo desarrollado a comienzos de la pandemia con la frase "saldremos mejores de esta" no parece contar con muchas estructuras de plausibilidad. En el corto y medio plazo ya hemos visto que no parece que vayamos en esa dirección y, a largo plazo, está por ver. Aunque no faltan voces optimistas, la realidad es bastante tozuda.

Uno de los cambios que se están operando es el relativo al teletrabajo y todo lo que conlleva. En el confinamiento, muchos profesionales desarrollaron su empleo desde sus domicilios. Lógicamente, nos estamos refiriendo a colectivos que puedan hacer esa labor desde sus casas porque, y eso es algo de lo que no parecen darse cuenta ciertos discursos, no es posible que puedan teletrabajar sectores esenciales que fueron puestos en valor durante el confinamiento. Desde el punto de vista de un cierto solucionismo tecnológico, que también se aplicó a la educación con los resultados ya conocidos, el teletrabajo se presenta como una gran oportunidad y la posibilidad de una transformación de todo el proceso. 

Por una parte, no cabe duda que el teletrabajo es una necesidad en tiempos de pandemia y que implica una medida para evitar contagios y la difusión de la Covid-19. Las visiones que se postulan favorables al teletrabajo inciden en las consecuencias positivas para la conciliación de la vida familiar y laboral; un mayor rendimiento a través del mismo y el evitar desplazamientos y reuniones que se pueden eternizar o ser innecesarias; aumento de la satisfacción de los trabajadores y trabajadoras; entre otras cuestiones. Además, en relación a las consecuencias de la pandemia, se afirmaba que el teletrabajo sería la solución a la despoblación del medio rural así como de la mejora de la situación de las ciudades medidas y pequeñas.

Sin embargo, en los contras también operan no pocos aspectos. Como se observó en el confinamiento, conciliación y teletrabajo no casan muy bien, al contrario. Por otra parte, también aumentaron las horas trabajadas y se producía un escenario que implicaba casi una disposición de las veinticuatro horas en no pocas situaciones. Además, quedaba la cuestión de los costes de la infraestructura necesaria para teletrabajar, que recaía también en gran medida en trabajadores y trabajadoras. De esta forma, era fundamental el desarrollo de una legislación, otra cuestión es su cumplimiento. 

Pero, como señalaba Esteban Hernández en un artículo reciente en El Confidencial, el trabajo es un síntoma de los tiempos, de las transformaciones en las estructuras laborales y profesionales, en las condiciones del empleo y su evolución. El teletrabajo se insertaría en las dinámicas de esos cambios que están vinculados, a su vez, con la individualización de las relaciones laborales, el trabajo por servicio, entre otras. En definitiva, un escenario complejo y que puede incidir en nuevas fuentes de desigualdad, si es que no lo está haciendo ya, incluso entre los propios teletrabajadores, como bien indica Hernández en su artículo.














La incertidumbre del presente, la complejidad del futuro

Por EQUIPO AICTS / 15 de septiembre 2020

Han pasado seis meses desde que la pandemia global de la Covid-19 marcase el ritmo de nuestras vidas, tanto presentes como futuras. Un cambio sin precedentes para unas sociedades, occidentales, que se basaban en un proceso de mejora constante y en una suerte de optimismo antropológico que no se veía sustentado por no pocos indicadores tras la crisis de 2008, y anteriores. Pero, la pandemia de la Covid-19 era un acontecimiento inesperado, por más que se hubiesen producido voces de alerta durante años. Sin embargo, el virus cogió por sorpresa a todos los gobiernos del mundo y, como piezas de dominó, la crisis sanitaria generó una económica sin precedentes, así como otras consecuencias políticas, sociales y culturales a medio y largo plazo. Al comienzo de la crisis, se señalaba desde diferentes ámbitos que saldríamos mejores de lo que entramos, pero eso no será así. Sin embargo, lejos de "salir mejor de lo que entramos", las tendencias anteriores se recrudecen, como hemos venido indicando en otros posts de este blog.

Inmersos en una segunda ola de la pandemia, en un escenario complejo, en una sensación de incertidumbre y con algunos de los deberes no realizados de forma correcta, la situación se presenta como una especie de espera de la vacuna o el tratamiento que nos permita superar esta situación. Pero, la misma tardará y, mientras tanto, se produce una combinación de llamadas a la responsabilidad individual, que en buena parte se da, y de medidas de los gobiernos. De lo que no cabe ninguna duda es de la enorme brecha económica producida en todo el mundo y en la que España es uno de los países más sumidos en ella. El presente es un incertidumbre inmenso ante la vuelta al colegio, ante la vuelta a la universidad, ante la vuelta al trabajo. La Covid-19 está ahí y estaremos conviviendo con ella mucho tiempo, cualquier tiempo es mucho, peleando y cruzando los dedos para que su impacto sanitario se vea reducido a lo máximo. Sin embargo, parece que hay gente que desea que todo vaya mal, que se disparen los casos, instalados en un extremismo de todo tipo, y no nos referimos a la dimensión política.

Pero, si el presente es incertidumbre, el futuro es complejidad elevada al cubo. Los indicadores no son nada favorables. La economía se desploma, muchas actividades se han quedado tocadas, trabajadores y trabajadoras en ERTEs, etc., y el dinero de Europa que podrá mitigar este escenario pero que no salvará, señalan los expertos, el medio y largo plazo. Un Estado endeudado y con déficit disparado, y no quedaba otro remedio, ciertamente. Sin embargo, el futuro se presenta tan complicado que no hay muchos motivos para ser optimistas. Lo del 2008 queda ya muy lejos en dimensiones para lo que viene, con unas transformaciones que pueden ser muy estructurales y que, lamentablemente, no parecen corregir las tendencias de las dos últimas décadas, como hemos señalado anteriormente. ¿Podría haber sido una buena oportunidad?, podría. ¿Va a ocurrir?, no parece. En este sentido, de nuevo las generaciones más jóvenes estarán entre las más perjudicadas, ya hay incluso estudios que estiman el impacto del cierre de las escuelas durante seis meses en los salarios futuros...Pero también tenemos que poner el foco en estas generaciones, las que ahora se están formando y que tendrán que asumir responsabilidades en el futuro, marcados y marcadas por este escenario. Si las anteriores fueron "arrojadas" al individualismo nihilista del "carpe diem", con una falta de responsabilidad de las generaciones mayores, ahí sí que no nos podemos permitir cometer ese error. Un error fatal, como estamos viendo que, de repetirse, y nadie nos dice que no vaya a ser así, tendrá todavía peores consecuencias. Igual no estamos a tiempo de ciertas cosas, de cambios estructurales, aunque pelearemos por ellos, pero sí que podemos actuar en otros ámbitos.












La Universidad y el curso 2020/21: presente y futuro

Por EQUIPO AICTS / 11 de septiembre 2020

El curso 2020/21 está comenzando también en las universidades y el proceso se antoja complejo y difícil, como en todos los lugares. La Universidad vivió también un terremoto derivado del impacto de la Covid-19. Por una parte, el paso a la docencia on line y la transformación de la enseñanza, como en todo el sistema educativo. Por otra parte, se pararon numerosísimas investigaciones, por no decir prácticamente todas. La docencia y la investigación, los dos pilares del sistema universitario, en otro escenario. De nuevo, como en el conjunto del sistema educativo, se postularon las bondades de la enseñanza on line, máxime cuando es un sistema que se aplica en numerosas universidades y no son pocas las que son de esta naturaleza, especialmente privadas. Sin embargo, se producían disonancias que tenían que ver con la adaptación de los exámenes y, por supuesto, la brecha digital. 

Con el paso de los meses, el proceso de adaptación se observó desigual entre entidades, teniendo en cuenta el contexto. No cabe duda que no es lo mismo una universidad pequeña en una ciudad de tamaño medio que las grandes universidades en Madrid y Barcelona, por ejemplo, que cuentan con un mayor número de estudiantes, docentes y Personal de Administración y Servicios (PAS), con una mayor incidencia del transporte público. En general, hay centros que han optado por un modelo mixto, presencial y on line, y otros por la presencialidad, y todo ello con los protocolos pertinentes. Pero, en definitiva, medidas necesarias en una situación como la actual.

Pero, como en todo de nuevo, la situación de la Universidad tiene que ver con el trasfondo de la pandemia. Es decir, si las consecuencias de esta van a suponer un cambio de escenario o van a acelerar los procesos anteriores. Y, lamentablemente, podemos decir que va ganando la segunda opción, y lo hace sin paliativos. La Universidad española es una "eterna sospechosa" por numerosos motivos. En un contexto mercantilizador y de transformación de la educación superior, a la Universidad se le mide en cada paso que da, se utilizan los tan manoseados rankings y se buscan sus debilidades. Hay visiones que estiman que la Universidad está sobredimensionada, que no es rentable y que debe buscar más fondos privados, hecho que en un país como España es de gran complejidad. No faltan las voces, no podían, que dicen que sobran universidades públicas, olvidando la función social de la Universidad...En fin, que todo esto no es una novedad como tampoco lo son las voces que indican que la Universidad no forma para el mercado de trabajo, que se lanzan con el argumento de la sobrecualificación a criticar la institución. Que la Universidad tiene su parte de culpa en todo esto es también una realidad, una entidad que en no pocas ocasiones parece haber vivido en una especie de "burbuja de cristal". Y, mientras tanto, otras realidades se cuelan por el camino como la que indicaba de forma acertada Marta García Aller en un artículo muy interesante en El Confidencial: "La gran ameneza de la universidad no es el covid, sino el nuevo plan de Google". Las grandes tecnológicas llevan tiempo con la educación en entre sus objetivos y la Universidad no es una excepción. Google ofrecerá cursos que, según anuncian, formarán en seis meses lo que se tarda en adquirir las competencias de un Grado, señalando García Aller que "les promete formalos en las habilidades más demandadas por el mercado sin la necesidad de asistir a la universidad". Tremendo.

Este es el escenario a medio y largo plazo que las universidades tienen que afrontar. Pero a ello se une el nuevo Estatuto del PDI (Personal Docente e Investigador) que se ha venido negociando estos meses. Además de las adaptaciones de las figuras universitarias, necesaria, hay cambios que implican un endurecimiento de la carrera profesional, como estancias de nueve meses, que van a suponer todavía más un cierre de clase en el acceso a la misma. La Universidad, como otras profesiones, se va quedando para una serie de grupos sociales de las clases medias altas y altas, aquellas que pueden permitirse el que sus hijos e hijas tengan unos años de precariedad encadenando, en el mejor de los casos, becas y contratos de prácticas. Si a eso se le une que tienes que hacer una estancia de investigación de nueve meses, entre otras cuestiones, poco más que añadir. Todos estos cambios están interrelacionados, no son independientes y forman parte de ese paradigma en el que nos vamos moviendo. Las voces que alertan sobre todo ello son reducidas, mientras que el día a día come a los agentes universitarios, cuando no hay pocos que apuestan por modelos como este.

Y, volviendo al corto plazo, la situación por la Covid-19 es muy compleja. En una entrevista en El País, José Carlos Gómez Villamandos, Rector de la Universidad de Córdoba y presidente de la CRUE, alertaba del estado de las finanzas universitarias y que, si las Comunidades Autónomas no dotaban a estas entidades de mayor presupuesto, tendrían que realizarse recortes. Y es que han descendido los ingresos y aumentado los gastos, mientras que el fondo Covid para las universidades no se ha puesto en marcha todavía, con el curso ya iniciado. En definitiva, una situación de gran incertidumbre y dificultad que implica una adaptación continua y muy del día a día. Y, mientras tanto, seguramente se siga poniendo en cuestión esa función social porque muchas familias no podrán acceder a los estudios superiores. No tenemos tan lejos la experiencia de la crisis sistémica de 2008. No parece que hayamos aprendido nada.












Retorno a las aulas

Por EQUIPO AICTS / 29 de agosto de 2020


Desde mediados del mes de agosto, una de las cuestiones centrales en la sociedad española ha sido el retorno a las aulas y los colegios en tiempos de la pandemia Covid-19. Este hecho se ha producido en un contexto caracterizado por un incremento constante y acelerado de los contagios en España, lo que ha derivado en una mayor complejización del escenario, ya de por sí bastante difícil. Y es que, obviamente, la pandemia ha transformado nuestra realidad. Desde mediados de mes de marzo, los estudiantes en todos los niveles educativos no han vuelto a sus centros. Una medida drástica que era necesaria y que, como hemos venido reflejando, derivó en un esfuerzo titátino de la comunidad educativa, de todos sus agentes, para adaptarse a la situación. Comenzando por los propios estudiantes, siguiendo por los docentes y los centros, y continuando con las familias. Si al comienzo de la pandemia, e incluso algunas semanas más, se produjeron algunas reacciones basadas en una suerte de "solucionismo tecnológico", en clave oportunidad, al papel de las Tecnologías de la Información y la Comunicación e Internet como medio y fin, y un optimismo que no se sustentaba, pronto las voces contrarias a esta visión y, especialmente, la realidad, se fueron imponiendo. Al final del curso 2019/20 ya nadie podía obviar que el impacto en las desigualdades; la interrelación entre las brechas sociales, económicas y tecnológicas; y la importancia del origen familiar para afrontar la situación, junto con el estrés que se generó en madres y padres. Esta situación ha dado lugar a que no solo se hayan dado las desigualdades en esos meses sino que son acumulativas, como alertan informes y expertos en el sentido de que se producen lagunas de aprendizaje difíciles de superar, las cuales suelen afectar a los mismos colectivos vulnerables.

Tras un final de curso que coincidió con la desescalada, las administraciones educativas, en el caso de España con las competencias educativas descentralizadas en las Comunidades Autónomas, iban preparando un inicio de curso 2020/21 que se preveía complicado, bajo la coordinación del Ministerio de Educación y Formación Profesional. De nuevo, estaba claro que no podía dejarse todo a las tecnologías y que las medidas tendrían que ser claras para facilitar una vuelta a las aulas. Reducción de ratios, aumento de profesorado, adaptación de las instalaciones, uso de espacios que no suelen emplearse para la docencia, medidas sanitarias, etc., se fueron planteando para llevar a cabo un retorno lo más seguro posible cuando todavía no hay vacuna o tratamiento para mitigar la pandemia. Además, la situación actual supone una transformación de las rutinas de los estudiantes, por ejemplo en cuestiones como las actividades extraescolares o las sociabilidades desarrolladas en los centros, ahora muy restringidas por la necesidad de reducir los contactos y mantener una distancia social.

Sin embargo, como hemos indicado, la "segunda ola" de contagios no llegó en octubre o noviembre sino que se adelantó a agosto. De esta forma, durante estas semanas estamos viviendo una situación de debate intenso sobre volver o no a las escuelas, sobre cómo hacerlo, junto con las críticas a las administraciones educativas. El nivel de crispación de este debate ha sido intenso con posiciones muy encontradas y con la comunidad educativa sometida a una enorme presión. Por un lado, hay colectivos y agentes, en todos los ámbitos, que indican que no se cumplen las medidas de seguridad para que los estudiantes puedan volver a las aulas, que se van a disparar los contagios y que el escenario se hará todavía más complejo. Por otra parte, en el lado contrario se indica la necesidad de regresar a los colegios e institutos para evitar las brechas y no incrementar las desigualdades, así como por cuestiones vinculadas a la imposibilidad de muchas familias de afrontar un aprendizaje on line, tanto por recursos como por incompatibilidad con la vida familiar y laboral. De nuevo, hay voces que han incidido en el papel de Internet y las TICs y cómo afectan a la desigualdad

A comienzos de septiembre, la vuelta al cole es una realidad, las Comunidades Autónomas han creado sus protocolos y planes, y existe la conciencia generalizada de la innegable importancia de la escuela. Los especialistas inciden en varias de las medidas claves para garantizar ese regreso así como en la dificultad de la tarea. No cabe duda que, como en el conjunto de la situación en la que nos encontramos, el día a día va a ir marcando esa adaptación en un contexto de incertidumbre. El reto es mayúsculo y la respuesta educativa tendrá que estar en consonancia con el mismo








El papel del Trabajo Social y las Ciencias Sociales en la Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 17 de agosto de 2020


El pasado 15 de agosto, Laura L. Ruiz publicaba un interesante artículo en el diario on line Público bajo el título "Trabajadores sociales: los héroes invisibilizados durante la pandemia". El mismo hacía referencia al papel del Trabajo Social y sus profesionales en el periodo que estamos viviendo, a las condiciones en las que están desarrollando su tarea y en cómo ha sido un colectivo que no ha tenido la presencia o visibilidad suficiente para poner en valor su trabajo. Sin duda alguna, es importante detenernos en estas cuestiones en tanto en cuanto, como el conjunto de la sociedad, el esfuerzo de esta disciplina ha sido mayúsculo en estos tiempos, y lo sigue siendo. Obviamente, los trabajadores y trabajadoras sociales, que se emplean en tantos y diversos ámbitos, desde la dependencia hasta la atención a colectivos en situación de vulnerabilidad, han visto aumentada labor y su función, especialmente en un contexto más complejo. El papel que el Trabajo Social y los trabajadores y trabajadoras sociales están desempeñando es crucial para afrontar las consecuencias de la pandemia, en todos sus ámbitos. Esto es una obviedad, por supuesto, pero conviene señalar que el escenario de invisibilidad no es nuevo. Los Servicios Sociales han sido el pilar menos desarrollado del Estado de Bienestar en España, y esa rémora sigue estando presente en todos sus sentidos. En un contexto de mayor vulnerabilidad, los esfuerzos se incrementan y las debilidades se muestran más claramente. De esta forma, los tiempos que estamos viviendo también tienen que servir para poner en valor al Trabajo Social y sus profesionales, que de nuevo serán fundamentales.

De esta forma, pasamos al conjunto de las Ciencias Sociales y el valor otorgado en este contexto. A lo largo de los meses que llevamos conviviendo con la pandemia, hemos asistido a numerosísimos análisis de todo tipo y condición, desde todos los ámbitos, sobre sus consecuencias. Comenzando por el ámbito sanitario y siguiendo por el económico, el resto de disciplinas están mostrando resultados de sus investigaciones y estudios sobre Covid-19 y sus impactos. Pero, en todo caso, echamos en falta una mayor presencia de las Ciencias Sociales, en todas sus dimensiones, a la hora de fomar parte de los equipos y grupos que desde las Administraciones Públicas y los diferentes gobiernos están realizando sus trabajos para afrontar la situación. Que las Ciencias Sociales han ocupado siempre un lugar secundario es un hecho, eso no nos sorprende, y seguramente habrá aspectos de este escenario que sean responsabilidad de las propias Ciencias Sociales, lo primero que debemos hace es autocrítica. Pero, para entender qué está ocurriendo y qué puede pasar es muy importante que el conjunto de las Ciencias Sociales tengan una mayor presencia en estos ámbitos de decisión. Estamos acostumbrados a ser más protagonistas en medios de comunicación, por ejemplo, o en Redes Sociales, pero también hay que formar parte de esos comités de expertos, de esos grupos de análisis. No estamos diciendo que no se esté presente, pero suele ser de forma secundaria y complementaria. Tanto el Trabajo Social como las Ciencias Sociales tienen que hacerse valer, nadie lo hará por nosotros. 








El impacto de la Covid-19 y la vulnerabilidad

Por EQUIPO AICTS / 6 de agosto de 2020


Llevamos conviviendo unos meses con un escenario desconocido como es el provocado por la pandemia de la Covid-19. Desde marzo, nuestras vidas se han visto sujetas a cambios sin precedentes. Primero, un largo confinamiento necesario para parar la propagación del virus. Segundo, una adaptación gradual a un contexto diferente, con un proceso complejo en el que se establecieron diferentes fases y nos hemos acostumbrado a distancias sociales y usos de mascarilla, transformando algunos de nuestros hábitos sociales. Finalmente, un mundo lleno de dudas e incertidumbres cuya única certeza clave es que es esto únicamente tiene la salida de una vacuna o un tratamiento en el que están trabajando numerosos científicos y laboratorios. Esa es la esperanza, que llegue y que se pueda difundir lo antes posible. Por el camino, un impacto económico de primera magnitud y desconocido, unas consecuencias que han llevado a replanteamientos en políticas europeas y nacionales y que va a dejar un agujero sin precedentes. Y, finalmente, la situación que se está generando con los denominados rebrotes, una situación desigualmente distribuida.

Llevamos unas semanas conteniendo la respiración ante los nuevos brotes que van surgiendo en determinados lugares y regiones. Con al aumento de la movilidad y el relajo de ciertas precauciones, que se han focalizado en ciertos grupos sociales como por ejemplo los jóvenes y el ocio, aunque hay muchas zonas grises. Lo que sí que está claro es el hecho de que ciertos contagios se han producido en colectivos en situación de vulnerabilidad como son los temporeros e inmigrantes que trabajan en el campo. Este grupo ya estaba en situación de vulnerabilidad anteriormente, en unas condiciones precarias y que se reproducían en un ciclo que abarca diferentes zonas en función de las cosechas. De las frutas a las vendimias, numerosos trabajadores y trabajadoras viven hacinados, en unas situaciones que han sido altamente denunciadas. En Lleida, algunas comarcas han visto el repunte de la Covid-19 debido a estas condiciones, como han reflejado los medios de comunicación, generándose incluso estigmatizaciones. La profesora de Enfermería de la Universitat de Lleida Erica Briones Vozmediano escribía un interesante artículo sobre la cuestión en Gaceta Sanitaria, haciendo especial hincapié en la necesidad de la prevención y de evitar estas condiciones de vulnerabilidad. No cabe duda que las diferentes administraciones tienen aquí un importante desafío y hay Comunidades Autónomas que van a realizar pruebas de PCR a todos los trabajadores en estas campañas. 

Por otra parte, durante la pandemia también se ha insistido en el hecho de que la Covid-19 igualaba socialmente, que afectaba a todas las clases sociales. Hay una parte cierta en esa afirmación, pero no lo es menos que las clases sociales en peor posición en la estructura social cuentan con mayor vulnerabilidad ante la pandemia. Si lo acabamos de reseñar en la cuestión de los temporeros, hay que recordar las condiciones de habitabilidad en el condicionamiento o el impacto en Educación, por no hablar de los grupos sociales que se van a ver más perjudicados por la crisis económica derivada de la pandemia. Pero, si hay un dato todavía más explícito es el resultante de la encuesta serológica en Suecia, que no ha contado con confinamiento, que da como resultado que había un 30% de positivos en barrios pobres y un 4% en los ricos. Es decir, la posición social importa, y mucho. Teniendo en cuenta las circunstancias del modelo sueco y la estrategia llevada a cabo por este país, diferente al resto de Europa, no hay que echar en saco roto los resultados de este estudio para observar de nuevo el peso de las variables socioeconómicas en, este caso, el riesgo de contagiarse. Sí, habrá personas que digan que no es del todo extrapolable al caso español, u a otros, pero es muy significativo y no debemos dejarlo de lado. 








Los cuidados en tiempos de pandemia

Por EQUIPO AICTS / 30 de julio de 2020


En estos meses que llevamos de pandemia, con todos los escenarios que se han generado y todas las situaciones que han quedado en evidencia, una de las más importantes ha sido la de los cuidados. No han sido pocas las voces que han insistido en esta cuestión en relación, fundamentalmente, a las personas mayores. Siguiendo en gran medida algunas de las líneas de trabajo de la socióloga María Ángeles Durán, se han planteado las necesidades de profundizar en cómo cuidamos a nuestras personas mayores y en qué aspectos tendrían que incidirse. Lo cierto es que, como se ha venido incidiendo en estos meses, la situación de las personas mayores ha sido una de las más comprometidas en tiempos de la pandemia de la Covid-19. Primero, por su mayor vulnerabilidad a los efectos del virus que hizo que, en la primera oleada de marzo a mayo, fuese el colectivo más afectado concentrando la mayor parte de contagiados y fallecidos. En segundo lugar, por la situación que se vivió fundamentalmente en residencias y centros de día. No cabe duda que esta es una cuestión que supone un antes y un después, lo ocurrido en las residencias nos tiene que hacer reflexionar, lo está haciendo, sobre el modelo de atención y cuidado a las personas mayores.

En una sociedad que está priorizando la juventud, y extendiéndola, las personas mayores han quedado en un segundo plano. También aquí habría que precisar algunas cuestiones. En primer lugar, valoramos muy positivamente, no podría ser de otra manera, el aumento de la esperanza de vida y el hecho de que se llegue en mejores condiciones de vida a las edades más maduras. En segundo lugar, también hay que tener en consideración la diversidad de situaciones que se dan en este colectivo tanto en función de la propia edad como en la situación en la que se encuentran estas personas. Se hace especial incidencia en no pocas ocasiones en la importancia del envejecimiento activo, por ejemplo. Pero, como hemos visto con la crisis generada por la Covid-19, parte del colectivo de personas mayores estaba en una situación de vulnerabilidad que no se quería ver. De esta forma, algunas residencias se convirtieron en una trampa por las que el virus se extendió con unas consecuencias dramáticas. Obviamente, no se puede generalizar y no todas las residencias tuvieron la misma incidencia.

Sin embargo, lo ocurrido nos muestra que parte de nuestros mayores fueron considerados "ciudadanos de segunda" porque no se tuvieron en consideración los mecanismos de control de las situaciones de parte de las residencias. En este sentido, las Administraciones Públicas fallaron en parte, cuando se observó algunas de las condiciones en las que estaban estas personas, las cuales no eran desconocidas. Se puso de manifiesto la precariedad de parte de un sector y algunas de las debilidades de nuestro sistema de Servicios Sociales, la parte ménos desarrollada de nuestro Estado de Bienestar.

Por estos motivos, junto a los que podrían denominarse estructurales, es necesario incidir en la cuestión de los cuidados, especialmente en un contexto en el que la Covid-19 sigue muy presente y se teme lo que pueda ocurrir en otoño, mientras se espera que llegue la vacuna o un tratamiento. No podemos volver a caer en los errores y deficiencias del pasado, hay que poner en valor a los cuidados en un escenario de especial vulnerabilidad. Hay muchas personas mayores en situación de dependencia, que precisan de esos centros de día y residencias en las que ser atendidos, en función de sus necesidades. Durante el confinamiento también se puso el foco en lo ocurrido con estas personas que no pudieron acudir a sus centros de día, por ejemplo. En definitiva, de nuevo hay que regresar a esos cuidados, especialmente en el caso de las personas mayores, que además nos mostrarán nuestra categoría como sociedad. Es tiempo de corregir graves errores pasados para no caer en ellos. 








Más sobre las bases de la pobreza y la desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 20 de julio de 2020


En nuestra última entrada, analizábamos las bases de la pobreza y la desigualdad a raíz de nuevos informes sobre la cuestión referidos a España. Los últimos días han seguido las noticias acerca del tema con un nuevo estudio de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN-ES) del que se hizo eco El País. En el mismo se incidía en cómo el escenario había empeorado desde 2008 en el caso de la pobreza severa, a pesar de la recuperación macroeconómica de los últimos años, y también se insistía en el hecho de que contar con un empleo o con estudios superiores no garantizaba el no contar con factores de riesgo para caer en la pobreza y exclusión social. Este fenómeno hace años que se viene observando, suponiendo una quiebra sobre ciertos supuestos en los que se basan nuestras sociedades y este informe al que hacemos referencia indicaba que el 30% de las personas en situación de pobreza severa trabaja y el 37% cuenta con estudios altos o medios. Sin duda alguna, es un fuerte indicio de la evolución del mercado de trabajo y de la situación de precariedad del mismo. Están siendo años en los que estos procesos están afectando a no pocos sectores productivos y casi nadie parece salvarse de la situación. Además, de nuevo hay que referirse a la situación de las dificultades de acceder a un trabajo acorde con el nivel de cualificación. La "sobrecualificación" también viene siendo analizada durante estos últimos años pero sería un grave error poner el foco en la decisión de estudiar y no hacerlo en la situación de un mercado de trabajo y un sistema productivo que tiene déficits estructurales que, lejos de corregirse, se han acentuado.

El País también ha publicado una serie de noticias sobre cuestiones vinculadas a la movilidad social y al peso del origen familiar en el nivel socioeconómico. Los indicadores de nuevo son concluyentes con el peso de ese origen familiar y social en las concidiones de vida. En definitiva, un escenario que tampoco es nuevo ya que las bases de las desigualdades cuentan con un importante origen familiar y social. La movilidad y el ascensor social ha sido una de las claves de las sociedades durante la segunda década del siglo XX y las clases medias se sustentaban en esa promesa, que se hacía en no pocas ocasiones a través del acceso a los estudios superiores y, de esa manera, a empleos cualificados. A pesar de que la primera década del siglo XXI, o gran parte de la misma hasta la crisis del 2008, cuenta con una imagen de crecimiento y de optimismo, la realidad detrás de la misma era otra ya que se estaban gestando y encubriendo las bases de ese futuro que vendría con el shock de 2008. De esta forma, la precarización del empleo que señalábamos anteriormente, junto con el impacto de la crisis, iba a suponer un golpe durísimo a una de las bases de legitimidad de las sociedades. Lo que nos muestran los datos de El País es el reflejo de todo ese proceso, así como se van a la década de los noventa para observar la transmisión de esas condiciones de vida. Lo que ocurre también es que una parte de las clases trabajadoras y medias aspiracionales no habían llegado a asentar las bases de su situación y con la crisis de 2008 las mismas se desmoronaron y fue, en muchos casos, la ayuda de las redes familiares la que evitó la caída en la exclusión social.

2020 nos ha traído una pandemia global con la Covid-19 y del impacto en la estructura social hemos venido hablando en este Blog. Las consecuencias económicas y sociales van a ser de gran calado y estamos hablando de un escenario en el que, de nuevo, el origen familiar y social va a desempeñar un papel clave. La pobreza y la exclusión social se irán ampliando por las partes más débiles de la sociedad y alcanzarán a otros que no pensaban verse en ese situación, o que habían superado la misma en la crisis de 2008. Es responsabilidad de los poderes públicos y de sus políticas afrontar este escenario y tomar decisiones que eviten que la desigualdad y la vulnerabilidad crezcan. Muy complicado, y más con los debates en la Unión Europea actual que pueden acabar limitando esas políticas. Un escenario cada vez más complejo, la verdad. 









Pobreza y exclusión social en España: bases y nuevos escenarios

Por EQUIPO AICTS / 11 de julio de 2020


Han pasado unos meses desde que el relator especial sobre pobreza y derechos humanos de Naciones Unidas. Philip Alston, visitase España. En aquellos tiempos, que parecen tan lejanos pero no lo son, fueron muy comentadas unas imágenes en las que Alston acudía a entornos muy marginales de nuestras grandes ciudades. Por un lado, se señalaba que reflejaban la situación de una parte del país y ciertas deficiencias de los sistemas de protección. Por otro lado, se criticaba que era una visión muy parcial y que se contribuía a no mostrar la realidad en toda su dimensión. El caso es que llego la pandemia de la Covid-19 y de Philip Alston no se acordó nadie. Hasta que, por lo menos en nuestro caso, Ethic recogió en un artículo de Raquel Nogueira el pasado 8 de julio los resultados de su estudio. Dicho artículo llevaba por título "Más de la mitad de los españoles no llega a fin de mes". El informe tiene fecha de 21 de abril y se puede consultar en la ONU. 

Las conclusiones del informe son conocidas. Nogueira destaca que el 26% de la población está en riesgo de exclusión, que el sistema asistencial no funciona, y que los poderes públicos han fallado en ese sentido. Estos indicadores y sus conclusiones aparecen regularmente en estudios de la Fundación Foessa, EAPN, Save the Children, Cruz Roja, etc., y también se pueden ver en no pocos casos en el Instituto Nacional de Estadística. Pero, está bien que retomemos este informe y que el trabajo de Alston no quede en saco roto. Las bases de la desigualdad y la exclusión social en España tienen un componente estructural muy importante, ya antes de la crisis sistémica de 2008 había casi un 20% de la población en exclusión social y la crisis aumentó la precariedad, la vulnerabilidad, el desempleo, etc. Fue un punto de inflexión tan grande que sus consecuencias se siguen notando hasta hoy. Las bases de la desigualdad se reafirmaban y el hecho de que España no hubiese avanzado tanto en protección social en las décadas de construcción del Estado de Bienestar y de crecimiento económico. Pero, como hemos señalado en otras ocasiones, los Servicios Sociales han sido la pata más débil de nuestro Estado de Bienestar. Estos grupos de exclusión social, concentrados en las grandes ciudades, con pocos visos de movilidad social, siguen estando presentes y fueron los primeros afectados por la crisis de 2008, luego vendrían las clases medias.

Marzo de 2020 supone un cambio de escenario total con las consecuencias de la pandemia Covid-19. Se diseña un sistema de protección social porque las consecuencias de la crisis serán tremendas, y las económicas están por ver. Cada mes que se avanza, las previsiones económicas van empeorando a pasos agigantados. Cuando escribimos estas líneas, julio de 2020, hay sectores en una situación complicada, como por ejemplo el turismo entre otros, que son los que cuentan con una buena parte de trabajadores y trabajadoras no cualificados. El impacto de Covid-19 en el riesgo de exclusión social puede ser muy significativo, a la par que se reducen las fuentes de ingresos de las Administraciones Públicas y aumentará la deuda y el déficit público. Los debates en la Unión Europea no auguran unas soluciones que no impliquen en parte repetir errores del pasado, aunque parece que se es más consciente de los riesgos para la cohesión social. Es un momento muy delicado, muy complejo, en el que las tendencias de los años recientes pueden recrudecerse o corregirse. Esperemos que vayamos en la segunda dirección pero nos faltan motivos para el optimismo.






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