Pobreza infantil
Por EQUIPO AICTS / 26 de mayo de 2025
Un indicador más nos presenta la realidad, o una parte significativa al menos, a la que nos enfrentamos. Y no es un dato nuevo. Hace ya casi dos décadas que, a raíz de la crisis de 2008, nos fuimos familiarizando con indicadores y datos sobre pobreza y exclusión social. Hasta entonces, los mismos estaban muy enmarcados en otros ámbitos, los que estaban vinculados al trabajo y la atención con estos colectivos, así como académicos, investigadores, etc. Sin embargo, la crisis de 2008 hizo que, a lo largo de varios años, estos datos fuesen una realidad constante en nuestros medios de comunicación. Obviamente, los mismos evolucionaban en una tendencia al alza, con más colectivos incorporándose a la pobreza y al riesgo de exclusión social. Además, también cambiaba la mediana con la que se medía la tasa ya que, la sociedad en su conjunto, se empobrecía. El escenario fue muy duro, como bien sabemos, pero nos fuimos inmunizando con respecto a los datos e indicadores sobre la pobreza y la exclusión social. Era algo cotidiano y, además, no tenía visos de mejorar. Y, todo ello, en un país que siempre había contado con colectivos que, estructuralmente, se encontraban en ese escenario. Habíamos mejorado nuestro nivel de vida, habíamos cogido el ascensor social y, en definitiva, muchas personas, familias y colectivos habían progresado y salido del riesgo de exclusión social y pobreza. Incluso, la movilidad social había permitido el tránsito a otro estrato social. Pero, insistimos, había escenarios que no se habían solucionado y, además, se incorporaban otros colectivos, inmigrantes en situación de precariedad, que contaban con situaciones estructurales para ubicarse en ese grupo.
Por grupos de edad, lógicamente, el impacto mayor estaba en el riesgo de pobreza y exclusión social infantil y juvenil. Especialmente en la franja de edad más joven, menores de 16 años, ya que dependen de la situación de su familia totalmente. Es decir, es un escenario en el que se producen situaciones de riesgo y vulnerabilidades que afectan a necesidades básicas así como a derechos básicos. A lo largo de estos años se han podido ir observando esos procesos y cómo, en ámbitos como la alimentación y la nutrición, la educación, la salud o el bienestar emocional, muchos niños y niñas en situación de pobreza y/o de riesgo de exclusión social, se encuentran en vulnerabilidades que, lamentablemente y tal cómo han ido evolucionando nuestras sociedades, cada vez tiene un mayor peso el origen socioeconómico una vez que el Estado de Bienestar se va debilitando y que la precarización del empleo es un hecho. Las dificultades de las personas jóvenes también son una realidad, ya comentada en otras entradas de este Blog.
La evolución de estos años no está siendo tampoco todo lo positiva que sería deseable y, como ya hemos venido señalando en otras entradas recientes en el Blog de AICTS, no se produce una correspondencia entre el crecimiento de los indicadores macroeconómicos y la realidad de buena parte de las personas y familias. De esta forma, el último indicador sobre pobreza y exclusión social, teniendo en cuenta indicadores de Eurostat, muestra cómo España se ha situado a la cabeza de la Unión Europea en la tasa de riesgo pobreza infantil, menores de 18 años, con un 29,2% de este colectivo situado como población con una renta inferior al 60% de la mediana del conjunto del país. España, que siempre había estado en los primeros puestos de esta clasificación, ha adelantado a Rumanía para ponerse en cabeza. Las tendencias se intensifican y, además, en este indicador se observa una importante diferencia en la tasa de riesgo de pobreza entre la población española y la población inmigrante, que suele estar ocupada en empleos de baja cualificación y en mayor precariedad. Otro indicador más de la evolución de nuestra estructura social y del modelo productivo. Una situación que se cronifica y que, como hemos señalado anteriormente, se reproduce.
Como en tantas ocasiones, seguimos sin mejorar y, al contrario, vamos a peor. Escenario duro pero que, de nuevo, parece que tenemos asumido y que no encontramos las vías para solucionar la situación. La reducción de las desigualdades y la mejora de las condiciones de vida de la población pasa sin duda por la mejora de las condiciones de trabajo, como hemos señalado en otras entradas. Además, las medidas de atención y trabajo con estos colectivos vulnerables también tienen que intensificarse. Pero, de nuevo, no se observan salidas.
Un indicador más nos presenta la realidad, o una parte significativa al menos, a la que nos enfrentamos. Y no es un dato nuevo. Hace ya casi dos décadas que, a raíz de la crisis de 2008, nos fuimos familiarizando con indicadores y datos sobre pobreza y exclusión social. Hasta entonces, los mismos estaban muy enmarcados en otros ámbitos, los que estaban vinculados al trabajo y la atención con estos colectivos, así como académicos, investigadores, etc. Sin embargo, la crisis de 2008 hizo que, a lo largo de varios años, estos datos fuesen una realidad constante en nuestros medios de comunicación. Obviamente, los mismos evolucionaban en una tendencia al alza, con más colectivos incorporándose a la pobreza y al riesgo de exclusión social. Además, también cambiaba la mediana con la que se medía la tasa ya que, la sociedad en su conjunto, se empobrecía. El escenario fue muy duro, como bien sabemos, pero nos fuimos inmunizando con respecto a los datos e indicadores sobre la pobreza y la exclusión social. Era algo cotidiano y, además, no tenía visos de mejorar. Y, todo ello, en un país que siempre había contado con colectivos que, estructuralmente, se encontraban en ese escenario. Habíamos mejorado nuestro nivel de vida, habíamos cogido el ascensor social y, en definitiva, muchas personas, familias y colectivos habían progresado y salido del riesgo de exclusión social y pobreza. Incluso, la movilidad social había permitido el tránsito a otro estrato social. Pero, insistimos, había escenarios que no se habían solucionado y, además, se incorporaban otros colectivos, inmigrantes en situación de precariedad, que contaban con situaciones estructurales para ubicarse en ese grupo. Por grupos de edad, lógicamente, el impacto mayor estaba en el riesgo de pobreza y exclusión social infantil y juvenil. Especialmente en la franja de edad más joven, menores de 16 años, ya que dependen de la situación de su familia totalmente. Es decir, es un escenario en el que se producen situaciones de riesgo y vulnerabilidades que afectan a necesidades básicas así como a derechos básicos. A lo largo de estos años se han podido ir observando esos procesos y cómo, en ámbitos como la alimentación y la nutrición, la educación, la salud o el bienestar emocional, muchos niños y niñas en situación de pobreza y/o de riesgo de exclusión social, se encuentran en vulnerabilidades que, lamentablemente y tal cómo han ido evolucionando nuestras sociedades, cada vez tiene un mayor peso el origen socioeconómico una vez que el Estado de Bienestar se va debilitando y que la precarización del empleo es un hecho. Las dificultades de las personas jóvenes también son una realidad, ya comentada en otras entradas de este Blog.
La evolución de estos años no está siendo tampoco todo lo positiva que sería deseable y, como ya hemos venido señalando en otras entradas recientes en el Blog de AICTS, no se produce una correspondencia entre el crecimiento de los indicadores macroeconómicos y la realidad de buena parte de las personas y familias. De esta forma, el último indicador sobre pobreza y exclusión social, teniendo en cuenta indicadores de Eurostat, muestra cómo España se ha situado a la cabeza de la Unión Europea en la tasa de riesgo pobreza infantil, menores de 18 años, con un 29,2% de este colectivo situado como población con una renta inferior al 60% de la mediana del conjunto del país. España, que siempre había estado en los primeros puestos de esta clasificación, ha adelantado a Rumanía para ponerse en cabeza. Las tendencias se intensifican y, además, en este indicador se observa una importante diferencia en la tasa de riesgo de pobreza entre la población española y la población inmigrante, que suele estar ocupada en empleos de baja cualificación y en mayor precariedad. Otro indicador más de la evolución de nuestra estructura social y del modelo productivo. Una situación que se cronifica y que, como hemos señalado anteriormente, se reproduce.
Como en tantas ocasiones, seguimos sin mejorar y, al contrario, vamos a peor. Escenario duro pero que, de nuevo, parece que tenemos asumido y que no encontramos las vías para solucionar la situación. La reducción de las desigualdades y la mejora de las condiciones de vida de la población pasa sin duda por la mejora de las condiciones de trabajo, como hemos señalado en otras entradas. Además, las medidas de atención y trabajo con estos colectivos vulnerables también tienen que intensificarse. Pero, de nuevo, no se observan salidas.