La senda de Francia
Por EQUIPO AICTS / 21 de julio de 2025
La noticia llegó hace unos días. El primer ministro francés, François Bayrou, lanzaba un anuncio que suponía un plan de choque para la reducción de la deuda pública. Las medidas supondrían, para 2026, un ajuste presupuestario de 43.800 millones de euros (sí, esa es la cifra), y los recortes se producirán se mantendrán los siguientes años. El impacto de la noticia ha sido enorme. En primer lugar, por la naturaleza del ajuste que contará con la congelación de sueldos públicos y pensiones, reducción del empleo público, recorte del gasto social y sanitario, aumento de las contribuciones de las rentas más altas y supresión de dos días festivos para aumentar la productividad nacional. En segundo lugar, porque es imposible no remitirse a la crisis de 2008 y sus consecuencias, señalando el propio Bayrou que la situación podría compararse con la de la Grecia de esos años. Las reacciones no se han hecho esperar y seguro que este anuncio va a provocar en Francia una mayor inestabilidad política, en un contexto en el que la extrema derecha va en ascenso y la izquierda anda fragmentada. Pero, en segundo lugar, las consecuencias también se hacen notar en el famoso dicho "cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar". Y es que no han sido pocas las voces que han señalado que esta situación también se va a producir en países como España. Como no podía ser otra manera, la reacción se ha basado en la polarización. Si para unos estas decisiones llegarán a España, con independencia del color del gobierno, y serán durísimas también, para otros este hecho no ocurrirá porque la economía española muestra una robustez mayor que la francesa. Nos perdemos, una vez más, un debate más realista y racional que nos ponga en los escenarios posibles, que desconocemos pero, igualmente, no tenemos motivos para el optimismo.
Y es que Francia siempre ha sido el referente para muchas cuestiones, aunque algunas de ellas dependen de un contexto específico. Somos muy dados a compararnos con el país vecino, en no pocos casos observándolo como modelo a seguir. Un país que ha hecho gala de un Estado de Bienestar más desarrollado, con unos valores republicanos, pero que también tiene sus costuras (¿quién no?). En el caso de Francia, la robustez de su Estado-Nación como identidad es vista como el modelo a seguir, pero la misma ha sido a costa de la difuminación de las identidades particulares. En el caso del Estado de Bienestar francés, ahí sí que tenemos claro que su éxito es una referencia. Por eso, en un contexto como el actual y con el anuncio de Bayrou, es inevitable echarse a temblar. Si Francia, aunque también en una crisis de su modelo económico, anuncia estos ajustes presupuestarios que van al corazón del Estado de Bienestar, es legítimo pensar que el resto seguirá esa senda. Además, con el aumento del gasto militar y con la Unión Europea regresando a la ortodoxia económica y a las políticas de austeridad, el cóctel queda fijado.
Francia también ha sido una senda en otras cuestiones que estamos viendo en el resto del mundo y, específicamente, en Europa. Por un lado, la cuestión de la inmigración. Esta semana, con los duros acontecimientos de Torre - Pacheco (Murcia), donde el discurso de odio se expandió, se empiezan a vislumbrar ciertos movimientos en este proceso. Es cierto que Francia cuenta con especificidades en este sentido, como una trayectoria de recepción de migrantes vinculada a su posición como metrópoli, que se remonta a muchas décadas. Sin embargo, el fracaso en la integración de amplias capas de colectivos inmigrantes, y las segundas y terceras generaciones, es una muestra de que algo no ha ido bien. Choca más, por supuesto, en un sistema que hace gala de esos valores republicanos. Siempre se ha mirado a Francia en este sentido, y siempre la sombra de Francia, ha estado presente. Aunque las especificidades de España están presentes, por ejemplo el peso de la inmigración de América Latina, o una integración que ha ido funcionando, con todos los peros y comillas que queramos incluir, no es menos cierto que se ha mirado al espejo de Francia. Y, además, porque en Francia también la extrema derecha ha ido creciendo paulatinamente, estando a las puertas del Palacio del Elíseo, pareciendo que es una cuestión de tiempo. Es un escenario complejo, pero no cabe duda de que el mismo lleva camino de hacerse más difícil. La integración y la inclusión de la población inmigrante no depende de visiones sesgadas y parciales, de relatos que se ajustan a cómo se ve la realidad de una parte y de otra del arco político. No, pasa por cuestiones más amplias, algunas de ellas de dejar de considerar a las personas migrantes como meros sustentadores de las pensiones a través de la realización de los trabajos más precarios. Y también por debates realistas sobre la cuestión.
No queremos decir que todo lo que ocurra en Francia vaya a pasar en España, no somos deterministas. Obviamente, hay numerosos factores y variables que pueden determinar su proceso y evolución. Sin embargo, no es menos cierto que hay señales inquietantes, en cualquiera de los ámbitos señalados. En el caso de la situación económica, nuestro modelo económico puede crecer pero, lamentablemente, eso no se refleja en el nivel de vida y los sueldos de buena parte de los españoles. Pero, como hemos señalado antes, estamos muy lejos de encarar debates constructivos y que aporten soluciones. Vamos tirando.
La noticia llegó hace unos días. El primer ministro francés, François Bayrou, lanzaba un anuncio que suponía un plan de choque para la reducción de la deuda pública. Las medidas supondrían, para 2026, un ajuste presupuestario de 43.800 millones de euros (sí, esa es la cifra), y los recortes se producirán se mantendrán los siguientes años. El impacto de la noticia ha sido enorme. En primer lugar, por la naturaleza del ajuste que contará con la congelación de sueldos públicos y pensiones, reducción del empleo público, recorte del gasto social y sanitario, aumento de las contribuciones de las rentas más altas y supresión de dos días festivos para aumentar la productividad nacional. En segundo lugar, porque es imposible no remitirse a la crisis de 2008 y sus consecuencias, señalando el propio Bayrou que la situación podría compararse con la de la Grecia de esos años. Las reacciones no se han hecho esperar y seguro que este anuncio va a provocar en Francia una mayor inestabilidad política, en un contexto en el que la extrema derecha va en ascenso y la izquierda anda fragmentada. Pero, en segundo lugar, las consecuencias también se hacen notar en el famoso dicho "cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar". Y es que no han sido pocas las voces que han señalado que esta situación también se va a producir en países como España. Como no podía ser otra manera, la reacción se ha basado en la polarización. Si para unos estas decisiones llegarán a España, con independencia del color del gobierno, y serán durísimas también, para otros este hecho no ocurrirá porque la economía española muestra una robustez mayor que la francesa. Nos perdemos, una vez más, un debate más realista y racional que nos ponga en los escenarios posibles, que desconocemos pero, igualmente, no tenemos motivos para el optimismo.Y es que Francia siempre ha sido el referente para muchas cuestiones, aunque algunas de ellas dependen de un contexto específico. Somos muy dados a compararnos con el país vecino, en no pocos casos observándolo como modelo a seguir. Un país que ha hecho gala de un Estado de Bienestar más desarrollado, con unos valores republicanos, pero que también tiene sus costuras (¿quién no?). En el caso de Francia, la robustez de su Estado-Nación como identidad es vista como el modelo a seguir, pero la misma ha sido a costa de la difuminación de las identidades particulares. En el caso del Estado de Bienestar francés, ahí sí que tenemos claro que su éxito es una referencia. Por eso, en un contexto como el actual y con el anuncio de Bayrou, es inevitable echarse a temblar. Si Francia, aunque también en una crisis de su modelo económico, anuncia estos ajustes presupuestarios que van al corazón del Estado de Bienestar, es legítimo pensar que el resto seguirá esa senda. Además, con el aumento del gasto militar y con la Unión Europea regresando a la ortodoxia económica y a las políticas de austeridad, el cóctel queda fijado.
Francia también ha sido una senda en otras cuestiones que estamos viendo en el resto del mundo y, específicamente, en Europa. Por un lado, la cuestión de la inmigración. Esta semana, con los duros acontecimientos de Torre - Pacheco (Murcia), donde el discurso de odio se expandió, se empiezan a vislumbrar ciertos movimientos en este proceso. Es cierto que Francia cuenta con especificidades en este sentido, como una trayectoria de recepción de migrantes vinculada a su posición como metrópoli, que se remonta a muchas décadas. Sin embargo, el fracaso en la integración de amplias capas de colectivos inmigrantes, y las segundas y terceras generaciones, es una muestra de que algo no ha ido bien. Choca más, por supuesto, en un sistema que hace gala de esos valores republicanos. Siempre se ha mirado a Francia en este sentido, y siempre la sombra de Francia, ha estado presente. Aunque las especificidades de España están presentes, por ejemplo el peso de la inmigración de América Latina, o una integración que ha ido funcionando, con todos los peros y comillas que queramos incluir, no es menos cierto que se ha mirado al espejo de Francia. Y, además, porque en Francia también la extrema derecha ha ido creciendo paulatinamente, estando a las puertas del Palacio del Elíseo, pareciendo que es una cuestión de tiempo. Es un escenario complejo, pero no cabe duda de que el mismo lleva camino de hacerse más difícil. La integración y la inclusión de la población inmigrante no depende de visiones sesgadas y parciales, de relatos que se ajustan a cómo se ve la realidad de una parte y de otra del arco político. No, pasa por cuestiones más amplias, algunas de ellas de dejar de considerar a las personas migrantes como meros sustentadores de las pensiones a través de la realización de los trabajos más precarios. Y también por debates realistas sobre la cuestión.
No queremos decir que todo lo que ocurra en Francia vaya a pasar en España, no somos deterministas. Obviamente, hay numerosos factores y variables que pueden determinar su proceso y evolución. Sin embargo, no es menos cierto que hay señales inquietantes, en cualquiera de los ámbitos señalados. En el caso de la situación económica, nuestro modelo económico puede crecer pero, lamentablemente, eso no se refleja en el nivel de vida y los sueldos de buena parte de los españoles. Pero, como hemos señalado antes, estamos muy lejos de encarar debates constructivos y que aporten soluciones. Vamos tirando.