Seguimos sin aprender: la inversión en I+D en España

Por EQUIPO AICTS / 18 de octubre de 2021

No es la primera vez, ni será la última, que tenemos que escribir en el blog de AICTS sobre la cuestión de la I+D en España. Es frecuente que aparezcan noticias que hacen referencia a las inversiones que se realizan en nuestro país en esa materia, y generalmente suelen ser para alertar de los déficits en la misma, especialmente en comparación con otros países del entorno y las medias europeas, etc. El último ha sido el pasado mes de septiembre cuando, un artículo de Javier G. Jorrín en El Confidencial contaba con el explícito título de "El drama de la inversión pública en España: la I+D se recortó un 19% en la última década". Los indicadores recogidos en el texto no dejaban lugar a dudas. Ese recorte del 19% en la inversión pública en I+D confirmaba a España como uno de los países europeos que más ha reducido sus presupuestos públicos en ese capítulo. España, según los datos recogidos de informes de Eurostat, invertía 144,2 euros por habitante en I+D de los partidas públicas de 2020, cuando en Europa llegaba a 225 euros por habitante, un 36% más. España se situaba lejos de países como Alemania (443), Países Bajos (341) o Francia (235). Y, si en la inversión pública el escenario daba para lo daba, en el caso de las empresas era todavía peor. La inversión de las mismas en I+D en 2019 representó un 0,7% del PIB. Con respecto a la Unión Europea, en esta categoría la inversión de las empresas europeas era un 109% superior a las españolas.

Como en tantas ocasiones, conviene partir de las bases de este escenario pero no detenernos en ellas porque, obviamente, ha pasado un tiempo que hemos podido utilizar en solucionar o mitigar ciertos déficits se que han tornado en estructurales. Recordamos cómo, en la segunda mitad de la década de los noventa, en España, que venía de construir un Estado de Bienestar y de acelerar para acercarse a los niveles de sus vecinos europeos en numerosas dimensiones, se comenzó a insistir en la I+D, luego se añadió la "i" de innovación, como un paso necesario que dar. Estábamos muy lejos de lo que se hacía en otros lugares y había que acelerar en ese sentido. Claro que, lógicamente, las bases de nuestra investigación y desarrollo se encontraban lastradas por décadas de atrasos y decisiones que no ayudaban, al contrario. Sin embargo, España iba a tener una buena oportunidad con unos años de crecimiento económico. Basados en lo que se basaron, la burbuja inmobiliaria y demás, pero años de crecimiento económico a fin y al cabo. No se consiguió cambiar mucho en ese sentido, a pesar de las proclamas y las buenas intenciones. Se demandaba y se reclamaba un mayor esfuerzo en I+D con el viento a favor. En el caso de las empresas, y habría que valorar la cuestión de los condicionantes de las mismas y sus visiones, la situación no era mejor, como hemos visto.

Luego, lo ya sabido, crisis de 2008 y pandemia de la covid-19 de 2020. Dos crisis que suponen rupturas, con soluciones diferentes, pero rupturas. Si en la de 2008, los recortes y ajustes presupuestarios de los años siguientes se llevaron por delante partidas presupuestarias del gasto público en pilares básicos del Estado de Bienestar, también lo hicieron en la I+D. La situación de las empresas quedó también muy complicada con lo que, la inversión en I+D no iba a ser la prioridad. De todas formas, en aquellos años también se insistía en que, de cara a afrontar la crisis y sus consecuencias, había que apostar más en esa dirección. La pandemia de la covid-19 mostró cómo, en un contexto diferente, la menor apuesta en ese sentido tenía también sus efectos negativos. Se puso en valor la necesidad de incidir en la investigación y el desarrollo. A fin de cuentas, sería la misma la que tendría un rol determinante para salir de la crisis. De nuevo, volvemos a escuchar las voces que reclaman esas inversiones como una apuesta de Estado.

En definitiva, a fuerza de ser reiterativos, de insistir en lo mismo, hay que profundizar en las inversiones en I+D porque es determinante como país y como sociedad. De acuerdo, igual no podemos llegar a los niveles de Alemania, por ejemplo, y es que tampoco se pretende porque las estructuras son diferentes, pero se podrán dar pasos y avances claves para que el sistema de la I+D en España, público y privado, gane músculo y se encuentre en otra tesitura. Si no lo hacemos, la precariedad del mismo irá en aumento, se seguirá sin poner en valor y acumularemos más déficits en ese sentido. Una vez más. 





Las becas universitarias y la opción de estudiar 

Por EQUIPO AICTS / 11 de octubre de 2021

Hace muchos años, décadas, integrantes de este equipo éramos estudiantes universitarios. Buena parte del equipo de AICTS tuvo la oportunidad de acceder a los estudios superiores gracias a las becas. Estas eran fundamentales para poder llegar a ese nivel, especialmente si hacías una carrera que estaba fuera de tu ciudad. Aunque es cierto que el sistema de universidades públicas que se ha generado en España ha permitido que la movilidad para estudiar no sea la que se daba hace unas décadas, cuando la oferta mayoritariamente se concentraba en Madrid y Barcelona y otras pocas ciudades, no es menos cierto que, obviamente, que haya algunas carreras que se estudian en unos pocos lugares o que la formación elegida no esté en tu localidad. En este caso, contar con una beca era fundamental, como hemos señalado.

No es la primera vez que en el blog de AICTS hacemos referencia a los sistemas de becas que tienen las Administraciones Públicas y su importancia para garantizar la equidad y la igualdad de oportunidades. Son fundamentales ya que pueden suponer la diferencia entre que una persona estudie o no una carrera superior por motivos económicos. Ciertamente, habrá personas que señalen que hay personas y colectivos que ni siquiera llegan a la Universidad, al Bachillerato incluso o que se ven lastrados por sus orígenes socioeconómicos. Sin embargo, no es menos cierto que el sistema educativo ha evolucionado de forma positiva en ese sentido, especialmente destacable ese periodo de construcción de un Estado de Bienestar en España cuando muchas personas se convirtieron en las primeras de sus familias en ir a la Universidad. La equidad y la igualdad de oportunidades tiene margen de mejora, y es un hecho que los debates sobre la ruptura del ascensor social, del valor o no de la meritocracia y del peso de esos orígenes ya señalados están más de actualidad que nunca. 

Hace unos días, el diario El País señalaba que el retraso en el pago de las becas hacía que no pocos estudiantes tuviesen que recurrir a adelantos a través de entidades privadas. Se calificaba la situación de "crónica" y se establecían algunas de las opciones que tenían estos estudiantes para conseguir ese adelanto, indicándose también las comisiones que tenían que aportar en diferentes bancos o las condiciones. Nos encontramos con un sistema de beca que, en primer lugar, tarda en resolver las solicitudes, cuando ya se lleva una parte del curso y se han producido gastos que van desde desplazamientos a los alojamientos. En segundo lugar, una vez resuelto, y como indica el artículo y conocemos por investigaciones realizadas y por el contacto con estudiantes, estas becas llegan más avanzado el curso por lo que se tiene que seguir adelantando ese dinero. Es decir, se es consciente de las dificultades de articular ese sistema, de que ciertos retrasos en la valoración y concesión son inevitables por la cantidad de solicitudes, pero no es menos cierto que tendría que agilizarse ese proceso para que los estudiantes puedan contar con su beca lo antes posible.

En definitiva, soluciones que son necesarias para un escenario de mejora de la igualdad de oportunidades y la equidad. Puede que, para muchas personas y familias, ese retraso no suponga un importante contratiempo pero, para muchas otras, lo es y muy importante. Estudiantes y familias que están en situaciones de mayor vulnerabilidad, que realizan importantes sacrificios para que ir a la Universidad. A pesar de ese escenario que se ha construido de la movilidad social, del cuestionamiento de la meritocracia, de la pérdida de peso del título universitario a la hora de acceder al mercado de trabajo, la realidad sigue siendo que, a mayor nivel de estudios, mejores empleos se logran. 



En peores condiciones y los puntos de partida

Por EQUIPO AICTS / 4 de octubre de 2021

En nuestro artículo de hace una semana, nos hacíamos eco del malestar que se generaba en las sociedades ante el crecimiento de la desigualdad y de la precarización de las condiciones materiales, muy vinculadas a la situación del mercado de trabajo. Ciertamente, y este es un hecho que se viene dando desde la crisis de 2008, en no pocas ocasiones se ha centrado la visión en las clases medias y en su depauperización. No cabe duda que el concepto de clase media siempre ha sido complejo y que categorizar y autocategorizarse como clase media no solo está marcado por el nivel socioeconómico sino por una serie de indicadores de estatus. Además, ese valor aspiracional relacionado con la movilidad social ha sido una seña de identidad de ese modelo. Todo ello con sus limitaciones y paradojas, con sus "consecuencias no queridas de la acción", y con muchos "peros" que podemos poner.

Sin embargo, en no pocas ocasiones se deja de lado aquellas personas, familias y grupos sociales para los que, se clase media, es una quimera. En el caso de España, las debilidades estructurales del Estado de Bienestar supuso que una parte de la población no saliese de una precariedad que implicaba vivir al día. Esos colectivos vulnerables eran los primeros en sufrir los golpes de las crisis, los primeros que perdían sus empleos y que tenían más dificultades para acceder al mercado de trabajo. Grupos con menores niveles de cualificación que, en no pocas ocasiones, acceden a trabajos en la economía informal o a subempleos.

La crisis de la covid-19 no ha sido una excepción y, a pesar de las medidas de protección como el denominado "escudo social", no son pocas las familias que se han visto abocadas a un escenario de mayor precariedad. De nuevo, las denominadas "colas del hambre" son una realidad en nuestras calles. Es un escenario que, como indica un artículo reciente de El Confidencial, se centra en las personas y colectivos en situación de pobreza severa, con España a la cabeza de Europa en esos indicadores. Son grupos sociales a los que las recuperaciones no llegan, que tienen unas condiciones de partida tan deficitarias que no están en posiciones de beneficiarse de las transferencias sociales. Como señalaba dicho artículo, las medidas tomadas han podido evitar la expansión de la pobreza pero no así la precarización de los grupos más vulnerables. Y, de nuevo, cabe recordar que el contar con un empleo ya no es garantía para salir de la pobreza, la exclusión social o el riesgo de caer en la misma por la evolución y las condiciones del mercado de trabajo. 

Mientras tanto, tampoco faltan las noticias que muestran cómo se complejizan los pasos para acceder a determinadas ayudas como el Ingreso Mínimo Vital. El mismo El Confidencial retrataba con toda la crudeza en un artículo la odisea de diferentes usuarias para acceder al mismo. Situaciones que, lamentablemente, no son una excepción y que muestran determinadas trabas burocráticas y escenarios que repercuten en esas negativas condiciones de partida. Y, volvemos a lo mismo, una sociedad en la que los orígenes socioeconómicos pesan cada vez más, en la que cada vez más personas están en riesgo de llevar un camino descendente, muchas veces evitado o mitigado por el apoyo familiar. Unas familias que sufrieron, en ese sentido, un enorme desgaste con la crisis de 2008. Es cierto que la parte más débil del Estado de Bienestar español siempre han sido los Servicios Sociales, pero también conviene recordar que estamos ante nuevos retos y desafíos. Hubo colectivos que se quedaron atrás en el pasado, y la situación se reproduce. 




El malestar

Por EQUIPO AICTS / 27 de septiembre de 2021

Llevamos asistiendo hace mucho tiempo, décadas casi, a un mundo que nos lanza mensajes contradictorios, a un escenario en el que se transmite que todo va bien y que irá mejor, pero vemos que la realidad no es así, o al menos, que no es poco, para la mayor parte de la población. Es cierto que nuestro tiempo es uno de los más privilegiados en la Historia, que la evolución que hemos llevado desde poco más de un siglo no tiene parangón. Pero, también es cierto que esos avances que habíamos vivido en buena parte de ese periodo o bien se han parado o bien se está produciendo una regresión. Sí, totalmente de acuerdo, nuestros niveles de bienestar son muy altos en comparación con hace cuatro o cinco décadas, por no hablar de todos los avances tecnológicos, y qué decir de todas las conquistas sociales, políticas, económicas y culturales, fundamentalmente en nuestro mundo occidental y desarrollado. Pero, como decíamos, las tendencias de las tres últimas décadas nos muestran un proceso que dibuja o maquilla esa realidad de un optimismo desaforado.

Recordemos que las transformaciones de nuestro sistema, a partir de la Globalización de marcado carácter neoliberal, han generado varias crisis, destacando la de 2008, y se está produciendo un aumento de la desigualdad. Esa desigualdad se ha extendido a la estructura social a través de una precarización de las condiciones de trabajo y de una ruptura de la movilidad social. Junto a ello, el deterioro del Estado de Bienestar y de las políticas públicas, las cuales son básicas para la redistridución, la cohesión social y la equidad y la igualdad de oportunidades. Mientras tanto, también se generaba un sistema de valores que preconizaba el individualismo y el consumismo. Así llegamos a la actualidad, cuando el debate se complejiza y se relaciona con el papel de las elecciones individuales, la capacidad de cada persona para llevar a cabo esas elecciones y el crecimiento del peso del origen socioeconómico sobre las mismas, que nunca dejó de estar presente. Hay que sumar, obviamente, el impacto de la crisis de la covid-19, hecho que está ahí a pesar de que ahora el optimismo por los fondos de reconstrucción sea dominante. Veremos.

Por supuesto, y lo hemos recalcado en numerosas ocasiones en este blog, a todo el mundo no le afecta esta situación por igual, al contrario. La desigualdad reproduce la desigualdad y el "efecto Mateo" es una realidad. Pero, la gran diferencia, que se acelera desde 2008, es que ya hay cada vez menos personas y grupos sociales a salvo de estos cambios y crisis. El debate ha alcanzado tal intensidad que se juega también en el campo de los valores y de las ideologías, como no podía ser de otra forma. Nada ilustra tanto ese proceso como la polémica de Feria de Ana Iris Simón, su novela de corte autobiográfico de 2020. Simón ha ilustrado el escenario de precariedad de una juventud que mira hacia el pasado y encuentra que la generación de sus padres tenía unas condiciones materiales más estables. De esta forma, desde un lado se ha criticado esas visiones y posiciones como nostálgicas y reaccionarias y, desde otro, de atentar contra la lógica de la libertad individual y de haberse liberado de diferentes cadenas (trabajo, familia, etc.). Por el contrario, no han faltado las voces que han puesto en valor la crítica de Simón, entre otros muchos, como la necesidad de responder a las cuestiones materiales. El dilema es muy antiguo pero no está de más recordar también la teoría de los Derechos Sociales y de la ciudadanía de Marshall, preconizando el valor de tener cubiertas las necesidades materiales para poder disfrutar de los Derechos Civiles y Políticos en igualdad de condiciones.

Esta reflexión retoma el inicio de este artículo, cuando se hacía referencia a esa disonancia entre lo que transmiten diferentes agencias y algunos indicadores, fundamentalmente macroeconómicos, y la realidad de las familias y personas, o de muchas de ellas. Inestabilidad, inseguridad y un futuro más complejo sin asideros a los que agarrarse, tanto materiales como de valores. El País publicaba hace unos días un interesante artículo sobre la cuestión, señalando cómo se producían aumentos de protestas y movilizaciones en un contexto de optimismo y recuperación. Y es que ese escenario está ahí, no es una exageración. Los modelos de sociedad basados en políticas públicas bajo los principios del Estado de Bienestar, de la cohesión social y de la corresponsabilidad han demostrado su valor en generar sistemas más justos, con sus debilidades, problemas y paradojas, que tampoco faltan. Pero, caer en manos de un sistema que apuesta por otros parámetros, aunque te lo disfracen de lo contrario, supone un nuevo escenario en el que, salvo que se produzcan cambios estructurales, la desigualdad y la inestabilidad serán la norma. Veremos si estamos a tiempo de evitarlo. 




El reto de la conciliación

Por EQUIPO AICTS / 20 de septiembre de 2021

Cabe volver a señalar, a fuerza de ser reiterativos, cómo la covid-19 y sus efectos nos han trastocado en general. Pero, también cómo todo se analiza desde la perspectiva de la covid-19. Es lógico. Incorporamos esa variable para ver el impacto de la pandemia y lo estamos aplicando a todo. De la educación a la desigualdad, pasando por todos los aspectos posibles. Hemos indicado en no pocas ocasiones que, la pandemia, podía suponer un cambio de tendencias o generar una aceleración de procesos que estaban en marcha. Nuestra opinión es que se produce el segundo escenario, no de forma lineal ni homogénea, por supuesto, pero lo estamos viendo en general. Seguramente lo más evidente tenga que ver con la cuestión de las tecnologías o parte de las condiciones laborales. En el otro lado, se cae en deseabilidades y solucionismos que, en la mayor parte de las ocasiones, no responden a los hechos. Este es el marco en el que nos encontramos.

Dentro de todas las cuestiones a las que la pandemia está afectando, la conciliación de la vida familiar y laboral es sin duda uno de los más importantes en tanto en cuanto se han producido cambios que han impactado en nuestros horarios y vidas cotidianas. Esto fue todavía más duro en los momentos de confinamientos o de restricciones de la movilidad. La conciliación de la vida familiar y laboral es un derecho y es un ámbito en el que los avances deben ser mucho mayores. A lo largo de las últimas décadas se han conseguido logros marcados por las demandas de colectivos e individuos, el cambio de roles sexuales, la transformación de las estructuras de nuestras sociedades, etc. La conciliación se observaba inicialmente del lado de mujer, consecuencia de esos roles sexuales que marcaban que el ámbito doméstico era su función. Su incorporación al mercado de trabajo y el avance en la igualdad y la coeducación fueron transformando esa visión aunque perviven aspectos que inciden en ese hecho, comenzando por unas estadísticas que muestran cómo la mujer sigue siendo la que se hace más cargo de las tareas domésticas. A pesar de esas situaciones, como decíamos, avances se han producido pero todavía lejos de lo deseable. Además, se han conseguido en mayor medida en el sector público que en el privado. Además, tampoco ayudan los horarios y las estructuras de nuestras jornadas laborales y una cierta cultura laboral en la que, en no pocas ocasiones, parece que estar "amarrado" al puesto de trabajo es casi una obligación. 

La pandemia ha supuesto nuevas dudas en relación a la conciliación, y una de las principales tiene que ver con el teletrabajo. De hecho, la conciliación sería una muestra de cómo la covid-19 y sus consecuencias no han servido para solucionar una situación sino para intensificar el escenario que se estaba dando. Es decir, lejos de las bondades tan transmitidas y de nuevo amplificadas desde medios de comunicación y otros agentes, la realidad es mucho más complicada. El teletrabajo, como refleja el artículo adjunto en este post, ha supuesto más dudas que certezas. Al final, el peso sigue recayendo en los mismos hombros y más todavía. Ocurre no solo en el caso de la mujer sino en el de cualquier trabajador. Pero, si existe ese desequilibrio entre las horas dedicadas a las tareas domésticas en función del sexo, el teletrabajo será no una oportunidad sino todo lo contrario. El teletrabajo genera muchas dudas debido a esa ruptura de las barreras entre el ámbito doméstico y el laboral, entre lo privado y lo público, generándose en no pocas ocasiones una disponibilidad casi 24x7 junto con otras dudas vinculadas a los costes del teletrabajo, sin olvidar el impacto en las sociabilidades. Y, la conciliación, como hemos señalado, se ve afectada. Hablamos de empleos que pueden contar con teletrabajo porque hay otros muchos que no tienen esa opción.

Hablamos de la conciliación, y hay que insistir en que, potencialmente, es una de las llaves para afrontar un reto demográfico que cada vez nos lleva a demografías más regresivas con escenarios cada vez más complejos. Si partimos de la base de que son las condiciones materiales las que, en nuestras sociedades, son determinantes en la toma decisiones sobre la natalidad, y estas se han ido retrasando debido a la situación del mercado de trabajo, la conciliación debe jugar un papel central. Si una pareja tiene dos empleos, necesarios para afrontar unos costes de la vida que aumentan (en el caso de España, es la vivienda la que se lleva la mayor parte), si la presión para mantenerlos es cada vez mayor, con una competencia más amplia, y si hay que "pasar" más horas en la oficina o en el puesto de trabajo... calculen. Y, como en el párrafo anterior, hablamos de un determinado tipo de empleos y trabajadores. No afecta a todo el mundo. Hay trabajos, muchos no cualificados, en los que por los horarios y otros factores, la conciliación se hace mucho más difícil. Y, en no pocas ocasiones, nos olvidamos de ellos. Aquí habría que hacer también un mayor esfuerzo para conseguir que ese derecho se cumpla. Como hemos señalado, es un todo interrelacionado. 




Un nuevo curso escolar

Por EQUIPO AICTS / 13 de septiembre de 2021

La llegada de septiembre alumbra el inicio de un nuevo curso escolar, del retorno a las rutinas y a las semanas y meses marcados por el calendario escolar. Claro que, estos años es diferente por la pandemia covid-19, tercer curso afectado por la misma y segundo que comienza bajo sus directrices. Si el 2019/20 culminó en su tercio final con un cierre de los centros educativos, con todas las clases de forma telemática; si el 2020/21 supuso un reto enorme porque había muchísimas dudas, que se solventaron de forma sobresaliente en el caso español; el curso 2021/22 estará marcado por las restricciones y prudencias relativas a la pandemia, por la vacunación de la población de más de 12 años, pero también por las dudas que surgen, lógicas, debido a las nuevas variantes del virus, especialmente la Delta. Sin embargo, no cabe duda que tenemos que mirar el curso que empieza con  la lógica y ya señalada prudencia pero con un escenario más optimista. Esto lleva a que, en los próximos meses, esperemos que podamos centrarnos más en educación y en los retos y desafíos del sistema educativo, y que la pandemia vaya quedando atrás, aunque no estaría de más que algunas medidas que llegaron por la misma, como el aumento de docentes, se mantengan, hecho que no va a ocurrir en todos los casos.

Los que seguirán encima de la mesa serán los debates en relación a la educación y al sistema escolar, todas las necesidades no cubiertas y todo lo relacionado con la igualdad de oportunidades y la equidad, pero también todos los ruidos que se generan alrededor. La pandemia de la covid-19 puso encima de la mesa algunos escenarios que no se tenían en cuenta, en relación a ciertas desventajas de una parte del alumnado, pero también son situaciones que ya estaban ahí. Por otra parte, se insiste en muchas ocasiones en ver todos los lados negativos de un sistema educativo que tiene numerosas virtudes y que hace un enorme esfuerzo. Evidentemente, queda margen de mejora, especialmente en esa igualdad de oportunidades y en el peso del origen socioeconómico en el rendimiento escolar, en la situación del abandono y el fracaso escolar, en la atención y el tratamiento de la diversidad cultural, etc. Siempre al comienzo del curso aparecen algunos indicadores sobre los costes y los gastos de la escuela, este año la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) ha cifrado una media de 1.890 euros por hijo, incluyendo tanto los costes directos como los indirectos, así como las actividades extraescolares. Obviamente, hay que tener en cuenta que son medias, que hay una enorme variabilidad y que en no pocas ocasiones son los costes indirectos los que van a tener una gran influencia en ese rendimiento escolar. 

Mientras tanto, seguirán los debates seculares en la educación española. Habrá que ver cómo se va implementando la LOMLOE. También todo lo relacionado con la titularidad de las colegios. Y cobra mayor fuerza y relevancia el debate sobre las metodologías de aprendizaje, las competencias y todo lo relacionado con la pedagogía y las didácticas. En el mundo de la universidad, se anuncia la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU), otro desafío importante en nuestro país, cambios necesarios en una institución que tiene enormes retos, debilidades, pero que también recibe en no pocas ocasiones numerosos golpes, olvidándose o minusvalorándose las funciones que cumple. De la universidad habrá tiempo para escribir más adelante en este blog. Por lo tanto, bienvenidos al curso 2021/22, del que sin duda daremos cuenta e iremos analizando las cuestiones que vayan surgiendo. También, desde AICTS, seguimos trabajando en diferentes proyectos, tanto nacionales como internacionales, relacionados con la educación, el Estado de Bienestar, la igualdad de oportunidades y la equidad. 





Brechas digitales estructurales

Por EQUIPO AICTS / 6 de septiembre de 2021

Una de la cuestiones que hemos comentado en el último año y medio es la relacionada con las brechas digitales y las desigualdades que se generan, que se interrelacionan con el resto. Recordemos, en marzo de 2020, cuando se cerraron los centros educativos, se señalaba la situación como una oportunidad para que el sistema educativo mostrase su capacidad en relación a las TIC e Internet. Y el sistema educativo mostró su capacidad pero lo tuvo que hacer en otra dirección, en el esfuerzo que se llevó a cabo y en el esfuerzo de toda la comunidad educativa para sacar adelante unos meses complicadísimos. Por el camino, además, una brecha digital que afectaba especialmente a los colectivos más vulnerables pero que iba más allá. No solamente en el hecho de no contar con dispositivos sino también en qué se sabía hacer con las TIC. Y, de la misma forma, fueron meses en los que no pocos estudiantes precisaban de un apoyo de sus familias para acceder a las clases virtuales y a las plataformas. No es el único ámbito en el que estas brechas se dan, al contrario, están presentes en todos los lugares y pueden ser determinantes para el acceso a determinados recursos, servicios e incluso al mercado de trabajo.

Como decíamos, es una advertencia que venía de antes de la pandemia, un mundo cada vez más digitalizado, con sus pros y con sus contras. Un mundo en el que se construyen determinadas dicotomías, por ejemplo con la consideración de los "nativos digitales" a las generaciones que ya han nacido con las TIC, y el señalamiento de la falta de adaptación de otros colectivos. Es un hecho que esas tecnologías cada vez son más omnipresentes en nuestro mundo, y tienen aspectos muy positivos, pero pensemos también en otras aristas que son claves. Por ejemplo, la transformación de la banca que ha dado lugar a la desaparición de entidades bancarias y a que no pocos servicios se hagan a través del cajero automático, o de la banca digital, fundamentalmente. Claro que para muchas personas utilizar la banca digital es coser y cantar pero para todas no. No son pocas las noticias que surgen de personas mayores que hacen colas en oficinas bancarias que atienden a sus clientes en unas horas muy determinadas y concretas. O el acceso a determinados servicios públicos que ya se realizan de forma telemática, con las mismas consecuencias para no pocas personas. En definitiva, un escenario de brechas digitales que se agranda.

El sistema educativo es uno de los lugares más importantes para observar estas brechas. Se viene incidiendo en ello desde marzo de 2020 por la situación ya señalada de la pandemia de la covid-19. Recientemente se ha publicado el estudio Mapeo de centros de difícil desempeño y análisis de competencias digitales de las familias en situación de vulnerabilidad, a cargo de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) y la Fundación BBVA muestra una serie de indicadores y datos que inciden en esa desigualdad en el acceso a las TIC en el caso de las familias, lo cual tiene su impacto en el rendimiento escolar de los estudiantes. Centrándose en los denominados "centros gueto" y a través de entrevistas con docentes, se constantaron las dificultades de buena parte de las familias y su desconocimiento en competencias digitales. De esta forma, se amplían las desigualdades existentes con base en otras variables socioeconómicas. Además, estamos en un mundo educativo en el que no poca información circula a través de plataformas, incluida parte de la comunicación entre docentes y familias, seguimiento de las tareas escolares, etc. Estos procesos los hemos podido observar en determinados estudios e investigaciones que han llevado a cabo parte de los integrantes de AICTS en proyectos nacionales sobre la participación de la familia en la escuela. En definitiva, unas brechas digitales que se dan en no pocos ámbitos y escenarios, siendo el educativo uno de los más relevantes por las consecuencias presentes y futuras que tiene para las personas y familias que las sufren. 







El cambio climático y la falta de tiempo

Por EQUIPO AICTS / 30 de agosto de 2021

Marzo de 2020. La llegada de la pandemia covid-19 supone un punto de inflexión que despierta determinados argumentos, los cuales no han funcionado. Uno de los primeros es que "saldríamos mejores" de una situación que tendría que dar lugar a un cambio, se deseaba que se produjese. No, ya desde el minuto uno estaba claro que no saldríamos mejores sino que sería más bien al contrario. Eso no quiere decir que, duranta el periodo que llevamos de pandemia, no hayamos visto numerosos actos de solidaridad y de responsabilidad. Desde lo individual a lo colectivo. La respuesta del sistema sanitario y el papel de numerosos colectivos y trabajadores es un ejemplo. Entre otros. Pero, sistémicamente, no saldremos mejores. Ya hemos comentado en otros artículos del blog que se recrudecerán las tendencias existentes.

Otro punto que se puso en el debate público fue el parón que había supuesto la pandemia para el planeta. Se detuvieron numerosas actividades contaminantes que dieron lugar a ciudades con menor polución, aguas más cristalinas en ríos, etc. El cambio climático, hasta la covid-19 el gran reto de nuestro tiempo, quedó también en suspenso porque estábamos a otro desafío. Pero, las consecuencias del mismo se recrudecían a través de fenómenos extremos, recordemos "Filomena" en enero de 2021, o los grandes incendios que están asolando partes de Grecia, Turquía, España y California, sin olvidar lo ocurrido en Alemania con las inundaciones. Ha llegado en agosto el informe del grupo de expertos del IPCC, The Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) de la ONU, para que hayan saltado todas las alarmas de forma definitiva, si no lo estaban ya. Coincidiendo precisamente con los grandes incendios señalados y con una ola de calor en la parte central de agosto en Europa, los indicadores ya no dejan lugar a dudas, para los que las sigan teniendo, con un aumento de las temperaturas que va acelerándose y con un impacto del que no se librará ninguna parte del mundo. De esta forma, se han realizado llamamientos para reducir las emisiones de carbono y para frenar esta deriva de consecuencias catastróficas. De hecho, los escenarios que se presentan no dejan lugar a dudas con aumento de las temperaturas, del nivel del mar, etc. 

Mientras tanto, se van buscando soluciones pero, por lo que se observa, estas parecen casi imposibles de alcanzar. La cuestión no es revertir sino mitigar, y especialmente adaptación, y algunos artículos apuntan hacia cuáles tienen que ser las medidas. También hay visiones que señalan que, si hemos sido capaces de llegar al espacio, también podremos afrontar este hecho, por ejemplo se apunta en el interesante y controvertido La sociedad decadadente. Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito (Ariel) de Ross Douthat. No se sabe si es un "quiero o no puedo" o directamente un "no quiero" o si se ha tomado una decisión de "hasta lo que se llegue". Mientras tanto, se apela a la sostenibilidad, a las energías verdes, al "Green New Deal"... pero... tampoco parece que por ese camino haya motivos para el optimismo. El hecho es que los indicadores del IPCC son suficientemente alarmantes como para pensar en ese "punto de no retorno".

Además, y como hemos señalado en otras entradas del blog, no es menos cierto que el impacto del cambio climático esté siendo, y vaya a serlo, igual para todo el mundo. No, para nada. La desigualdad será otra variable clave. Ya lo es. Las consecuencias del mismo se dejan sentir en mayor medida en poblaciones vulnerables, en países situados en lugares con más riesgo de desastres naturales. Este hecho se viene intensificando desde hace mucho tiempo, hay desplazados climáticos que son una realidad. E irá a más. Incluso en las sociedades más desarrolladas. Si el aumento de las temperaturas y la intensidad de los fenómenos extremos ya están aquí, las consecuencias serán más negativas para los colectivos más vulnerables, y para los que alcancen esa situación. No todo el mundo estará en las mismas condiciones de afrontar estas situaciones, de afrontar esos grados de más o de soportar las olas de frío. No todo el mundo tiene sistemas de aire acondicionado ni de calefacción. En definitiva, las consecuencias más duras y negativas se están ya cebando con colectivos más vulnerables, y se intensificará, como han venido mostrando diferentes estudios. Como han señalado los expertos del IPCC, es un proceso que va a afectar a todo el mundo, lo está haciendo, pero no de la misma manera. Finalmente, recientemente Unicef ha publicado un estudio de cómo los niños y niñas están siendo afectados por el cambio climático y el dato es revelador: un 45% de los mismos están gravemente expuestos a sus consecuencias







Redes de seguridad y los caminos de salida

Por EQUIPO AICTS / 23 de agosto de 2021

Llevamos muchos años estudiando, leyendo y analizando la deriva de nuestro sistema económico, con la imprescindibles consecuencias sobre el resto de ámbitos. Obviamente, hablamos de escenarios que se interrelacionan. Uno de los errores, o una de las derivas de nuestro tiempo, es que nos hagan ver como que una cuestión no tiene que ver con las otras. La situación actual nos ofrece un escenario extraño en el que, por una parte, parece que podemos ser más conscientes de las debilidades de nuestro sistema pero, por otro, vamos agarrándonos a una especie de clavo ardiendo. Esas debilidades ya se venían concretando con el proceso de la deriva neoliberal y de la Globalización, una aceleración de las tendencias preexistentes que han dado lugar a una situación que parecía estallar por los aires con la crisis de 2008. Nada más lejos de la realidad, aquella crisis, como hemos venido insistiendo en otras ocasiones, supuso un recrudecimiento de esas tendencias. Fue un momento tremendo en el que, las soluciones, lejos de corregir esas tedencias y mejorar la vida de los ciudadanos, fueron por el lado contrario. Aumento de la desigualdad, precarización del mercado de trabajo y de las condiciones de empleo, menos oportunidades y expectativas para los jóvenes, el deterioro de la educación como mecanismo de la movilidad social y, entre otros aspectos, el Estado de Bienestar y sus políticas, cada vez más tocadas. Sin embargo, la ficción de que todo iba a ir bien se iba consolidando de nuevo en los años siguientes a la crisis, con un escenario en el que parecía que la recuperaciónb iba a ser posible. Pero, como hemos señalado, era una ficción en la que las desigualdades se acrecentaban. Sí, crecía el empleo, pero no en unas condiciones favorables. Sí, había un aumento del consumo, pero no parecía que se mejorasen las bases que lo sostenían. Y, en el caso de España, lejos de avanzar en los cambios necesarios en su modelo productivo, se intensificaban la debilidades del mismo. Más de lo mismo.

Con este panorama llegó la crisis de la covid-19. Como ya hemos escrito sobre el tema, no incidiremos en las consecuencias. Es cierto que la respuesta a la misma ha tenido una naturaleza diferente a la crisis de 2008, no quedaba otra. Pero, tampoco es menos cierto que hay motivos para ser menos optimistas en tanto en cuanto se produjeron debates sobre cómo afrontar la situación y, en definitiva, no son pocas la voces que indican que esta situación es un paréntesis para regresar a políticas de austeridad, como las de 2008. En relación a las respuestas dadas a esta crisis, no está de más recordar el artículo de Laura Ponce de León en EHQUIDAD. En estos momentos, y regresando a España, todo parece fiarse a las fondos de reconstrucción y a su impacto en la economía, la sociedad y la política. Esos fondos de reconstrucción procedentes de la Unión Europea se presentan como esa oportunidad que dará lugar a una recuperación y, especialmente, a una transformación del modelo económico. Será un punto de inflexión basado en la digitalización y la sostenibilidad, como las dos piedras angulares de todo el proyecto. Sin embargo, hay más dudas que certezas. Primero, por la naturaleza de los propios fondos, se pedirán resultados, obviamente. Segundo, porque no queda claro que esa digitalización y esa sostenibilidad, que se presentan en modo solucionista, vayan a llegar a la mayoría de la población. Puede que, en el corto plazo, sí, que se de una mejora de la economía, del empleo, etc., pero a medio y largo plazo... el escenario no es tan claro. Parece que, de nuevo, las tendencias anteriores se reforzarán. Y todo ello en un contexto más complejo, con la deuda y el déficit disparados, y reclamados, y con una políticas públicas de nuevo en la encrucijada.

De esta forma, estamos en esa disonancia de la que no salimos. Esa situación que señalábamos al comienzo, un diagnóstico claro y unas soluciones que van por el camino de acentuar el propio diagnóstico. Desde diferentes ámbitos, algunos tan reconocidos como la economista Mariana Mazzucato, si insiste en la necesidad de recuperar el papel del Estado y la planificación, asumiendo el liderazgo del mismo en el control de la Economía. Esto no es nada nuevo pero, como insiste la propia Mazzucato, la crisis de la covid-19 nos mostró la debilidad inherente a la falta de esos mecanismos. Por otra parte, hay procesos en los que son las clases medias y trabajadoras las que son perjudicadas como en toda la cuestión relativa a la forma de encarar los impuestos. Estos, necesarios para un sistema corresponsable y basado en la cohesión social, obedecen en no pocas ocasiones a los escenarios generados por la deriva económica y a una forma de tapar los agujeros generados por la misma. Es el argumento que exgrimía en un artículo reciente el periodista de El Confidencial, Esteban Hernández. 

En su conjunto, y en el debate, se trasluce de nuevo el modelo de sociedad que queremos construir. Un modelo que se base en esa cohesión social que, en parte, fue construida gracias a las políticas del Estado de Bienestar, con sus pros y sus contras, o un modelo caracterizado una una desigualdad cada vez mucho más estructural. No, no somos ingenuos, la desigualdad está ahí, pero en las últimas décadas se van soltando redes de seguridad de los ciudadanos. Las mismas, en parte, se basaban en esas políticas públicas y en los Derechos Sociales. Ahora mismo, aunque a corto plazo parezca que, con los fondos de reconstrucción, nos transmitan que tendremos el futuro solucionado, la realidad apunta en otras direcciones. 







Jóvenes y salud mental

Por EQUIPO AICTS / 16 de agosto de 2021

En las últimas semanas han sido publicadas algunas noticias sobre la salud mental de nuestros jóvenes. Son estudios e informes preocupantes que muestran cómo se han incrementado los intentos de suicidio, las situaciones de ansiedad, las depresiones, etc. De hecho, el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte entre los jóvenes españoles de 15 a 29 años con 309 casos en 2019. Este escenario es muy preocupante pero las tendencias se vienen observando desde hace tiempo, con una serie de factores relacionados con la sociedad que estamos construyendo. Es cierto que la salud mental, en su conjunto, y la de los jóvenes en particular, ha ido ganando importancia con respecto a unas pocas décadas atrás. Los que tenemos una edad, recordamos cuando en nuestros institutos comenzó a aparecer la figura del psicólogo. También recordamos el tabú que suponía el reconocer que se tenían depresiones, ansiedad, etc., y tener que ir a buscar la ayuda de especialistas. Afortunadamente, ese escenario ha cambiado. 

Sin embargo, no es menos cierto que nos enfrentamos ante una situación en la que las presiones son muy amplias y pueden generar estos escenarios que están afectando a la salud mental. No son únicamente los jóvenes, obviamente, pero no es menos cierto que estos estudios vienen a alertar de cómo están avanzando estos problemas en este colectivo. Además, la pandemia de la covid-19 ha intensificado en mayor medida estos escenarios debido a todo lo que está ocurriendo en este casi año y medio. De las pérdidas familiares y personales a las incertidumbres que genera la pandemia, todo ello genera más disficultades.

Habrá personas que digan que, en relación con los jóvenes, estamos exagerando. En parte, son visiones vinculadas con ese pasado que decíamos anteriormente, cuando se minusvaloraban los problemas vinculados a la salud mental. Habrá personas que digan que, los jóvenes de hoy, son unos afortunados en comparación con los de otras generaciones. Que son generaciones que, en general porque hay de todo, obviamente, viven muy bien, son afortunados, etc. Pero, todo esto es relativo y, además, los escenarios de riesgo y de vulnerabilidades en ocasiones están muy claros y presentes, pero en no pocas son más sutiles y pueden permanecer encubiertos.

Nos encontramos con generaciones que, en primer lugar, están sometida a una enorme presión. Esto puede parecer de nuevo inexacto, pero está ahí. Hablamos en términos generales porque, lógicamente, depende de muchos factores. Pero, en general, nuestro mundo está enfocado a un concepto del "triunfo" reflejado en unas expectativas que van desde el nivel de estudios alcanzado hasta el trabajo que se pueda lograr, pasando por diferentes aspectos materiales, algunos de los cuales, que no todos, se pueden relativizar. De esta forma, hay un nivel de exigencia que puede llevar a la frustración y a la ansiedad, de la misma forma que se observa cuando llegan las notas de corte para acceder a determinadas carreras, por ejemplo. Es un hecho que, en no pocos casos, habrá que ser conscientes de cómo se afrontan las dificutaldes que vienen, de las tolerancias a la frustración de unas generaciones que también han contado con ciertos "colchones" de seguridad. Pero, todo eso no quita para que las exigencias están ahí y que, para muchas personas, gestionar las mismas es complicado.

Por otra parte, y de esta cuestión no hemos dejado de escribir, está el escenario de futuro que le estamos dejando a estas generaciones, que cada vez lo tienen más complicado en un mercado de trabajo precario, especialmente para ellas. Nuestro sistema está generando que estos colectivos tengan cada vez más difícil configurar un proyecto de vida en ciertos términos que son la norma social, comenzando por un empleo estable que permita una subsistencia en condiciones y una emancipación, en el caso de los jóvenes, a través del acceso a una vivienda digna. Claro que habrá personas que digan que este es un modelo caducado o que hay otras alternativas. Sí, pero todo lo que no pase por unas condiciones materiales dignas... Es normal que este escenario cause situaciones de ansidedad, depresión, etc., porque el futuro no parece muy halagüeño. No quiere decirse que no haya que trabajarlo, que no haya que esforzarse, y que por el camino vendrán dificultades.

Y, finalmente, todo lo relacionado con la pandemia de la covid-19 y sus consecuencias. Seguimos insistiendo en que, seguramente, las más significativas en el terreno económico y social están por ver y que será la respuesta a estos desafíos la que marque el grado de las mismas. Pero, de nuevo, es lógico pensar que este escenario de futuro también genera situaciones negativas para la salud mental. En definitiva, tenemos un problema social de primer orden y hay que poner los remedios para evitarlo y solucionarlo. En el caso contrario, las consecuencias serán mucho más complejas de lo que nos podemos imaginar. 





Las apuestas por la Formación Profesional

Por EQUIPO AICTS / 9 de agosto de 2021

Cada nueva ley educativa en España, la última la LOMLOE, cada relevo ministerial, cada cambio de gobierno... siempre aparece la apuesta por la Formación Profesional (FP). Es lógico y necesario. Pero, también se muestra el camino que queda por recorrer. No es menos cierto que se ha avanzado un largo trecho desde hace unas décadas. Esa FP de hace unas generaciones parece que va quedando atrás, aunque todavía se mantienen ciertos aspectos estigmatizadores. Los avances de la FP desde la LOGSE de 1990 hasta la actualidad son claros y evidentes. De aquella FP que quedaba relegada como un nivel de estudios secundario, para aquellos estudiantes que no llegaban a Bachillerato o para las clases populares, se avanzó hacia los Grados Medios y Superiores, hacia una mayor diversidad de titulaciones y con unas pasarelas con el Bachillerato y la Universidad que permitíam ampliar los estudios. Igualmente, la FP se integró en los Institutos de Educación Secundaria (IES), hecho que también servía para darle otro estatus.

La FP en España no había alcanzado la valoración y el nivel que tenía entre sus vecinos europeos. Nuestro país venía de un modelo industrial muy localizado y con debilidades que también se extendían hacia esa formación profesional. La misma se había incorporado a los centros de trabajo o a otras entidades, obreras y/o religiosas. Igualmente, la FP se presentó como una alternativa a los descendientes de las clases trabajadoras, produciéndose un sesgo de clase que ha lastrado a la FP durante décadas. Es decir, la movilidad social y el valor añadido se encontraba en el Bachillerato, especialmente en unas décadas en las que no pocas generaciones vieron a los estudios universitarios como una cuestión de estatus. Muchas personas recordarán cuando, en aquellas décadas de la EGB, la valoración de la FP. Al final, se entendía como el aprendizaje de un oficio para las personas que "no valían para estudiar" o no podían. Tremendo, pero cierto. 

Sin embargo, a lo largo de estas décadas de avance de la FP, no es menos cierto que han quedado por el camino algunos de esos sesgos, especialmente en lo referido a ver a la FP como la solución al abandono escolar temprano. Es lo que viene ocurriendo con el difícil y complicado encaje que cuentan programas como los de la Formación Profesional Básica en la actualidad, anteriormente los Programas de Cualificación Profesional (PCPI) y, todavía antes, los de Garantía Social. No cabe duda que nos encontramos ante uno de los grandes desafíos del sistema educativo, pero no corresponde únicamente a la FP ser su solución. 

Por otro lado, la labor de puesta en valor de la FP debe continuar en el sentido de que son estudios y profesiones con la misma dignidad que cualquier otra, y hay veces en los que parece que esto se olvida. Además, la integración en el mercado de trabajo de sus titulados es en no pocas ocasiones mejor que la de los egresados universitarios. Pero, también hay que ver todo en su conjunto. Por otra parte, hay que ser cuidadosos con superponer modelos que funcionan en otros lugares y que, por la situación y características del modelo español, tienen más complejidad. Nos estamos refiriendo a la Formación Profesional Dual que, verdaderamente, tiene una elevada complejidad en el caso de España, exceptuando algunas regiones como País Vasco y Navarra, y poco más.

En definitiva, una apuesta por la FP que es necesaria, que hay que intensificar, pero que no debe quedar en palabras vacías y huecas, en discursos que no vayan acompañados de inversiones. Y, especialmente, en una valoración social que debe ser trabajada en todos los niveles. Sin olvidar la situación de la Formación Profesional Básica y las funciones que cumple, que dejamos para otro artículo porque es una cuestión en la que profundizar. 



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