La pérdida de calidad de vida

Por EQUIPO AICTS / 26 de junio de 2023

Si en la entrada de la semana pasada poníamos el foco en el sistema educativo y sus necesidades, enfocadas a su mejora para dar mayor respuesta a las necesidades educativas, desde una perspectiva de la equidad y la igualdad de oportunidades, en la entrada de esta semana regresamos a otra de las cuestiones centrales en el caso del Blog de AICTS: el nivel y calidad de vida de nuestras sociedades. A lo largo de estos años de Blog, el impacto de las sucesivas crisis y las transformaciones estructurales de la sociedad, especialmente en el ámbito del mercado laboral y del trabajo, han determinado un cambio en la estructura social. Igualmente, en el último año, el incremento de la inflación, de los precios, del interés de los préstamos, etc., ha ido impactando en las familias y personas. Obviamente, los colectivos en situación de riesgo de exclusión social y en precariedad han ido todavía en mayor medida a peor.

Como decíamos en el párrafo anterior, es un cambio de paradigma vinculado a la crisis estructural del modelo basado en el Estado de Bienestar, que había generado, con sus contradicciones y debilidades, unas sociedades más cohesionadas. Sin embargo, el avance del neoliberalismo a partir de la década de los setenta del siglo XX, la Globalización y sus consecuencias negativas (también se han dado las positivas), y otras cuestiones como los avances en automatización y digitalización, y las nuevas formas de trabajo basadas en la flexibilidad, el fenómeno de la "uberizació" es determinante, han ido marcando estas décadas, acelerándose en la última y media. Si la estructura social tenía entre sus principios la movilidad social y la mejora permanente de cada generación con respecto a la anterior, todo esto se ha roto.

España no ha sido una excepción en este proceso, dentro del mundo occidental, al contrario. Somos uno de los países, por nuestras características estructurales y por la situación en la que nos encontramos, en el que los impactos de estos cambios son más amplios. Con un sistema productivo basado en una baja industrialización, las transformaciones derivadas de la Globalización dieron lugar a no pocas deslocalizaciones y a una apuesta por la terciariación precarizada, teniendo en el turismo la punta de lanza de parte de la economía española. Además, somos un país, como todos, con grandes desequilibrios territoriales y sociales, que se siguen reproduciendo e intensificando. En el caso del Estado de Bienestar, llegamos tarde, no fue hasta la década de los ochenta del siglo XX cuando se construyó el mismo y se consolidó, partindo de una serie de debilidades como el hecho de ser un país con un modelo más familista. Llegar tarde también supuso que la crisis del Estado de Bienestar se desarrollase más tarde, pero sus impactos fueron determinantes, como se pudo comprobar con la crisis de 2008.

La crisis de 2008, la pandemia del Covid-19 y los cambios geopolíticos de los últimos dos años, con un viraje indeterminado en la Globalización, han mostrado un nuevo escenario con diferentes respuestas. Si en 2008 se aplicaron recetas neoliberales, en 2020 los esfuerzos fueron en otra dirección. Sin embargo, las dinámicas macroeconómicas, que están siendo positivas, no están llegando a la mayor parte de la sociedad, con una población que está pasando por una precarización de sus condiciones de vida. Este hecho no niega que se hayan desarrollado políticas y acciones desde las Administraciones Públicas que han sido necesarias para abordar situaciones de crisis, pero no están siendo suficientes. Tampoco lo son propuestas neoliberales de nuevo, promesas de reducciones de impuestos ante ciclos electorales, etc., que lejos de llegar a las clases trabajadoras y medias, las perjudican. 

La entidad Fuhem acaba de publicar un interesante trabajo, el I Informe Ecosocial Calidad de Vida en España. Balance, Tendencias y Desafíos. El mismo es una radiografía bastante completa de nuestro país, teniendo en consideración igualmente la variable medioambiental y el impacto del cambio climático. Las conclusiones, también recogidas en el artículo de Esther Peñas en Ethic, no dejan lugar a dudas. La exclusión social crece, la desigualdad también; los trabajadores pobres que, pese a contar con un empleo, lo mismo; las desigualdades territoriales se extienden; se destina a la vivienda un porcentaje cada vez más elevado de los ingresos, debido al aumento del interés del dinero y de los precios de los alquileres... En fin, un panorama desalentador que no es una excepción en nuestro entorno. Los retos y desafíos son mayúsculos y no debemos cerrar los ojos, ni hacernos trampas al solitario, ante esta situación que nos muestra una sociedad cada vez menos cohesionada. Las soluciones vendrán con nuevos paradigmas que pongan el foco en la equidad y la igualdad. No vendrán desde recetas neoliberales o populistas. Se ha recorrido un larguísimo camino en estas décadas para ir perdiéndolo a pasos agigantados.