El malestar

Por EQUIPO AICTS / 27 de septiembre de 2021

Llevamos asistiendo hace mucho tiempo, décadas casi, a un mundo que nos lanza mensajes contradictorios, a un escenario en el que se transmite que todo va bien y que irá mejor, pero vemos que la realidad no es así, o al menos, que no es poco, para la mayor parte de la población. Es cierto que nuestro tiempo es uno de los más privilegiados en la Historia, que la evolución que hemos llevado desde poco más de un siglo no tiene parangón. Pero, también es cierto que esos avances que habíamos vivido en buena parte de ese periodo o bien se han parado o bien se está produciendo una regresión. Sí, totalmente de acuerdo, nuestros niveles de bienestar son muy altos en comparación con hace cuatro o cinco décadas, por no hablar de todos los avances tecnológicos, y qué decir de todas las conquistas sociales, políticas, económicas y culturales, fundamentalmente en nuestro mundo occidental y desarrollado. Pero, como decíamos, las tendencias de las tres últimas décadas nos muestran un proceso que dibuja o maquilla esa realidad de un optimismo desaforado.

Recordemos que las transformaciones de nuestro sistema, a partir de la Globalización de marcado carácter neoliberal, han generado varias crisis, destacando la de 2008, y se está produciendo un aumento de la desigualdad. Esa desigualdad se ha extendido a la estructura social a través de una precarización de las condiciones de trabajo y de una ruptura de la movilidad social. Junto a ello, el deterioro del Estado de Bienestar y de las políticas públicas, las cuales son básicas para la redistridución, la cohesión social y la equidad y la igualdad de oportunidades. Mientras tanto, también se generaba un sistema de valores que preconizaba el individualismo y el consumismo. Así llegamos a la actualidad, cuando el debate se complejiza y se relaciona con el papel de las elecciones individuales, la capacidad de cada persona para llevar a cabo esas elecciones y el crecimiento del peso del origen socioeconómico sobre las mismas, que nunca dejó de estar presente. Hay que sumar, obviamente, el impacto de la crisis de la covid-19, hecho que está ahí a pesar de que ahora el optimismo por los fondos de reconstrucción sea dominante. Veremos.

Por supuesto, y lo hemos recalcado en numerosas ocasiones en este blog, a todo el mundo no le afecta esta situación por igual, al contrario. La desigualdad reproduce la desigualdad y el "efecto Mateo" es una realidad. Pero, la gran diferencia, que se acelera desde 2008, es que ya hay cada vez menos personas y grupos sociales a salvo de estos cambios y crisis. El debate ha alcanzado tal intensidad que se juega también en el campo de los valores y de las ideologías, como no podía ser de otra forma. Nada ilustra tanto ese proceso como la polémica de Feria de Ana Iris Simón, su novela de corte autobiográfico de 2020. Simón ha ilustrado el escenario de precariedad de una juventud que mira hacia el pasado y encuentra que la generación de sus padres tenía unas condiciones materiales más estables. De esta forma, desde un lado se ha criticado esas visiones y posiciones como nostálgicas y reaccionarias y, desde otro, de atentar contra la lógica de la libertad individual y de haberse liberado de diferentes cadenas (trabajo, familia, etc.). Por el contrario, no han faltado las voces que han puesto en valor la crítica de Simón, entre otros muchos, como la necesidad de responder a las cuestiones materiales. El dilema es muy antiguo pero no está de más recordar también la teoría de los Derechos Sociales y de la ciudadanía de Marshall, preconizando el valor de tener cubiertas las necesidades materiales para poder disfrutar de los Derechos Civiles y Políticos en igualdad de condiciones.

Esta reflexión retoma el inicio de este artículo, cuando se hacía referencia a esa disonancia entre lo que transmiten diferentes agencias y algunos indicadores, fundamentalmente macroeconómicos, y la realidad de las familias y personas, o de muchas de ellas. Inestabilidad, inseguridad y un futuro más complejo sin asideros a los que agarrarse, tanto materiales como de valores. El País publicaba hace unos días un interesante artículo sobre la cuestión, señalando cómo se producían aumentos de protestas y movilizaciones en un contexto de optimismo y recuperación. Y es que ese escenario está ahí, no es una exageración. Los modelos de sociedad basados en políticas públicas bajo los principios del Estado de Bienestar, de la cohesión social y de la corresponsabilidad han demostrado su valor en generar sistemas más justos, con sus debilidades, problemas y paradojas, que tampoco faltan. Pero, caer en manos de un sistema que apuesta por otros parámetros, aunque te lo disfracen de lo contrario, supone un nuevo escenario en el que, salvo que se produzcan cambios estructurales, la desigualdad y la inestabilidad serán la norma. Veremos si estamos a tiempo de evitarlo. 




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