Encrucijadas

Por EQUIPO AICTS / 25 de octubre 2020

La realidad se ha impuesto finalmente. La segunda ola de la pandemia COVID-19 no es ya una ola sino un tsunami, por seguir por las metáforas que tanto gustan en estos meses. Ciertamente, no es que no se hubiesen producido los pertinentes avisos sobre los potenciales riesgos a los que nos enfrentábamos. Primero fue España la que, de forma destacada, vio cómo subían sus casos activos y pacientes. La transmisión se destacaba y se entraba en el debate sobre nuestra sociedad y cultura, sobre la confrontación política y otros factores internos tan del uso en cualquier contexto, incluida nuestra propia forma de ser. Pero, en pocas semanas el resto de Europa no ha espacado de esta situación y la expansión de nuevo del virus se muestra imparable.

En todo este contexto, la sombra de los meses de marzo, abril y mayo son muy duras, no solamente por los datos que se manejan y por las medidas que se toman sino por ¿cómo hemos llegado a esta situación? Ciertamente, no cabe duda de que nos encontramos ante un fracaso colectivo en todas las dimensiones. Hay muchos aspectos que abordar y no pocas dudas y debates abiertos. El más importante es el hecho de dónde se pone el foco de la responsabilidad: en los comportamientos individuales y colectivos o en los recursos públicos destinados a atajar la pandemia, o a controlar el golpe. De momento, se ha hablado de los dos, se ha hecho mucho hincapié en los primeros, y menos en el segundo.

En cuanto al comportamiento individual y colectivo, vaya por delante que es complejo e injusto culpabilizar a unos colectivos concretos. Los jóvenes y los universitarios se han convertido en el centro de las acusaciones durante estos dos últimos meses. Pero, ni todos los jóvenes han sido irresponsables, ni mucho menos, ni todos los mayores se han comportado de forma responsable. ¿Ha habido una relajación en los hábitos que son necesarios para contener la pandemia?, sí porque eso se puede observar en la calle, por mucho que nos duela. Además, y lo más importante, hay constancia en los datos que se tienen de los contagios de la procedencia de lo social y lo familiar como orígenes más destacados de los mismos. Entraría aquí el debate sobre nuestras culturas, nuestras formas de vida, el civismo, el individualismo y el egoísmo, así como la sensación de impunidad de ciertos colectivos ante el virus. Y no es que no se tenga información suficiente sobre un virus que lleva casi ocho meses condicionando nuestras vidas. Se podría argumentar en relación a qué ha fallado para que haya ciudadanos que se hayan relajado. Un artículo del filósofo Byung-Chun Hal incidía en el papel de los valores cívicos en la contención del virus en los países asiáticos, en comparación con los imperantes en Occidente.

En segundo lugar, pero igual de importante, está el papel de las administraciones que han tenido en la gestión de la pandemia, en su conjunto. La revista The Lancet insistía hace unos días en una valoración negativa en el caso de España, algo que ha sido también constante estos meses. No cabe duda que la confrontación política, el partidismo y las tensiones territoriales son muy perjudiciales para gestionar la pandemia, y en España no nos hemos bajado de la arena del enfrentamiento, con unos actores políticos muy empeñados en erosionar a unos gobiernos que, no cabe duda, también han cometido errores. Este escenario genera más confusión e incertidumbre en los ciudadanos, a la par que se cuestiona la legitimidad de las instituciones, todo un dislate. Pero, siendo importante este hecho, nos parece más relevante el hecho de que las previsiones de lo que podía venir no parece que hayan sido suficientes para lanzarse a una acción centrada en el refuerzo de la Sanidad pública, de los hospitales, las UCIs y los centros de Atención Primaria. En este sentido, se echa en falta un esfuerzo mayor en un sistema que, además, acabó desbordado y muy exhausto tras la primera ola de la pandemia. Este hecho genera desazón igualmente, aunque por otros motivos. De la misma forma que también habría que reforzar los Servicios Sociales y el ámbito de la Educación, hecho que no se ha producido en la medida de lo necesario. De esta forma, el resto de servicios públicos también se ven desbordados para atender las necesidades crecientes.

En definitiva, nuestras sociedades están en una encrucijada que parece que llevará a nuevas medidas de confinamiento, aunque en este caso no absoluto como en la primavera. Sí que se limitará todo lo relativo al ocio que implica mayores interacciones y menos posibilidad de control, con toques de queda, cierres de bares, etc., pensando que ahí estará una de las claves. Veremos si es así, mientras que el virus sigue comportándose a veces de formas inesperadas, lo que dificulta la gestión de la situación. De momento, seguiremos en esas encrucijadas y viendo cómo se resuelven los medios públicos que deben ponerse para afrontar la situación, a la par que se pone el foco en los comportamientos. ¿Se mejorará la situación de los recursos públicos en Sanidad pero también en Servicios Sociales y Educación?, ¿aumentará la responsabilidad individual y colectiva?, ¿aprenderemos algo para las posibles siguientes olas que vengan mientras esperamos la vacuna o algún remedio?














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