TIC y desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 10 de mayo 2021

Hace ya catorce meses que la pandemia de la covid-19 vino para quedarse durante mucho tiempo, más del que pensábamos. Y en ello estamos. Llevamos más de un año en un proceso en el que estamos viviendo escenarios de todo tipo. Desde la crisis sanitaria, la primera y más urgente, la más dramática por el enorme número de víctimas, hasta la económica, de cuyas consecuencias seguiremos hablando décadas. Por el camino, todo acaba siendo atravesado por la pandemia. Una de las transformaciones más evidentes derivadas de la covid-19 es la relacionada con la digitalización de nuestra realidad. Este era también un poceso muy imparable. Durante las dos últimas décadas, especialmente en la última, su aceleración ha sido una constante. La generalización del uso de las TIC en todos los ámbitos ha sido uno de los grandes cambios de la humanidad a lo largo de su historia. No tenemos que explicar nada más porque lo vivimos cotidianamente. 

A las TIC se les saludó como una oportunidad también en el ámbito de la igualdad ya que, por ejemplo, se pensaba que no haría falta estar en los grandes centros de poder para poder desarrollar una carrera profesional. Se asumían costes que eran evidentes. Obviamente, había un escenario en la digitalización que afectaba directamente a los puestos de trabajo, al perderse los que se automatizaban. Pero se señalaba que surgirían nuevos empleos. Por otra parte, las TIC también serían un campo de oportunidades. Una de sus muestras más evidentes vendría de las llamadas "economías del contenedor" que llegan a su máxima expresión con la "uberización" de actividades y sus numerosas sombras. Pero, además, habría unas brechas digitales.

Las brechas digitales han ocupado una buena parte de los análisis sobre el impacto de las TIC en la desigualdad. Es evidente que, al comienzo de todo el proceso, el acceso a los dispositivos digitales, en cualquiera de los formatos, estaba reservada a los colectivos con rentas más altas. En la década de los ochenta del siglo XX, y hablamos de finales de la misma, para la mayoría un ordenador personal en tu domicilio era Ciencia Ficción. Pero, a medida que se fueron universalizando los dispositivos, expandiéndose y haciéndose más accesibles, y más necesarios en diferentes sentidos, esas brechas de acceso se fueron reduciendo paulatinamente hasta quedar muy relegadas, al menos en teoría. Se hicieron importantes esfuerzos para reducir la misma, con colectivos muy específicos que se consideraba que tendrían más problemas para acceder a las TIC. Ahí surgió una desigualdad mucho más evidente que fue la brecha de uso. Es decir, qué somos capaces de hacer con las TIC y aquí determinados grupos y colectivos sociales, tenían más ventajas que otros. No es lo mismo que yo utilice las TIC para mandar correos y utilizar Redes Sociales que pueda llegar a programar y editar vídeos, por ejemplo. De esta forma, la brecha de uso se vio claramente en primera línea, aunque no tuvo nunca la misma visibilidad que la de acceso. Incluso, en algunos momentos se acuñaron expresiones como "nativos digitales" e "inmigrantes digitales", diferenciación que tienen sus propias limitaciones. 

La pandemia de la covid-19 aceleró la transformación digital pero también mostró sus costuras. Lo hemos escrito en no pocas ocasiones desde entonces, y antes. Cuando se produjo el cierre de los centros educativos en marzo de 2020, muchos discursos políticos y de no pocos agentes se centraron en la oportunidad que suponía para el sistema educativo adaptarse a las nuevas necesidades gracias a las TIC. Desde el minuto uno se observó cómo no iba a ser así, al contrario. Se constataron numerosos alumnos y familias que no solo tenían dificultades de uso sino también de acceso. La reacción a la segunda cuestión fue rápida por parte de las diferentes administraciones educativas, facilitando dispositivos en modo de tablets, ordenadores portátiles. Esta situación se vio desde la educación infantil hasta la universitaria. Sin duda alguna, nos encontramos ante un escenario que tendrá sus consecuencias duraderas como ya muestran algunos artículos y estudios. 

Recientemente, se ha publicado La automatización de la desigualdad de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing. Es una obra necesaria que incide en cómo la desigualdad también se relaciona con las TIC, hecho claro y comprobado como hemos visto, pero no cabe duda que será un proceso que irá a más. Y es que son las clases más desfavorecidas, las que tienen menores niveles de renta, las que tendrán más dificultades para adaptarse a esa realidad que tiene en las TIC un vector y epicentro. Y será una desigualdad tanto de acceso como también de uso, especialmente de uso. Tiene que ver también con educación, con derechos, etc. Es una desigualdad acumulativa que se suman a las anteriores. Pero se darán también nuevas desigualdades que pueden llegar a ámbitos muy cotidianos. En definitiva, una mirada necesaria como una variable más relacionada con la desigualdad.

Y, mientras tanto, en un contexto como en el que nos encontramos, en el que la digitalización aparece como uno de los ejes centrales de la transformación de la sociedad y la economía, especialmente vinculado a los planes de reconstrucción y los fondos europeos, junto con la sostenibilidad. Pero, cuidado, porque no consiste en las grandes proclamaciones y lemas a los que nos tienen tan acostumbrados sino en fijarse y tener en consideración las caras B de estos procesos. 














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