El impacto de la Covid-19 y la vulnerabilidad

Por EQUIPO AICTS / 6 de agosto de 2020


Llevamos conviviendo unos meses con un escenario desconocido como es el provocado por la pandemia de la Covid-19. Desde marzo, nuestras vidas se han visto sujetas a cambios sin precedentes. Primero, un largo confinamiento necesario para parar la propagación del virus. Segundo, una adaptación gradual a un contexto diferente, con un proceso complejo en el que se establecieron diferentes fases y nos hemos acostumbrado a distancias sociales y usos de mascarilla, transformando algunos de nuestros hábitos sociales. Finalmente, un mundo lleno de dudas e incertidumbres cuya única certeza clave es que es esto únicamente tiene la salida de una vacuna o un tratamiento en el que están trabajando numerosos científicos y laboratorios. Esa es la esperanza, que llegue y que se pueda difundir lo antes posible. Por el camino, un impacto económico de primera magnitud y desconocido, unas consecuencias que han llevado a replanteamientos en políticas europeas y nacionales y que va a dejar un agujero sin precedentes. Y, finalmente, la situación que se está generando con los denominados rebrotes, una situación desigualmente distribuida.

Llevamos unas semanas conteniendo la respiración ante los nuevos brotes que van surgiendo en determinados lugares y regiones. Con al aumento de la movilidad y el relajo de ciertas precauciones, que se han focalizado en ciertos grupos sociales como por ejemplo los jóvenes y el ocio, aunque hay muchas zonas grises. Lo que sí que está claro es el hecho de que ciertos contagios se han producido en colectivos en situación de vulnerabilidad como son los temporeros e inmigrantes que trabajan en el campo. Este grupo ya estaba en situación de vulnerabilidad anteriormente, en unas condiciones precarias y que se reproducían en un ciclo que abarca diferentes zonas en función de las cosechas. De las frutas a las vendimias, numerosos trabajadores y trabajadoras viven hacinados, en unas situaciones que han sido altamente denunciadas. En Lleida, algunas comarcas han visto el repunte de la Covid-19 debido a estas condiciones, como han reflejado los medios de comunicación, generándose incluso estigmatizaciones. La profesora de Enfermería de la Universitat de Lleida Erica Briones Vozmediano escribía un interesante artículo sobre la cuestión en Gaceta Sanitaria, haciendo especial hincapié en la necesidad de la prevención y de evitar estas condiciones de vulnerabilidad. No cabe duda que las diferentes administraciones tienen aquí un importante desafío y hay Comunidades Autónomas que van a realizar pruebas de PCR a todos los trabajadores en estas campañas. 

Por otra parte, durante la pandemia también se ha insistido en el hecho de que la Covid-19 igualaba socialmente, que afectaba a todas las clases sociales. Hay una parte cierta en esa afirmación, pero no lo es menos que las clases sociales en peor posición en la estructura social cuentan con mayor vulnerabilidad ante la pandemia. Si lo acabamos de reseñar en la cuestión de los temporeros, hay que recordar las condiciones de habitabilidad en el condicionamiento o el impacto en Educación, por no hablar de los grupos sociales que se van a ver más perjudicados por la crisis económica derivada de la pandemia. Pero, si hay un dato todavía más explícito es el resultante de la encuesta serológica en Suecia, que no ha contado con confinamiento, que da como resultado que había un 30% de positivos en barrios pobres y un 4% en los ricos. Es decir, la posición social importa, y mucho. Teniendo en cuenta las circunstancias del modelo sueco y la estrategia llevada a cabo por este país, diferente al resto de Europa, no hay que echar en saco roto los resultados de este estudio para observar de nuevo el peso de las variables socioeconómicas en, este caso, el riesgo de contagiarse. Sí, habrá personas que digan que no es del todo extrapolable al caso español, u a otros, pero es muy significativo y no debemos dejarlo de lado. 








Los cuidados en tiempos de pandemia

Por EQUIPO AICTS / 30 de julio de 2020


En estos meses que llevamos de pandemia, con todos los escenarios que se han generado y todas las situaciones que han quedado en evidencia, una de las más importantes ha sido la de los cuidados. No han sido pocas las voces que han insistido en esta cuestión en relación, fundamentalmente, a las personas mayores. Siguiendo en gran medida algunas de las líneas de trabajo de la socióloga María Ángeles Durán, se han planteado las necesidades de profundizar en cómo cuidamos a nuestras personas mayores y en qué aspectos tendrían que incidirse. Lo cierto es que, como se ha venido incidiendo en estos meses, la situación de las personas mayores ha sido una de las más comprometidas en tiempos de la pandemia de la Covid-19. Primero, por su mayor vulnerabilidad a los efectos del virus que hizo que, en la primera oleada de marzo a mayo, fuese el colectivo más afectado concentrando la mayor parte de contagiados y fallecidos. En segundo lugar, por la situación que se vivió fundamentalmente en residencias y centros de día. No cabe duda que esta es una cuestión que supone un antes y un después, lo ocurrido en las residencias nos tiene que hacer reflexionar, lo está haciendo, sobre el modelo de atención y cuidado a las personas mayores.

En una sociedad que está priorizando la juventud, y extendiéndola, las personas mayores han quedado en un segundo plano. También aquí habría que precisar algunas cuestiones. En primer lugar, valoramos muy positivamente, no podría ser de otra manera, el aumento de la esperanza de vida y el hecho de que se llegue en mejores condiciones de vida a las edades más maduras. En segundo lugar, también hay que tener en consideración la diversidad de situaciones que se dan en este colectivo tanto en función de la propia edad como en la situación en la que se encuentran estas personas. Se hace especial incidencia en no pocas ocasiones en la importancia del envejecimiento activo, por ejemplo. Pero, como hemos visto con la crisis generada por la Covid-19, parte del colectivo de personas mayores estaba en una situación de vulnerabilidad que no se quería ver. De esta forma, algunas residencias se convirtieron en una trampa por las que el virus se extendió con unas consecuencias dramáticas. Obviamente, no se puede generalizar y no todas las residencias tuvieron la misma incidencia.

Sin embargo, lo ocurrido nos muestra que parte de nuestros mayores fueron considerados "ciudadanos de segunda" porque no se tuvieron en consideración los mecanismos de control de las situaciones de parte de las residencias. En este sentido, las Administraciones Públicas fallaron en parte, cuando se observó algunas de las condiciones en las que estaban estas personas, las cuales no eran desconocidas. Se puso de manifiesto la precariedad de parte de un sector y algunas de las debilidades de nuestro sistema de Servicios Sociales, la parte ménos desarrollada de nuestro Estado de Bienestar.

Por estos motivos, junto a los que podrían denominarse estructurales, es necesario incidir en la cuestión de los cuidados, especialmente en un contexto en el que la Covid-19 sigue muy presente y se teme lo que pueda ocurrir en otoño, mientras se espera que llegue la vacuna o un tratamiento. No podemos volver a caer en los errores y deficiencias del pasado, hay que poner en valor a los cuidados en un escenario de especial vulnerabilidad. Hay muchas personas mayores en situación de dependencia, que precisan de esos centros de día y residencias en las que ser atendidos, en función de sus necesidades. Durante el confinamiento también se puso el foco en lo ocurrido con estas personas que no pudieron acudir a sus centros de día, por ejemplo. En definitiva, de nuevo hay que regresar a esos cuidados, especialmente en el caso de las personas mayores, que además nos mostrarán nuestra categoría como sociedad. Es tiempo de corregir graves errores pasados para no caer en ellos. 








Más sobre las bases de la pobreza y la desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 20 de julio de 2020


En nuestra última entrada, analizábamos las bases de la pobreza y la desigualdad a raíz de nuevos informes sobre la cuestión referidos a España. Los últimos días han seguido las noticias acerca del tema con un nuevo estudio de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN-ES) del que se hizo eco El País. En el mismo se incidía en cómo el escenario había empeorado desde 2008 en el caso de la pobreza severa, a pesar de la recuperación macroeconómica de los últimos años, y también se insistía en el hecho de que contar con un empleo o con estudios superiores no garantizaba el no contar con factores de riesgo para caer en la pobreza y exclusión social. Este fenómeno hace años que se viene observando, suponiendo una quiebra sobre ciertos supuestos en los que se basan nuestras sociedades y este informe al que hacemos referencia indicaba que el 30% de las personas en situación de pobreza severa trabaja y el 37% cuenta con estudios altos o medios. Sin duda alguna, es un fuerte indicio de la evolución del mercado de trabajo y de la situación de precariedad del mismo. Están siendo años en los que estos procesos están afectando a no pocos sectores productivos y casi nadie parece salvarse de la situación. Además, de nuevo hay que referirse a la situación de las dificultades de acceder a un trabajo acorde con el nivel de cualificación. La "sobrecualificación" también viene siendo analizada durante estos últimos años pero sería un grave error poner el foco en la decisión de estudiar y no hacerlo en la situación de un mercado de trabajo y un sistema productivo que tiene déficits estructurales que, lejos de corregirse, se han acentuado.

El País también ha publicado una serie de noticias sobre cuestiones vinculadas a la movilidad social y al peso del origen familiar en el nivel socioeconómico. Los indicadores de nuevo son concluyentes con el peso de ese origen familiar y social en las concidiones de vida. En definitiva, un escenario que tampoco es nuevo ya que las bases de las desigualdades cuentan con un importante origen familiar y social. La movilidad y el ascensor social ha sido una de las claves de las sociedades durante la segunda década del siglo XX y las clases medias se sustentaban en esa promesa, que se hacía en no pocas ocasiones a través del acceso a los estudios superiores y, de esa manera, a empleos cualificados. A pesar de que la primera década del siglo XXI, o gran parte de la misma hasta la crisis del 2008, cuenta con una imagen de crecimiento y de optimismo, la realidad detrás de la misma era otra ya que se estaban gestando y encubriendo las bases de ese futuro que vendría con el shock de 2008. De esta forma, la precarización del empleo que señalábamos anteriormente, junto con el impacto de la crisis, iba a suponer un golpe durísimo a una de las bases de legitimidad de las sociedades. Lo que nos muestran los datos de El País es el reflejo de todo ese proceso, así como se van a la década de los noventa para observar la transmisión de esas condiciones de vida. Lo que ocurre también es que una parte de las clases trabajadoras y medias aspiracionales no habían llegado a asentar las bases de su situación y con la crisis de 2008 las mismas se desmoronaron y fue, en muchos casos, la ayuda de las redes familiares la que evitó la caída en la exclusión social.

2020 nos ha traído una pandemia global con la Covid-19 y del impacto en la estructura social hemos venido hablando en este Blog. Las consecuencias económicas y sociales van a ser de gran calado y estamos hablando de un escenario en el que, de nuevo, el origen familiar y social va a desempeñar un papel clave. La pobreza y la exclusión social se irán ampliando por las partes más débiles de la sociedad y alcanzarán a otros que no pensaban verse en ese situación, o que habían superado la misma en la crisis de 2008. Es responsabilidad de los poderes públicos y de sus políticas afrontar este escenario y tomar decisiones que eviten que la desigualdad y la vulnerabilidad crezcan. Muy complicado, y más con los debates en la Unión Europea actual que pueden acabar limitando esas políticas. Un escenario cada vez más complejo, la verdad. 









Pobreza y exclusión social en España: bases y nuevos escenarios

Por EQUIPO AICTS / 11 de julio de 2020


Han pasado unos meses desde que el relator especial sobre pobreza y derechos humanos de Naciones Unidas. Philip Alston, visitase España. En aquellos tiempos, que parecen tan lejanos pero no lo son, fueron muy comentadas unas imágenes en las que Alston acudía a entornos muy marginales de nuestras grandes ciudades. Por un lado, se señalaba que reflejaban la situación de una parte del país y ciertas deficiencias de los sistemas de protección. Por otro lado, se criticaba que era una visión muy parcial y que se contribuía a no mostrar la realidad en toda su dimensión. El caso es que llego la pandemia de la Covid-19 y de Philip Alston no se acordó nadie. Hasta que, por lo menos en nuestro caso, Ethic recogió en un artículo de Raquel Nogueira el pasado 8 de julio los resultados de su estudio. Dicho artículo llevaba por título "Más de la mitad de los españoles no llega a fin de mes". El informe tiene fecha de 21 de abril y se puede consultar en la ONU. 

Las conclusiones del informe son conocidas. Nogueira destaca que el 26% de la población está en riesgo de exclusión, que el sistema asistencial no funciona, y que los poderes públicos han fallado en ese sentido. Estos indicadores y sus conclusiones aparecen regularmente en estudios de la Fundación Foessa, EAPN, Save the Children, Cruz Roja, etc., y también se pueden ver en no pocos casos en el Instituto Nacional de Estadística. Pero, está bien que retomemos este informe y que el trabajo de Alston no quede en saco roto. Las bases de la desigualdad y la exclusión social en España tienen un componente estructural muy importante, ya antes de la crisis sistémica de 2008 había casi un 20% de la población en exclusión social y la crisis aumentó la precariedad, la vulnerabilidad, el desempleo, etc. Fue un punto de inflexión tan grande que sus consecuencias se siguen notando hasta hoy. Las bases de la desigualdad se reafirmaban y el hecho de que España no hubiese avanzado tanto en protección social en las décadas de construcción del Estado de Bienestar y de crecimiento económico. Pero, como hemos señalado en otras ocasiones, los Servicios Sociales han sido la pata más débil de nuestro Estado de Bienestar. Estos grupos de exclusión social, concentrados en las grandes ciudades, con pocos visos de movilidad social, siguen estando presentes y fueron los primeros afectados por la crisis de 2008, luego vendrían las clases medias.

Marzo de 2020 supone un cambio de escenario total con las consecuencias de la pandemia Covid-19. Se diseña un sistema de protección social porque las consecuencias de la crisis serán tremendas, y las económicas están por ver. Cada mes que se avanza, las previsiones económicas van empeorando a pasos agigantados. Cuando escribimos estas líneas, julio de 2020, hay sectores en una situación complicada, como por ejemplo el turismo entre otros, que son los que cuentan con una buena parte de trabajadores y trabajadoras no cualificados. El impacto de Covid-19 en el riesgo de exclusión social puede ser muy significativo, a la par que se reducen las fuentes de ingresos de las Administraciones Públicas y aumentará la deuda y el déficit público. Los debates en la Unión Europea no auguran unas soluciones que no impliquen en parte repetir errores del pasado, aunque parece que se es más consciente de los riesgos para la cohesión social. Es un momento muy delicado, muy complejo, en el que las tendencias de los años recientes pueden recrudecerse o corregirse. Esperemos que vayamos en la segunda dirección pero nos faltan motivos para el optimismo.






El déficit de la inversión en I+D+i en España

Por EQUIPO AICTS / 25 de mayo de 2020


La Fundación COTEC ha presentado su informe anual sobre la situación de la investigación en España. El Informe COTECsiempre interesante y relevante, cobra más importancia si cabe en un momento como el actual. La pandemia del Covid-19 ha mostrado algunas de las costuras de nuestro país en diferentes escenarios, y el de la inversión en I+D+i no deja de ser uno de ellos. España, que nunca se caracterizó por un importante esfuerzo en el I+D+i, se ha encontrado en un escenario en el que esta es más importante que nunca. Pero no parece que seamos conscientes de esta necesidad, como tampoco se fue en las décadas pasadas. La verdad es que los indicadores no dejan en buen lugar a España en ese sentido. Y eso que en los dos últimos años se ha venido produciendo una recuperación con respecto al pasado. La crisis de 2008 y sus consecuencias dejaron en un escenario muy negativo a la I+D+i. Si en 2008 se invertían 14.701 millones de euros, en 2018 se situaba por primera vez en una década por encima de esa cifra con casi 15.000 millones. Y es que, durante los peores años de la crisis de 2008, los descensos en la inversión en I+D+i habían sido superiores a la reducción del PIB. Uno de los indicadores más demoledores es el del peso de la I+D+i en el PIB. En 2018 es de un 1,24% cuando en 2008 se situaba en el 1,35%. Es decir, a pesar de los incrementos de los dos últimos años, su representación en el PIB sigue siendo menor que en 2018. En la comparación internacional, España queda en un mal lugar en inversión en I+D+i. En el conjunto de la UE28, esta representa el 2,1% del PIB, una brecha que se ha agrandado en los últimos años.

En cuanto al interior de España, las diferencias entre Comunidades Autónomas también son relevantes. Solo cinco están por encima de la media nacional aunque ninguna llega al 2,1% de la UE28. País Vasco, Madrid, Navarra, Cataluña y Castilla y León son las que están por encima del 1,24%. Once regiones están por debajo del 1%, destacando en el final de la lista el 0,41% de Islas Baleares y el 0,47% de Canarias. El Informe COTEC también muestra cómo es la inversión privada la que va recuperándose en mayor medida, mientras que la pública permanece estancada. 

Un escenario, en definitiva, desolador pero esperado. No es una novedad que España haya sido un país que ha descuidado el sector del I+D+i. Las bases de esta situación son históricas, vienen de un pasado en el que la Ciencia siempre fue sospechosa. Que una figura de la relevancia y talla intelectual de Miguel de Unamuno fuese capaz de decir una frase tan desafortunada como "¡Que iventen ellos!" deja a las claras lo que se podría esperar de un país que llegó tarde a la modernidad, con una dictadura incluida. España ha apostado por sectores económicos que han dado lugar a un modelo productivo dependiente de actividades que, en cualquier situación de crisis, acaban siendo de las primeras en caer. Pasó con la "burbuja inmobiliaria" y la construcción en 2008, ha ocurrido con el turismo en 2020 y el Covid-19. Cierto que, en ocasiones, ha sido una apuesta interna y decidida, y en otras se produce por la nueva división internacional del trabajo fruto de la Globalización y con la Unión Europea como protagonista en el nuevo reparto de la misma, con un sur de Europa especializado en ámbitos del sector servicios no especializados.

Trabajar en la I+D+i en España ha sido, y lo sigue siendo, un esfuerzo titánico para sus investigadores e investigadoras. Condiciones laborales precarias, dificultad de una carrera profesional, recursos que descienden, convocatorias que menguan, etc. Las numerosas horas que hacen los investigadores e investigadoras llegan a compensar la falta de medios y recursos en ocasiones, pero a costa del sacrificio personal. Y en las Ciencias Sociales el escenario es todavía peor. Muchos profesionales tienen que dejar España para poder desarrollar su carrera en otros países, lo que implica una pérdida de capital humano que difícilmente regresará. 

Covid-19 ha mostrado la necesidad de invertir en I+D+i no únicamente para frenar la pandemia y encontrar soluciones, que también y es algo inexcusable, sino para generar un modelo productivo más diversificado y que cuente con mayores puntos de resistencia ante crisis como las que nos ocupan. Sin más I+D+i, tanto desde el ámbito de lo público como desde el privado, difícilmente podremos salir de la situación. Claro que, eso mismo se dijo en 2008 y todavía estamos invirtiendo menos en relación al PIB que entonces. 






Covid-19, igualdad de oportunidades y equidad, y Educación

Por EQUIPO AICTS / 18 de mayo de 2020


Uno de los ámbitos en el que más nos estamos centrando en esta serie de artículos sobre Covid-19 y sus consecuencias es el educativo. No cabe duda que, cuando comenzó todo, la situación de la educación fue señalada. Centros cerrados, clases on line, brechas digitales y educativas, etc. Fue un momento en el que la comunidad educativa (alumnos, docentes, familias, etc.) tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo para afrontar una situación inesperada. Como señalábamos, la situación de la igualdad de oportunidades y de las desigualdades que se manifestaron, aunque siempre han estado ahí, fue uno de los aspectos claves a los que atender. Había muchos más, algunos tan controvertidos como los relativos a los menús infantiles en la Comunidad de Madrid. Y también en lo relativo a la conciliación de la vida familiar y laboral, tanto en el caso de las personas y famillias que seguían trabajando como en la cuestión de compaginar teletrabajo y tele-educación, de lo que hemos hablado aquí anteriormente. Hace unas semanas, los compañeros y compañeras de RASE. Revista de Sociología de la Educación publicaban un número especial sobre estas cuestiones.

El escenario de futuro de la educación se antoja complicado. Las perspectivas de futuro indican que el curso 2020/21 no comenzará de forma normalizada. Habrá que reducir el número de alumnos por aulas, habrá que mantener la distancia social y tomar en consideración todas las medidas necesarias para garantizar la seguridad. Este hecho no admite discusión, todo el mundo está de acuerdo en ese sentido. Pero, la situación plantea una serie de preguntas vinculadas tanto a la conciliación, de lo que ya hablábamos en un post anterior, como a la cuestión de la igualdad de oportunidades. Héctor G. Barnés publicaba en El Confidencial un artículo en el que incidía en esta cuestión, señalando que si la educación dejaba de ser presencial, el ascensor social se acabaría por frenar. G. Barnés, uno de los periodistas que más se ha implicado en los últimos años en analizar diferentes aspectos del sistema educativo, contaba con el testimonio de varios especialistas del ámbito de la Educación y de la Sociología de la Educación. Esos mismos días, la ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá, incidía en una entrevista en El País en que la educación tenía que ser presencial, que era una cuestión insustituible. 

Que la educación presencial se reduzca, hasta que se cuente con una vacuna o remedio frente a Covid-19, implica un golpe muy duro a la igualdad de oportunidades y la equidad. La educación es una de las principales bases de las transferencias sociales y es determinante en la equidad. Sin una escuela presencial, es prácticamente imposible garantizar la igualdad de oportunidades. Al contrario, como hemos visto estos meses, la educación on line incrementa las desigualdades sociales que ya existen a través de la profundización de la brecha digital. La escuela, además cumple funciones de guardia y custodia que precisan de esa presencialidad. Y, además, garantiza el acceso a determinados bienes y servicios a no pocos colectivos como son unos menús saludables a través del servicio de comedor que, en el caso de familias en riesgo de exclusión social, garantizan una comida equilibrada. Además del comedor, habría que añadir toda una serie de actividades complementarias que vienen determinadas por el hecho de acudir a la escuela, como por ejemplo visitar ciertos lugares como museos, teatros, etc., o hacer ciertas actividades que no podrían hacer en el ámbito familiar. Y sin olvidar el papel de la relación con los compañeros y compañeras. 

En definitiva, una situación de riesgo en la que nos encontramos a corto plazo en relación a la igualdad de oportunidades y la equidad en educación. De las medidas y acciones que se tomen en estos meses, dependerá la capacidad del sistema educativo de que no se profundicen las desigualdades ya existentes y, todo ello, en un escenario más complejo en el que la vulnerabilidad social crecerá por las consecuencias económicas de la pandemia. 






Covid-19 y la conciliación de la vida familiar y laboral

Por EQUIPO AICTS / 15 de mayo de 2020


El impacto de la crisis del Covid-19 en nuestras sociedades está dando lugar a una nueva cotidianidad y a una nueva forma de organización de la vida. Desde el comienzo de la pandemia, cuando el confinamiento fue la única forma de parar el virus, el teletrabajo se impuso en aquellos sectores y actividades en el que es factible. Obviamente, quedadan fuera numerosas actividades esenciales para el mantenimiento de la sociedad y de las que ya hemos hablado aquí. Médicos y personal sanitario en su conjunto por un lado, pero también trabajadores y trabajadoras de supermercados y tiendas de productos de primera necesidad, transportistas, limpiadores y limpiadoras, etc. A este último colectivo, en gran medida marcado por la precariedad, también hemos hecho referencia en este Blog. Y quedaban fuera también del teletrabajo las actividades que tampoco podían realizarse a distancia, con buena parte de sus trabajadores y trabajadoras sometidos a ERTEs.

Por el otro lado, el cierre de los centros educativos mandó a sus domicilios a los estudiantes de todos los niveles. Este hecho era también una necesidad ineludible para impedir la expansión de la pandemia. Con todos los niños y niñas en sus casas, se ponían las bases para un imposible equilibrio entre trabajo y atención a las tareas escolares de la infancia. El sistema educativo reaccionó con rapidez, adaptándose con un esfuerzo por parte de la comunidad educativa, en un sentido amplio, encomiable, pero ya indicamos que había también fallas y riesgos como el de la brecha educativa derivada tanto de la desiguldad de acceso y uso de las TICs y de la posibilidad de los padres y madres de atender a estos niños y niñas por encontrarse trabajando. En este sentido, el sistema educativo tendrá que hacer un esfuerzo por mitigar la situación. 

Los profetas de Internet y el valor de las TICs encontraron dos buenas razones para lanzarse a cantar las bondades de la tele-educación y del teletrabajo. Por un lado, nos decían, el sistema educativo obsoleto tiene que adaptarse a las nuevas realidades. Es una oportunidad, señalaban. Y, con respecto al teletrabajo, una potencialidad. En definitiva, el escenario estaba preparado para el lanzamiento de mensajes sobre un futuro nuevo y luminoso, conectados todos y todas. 

La realidad dista mucho de esa luminosidad. Al contrario. Comenzando porque ninguna pantalla podrá reemplazar el valor de la escuela en sus diferentes funciones, por mucho que la escuela tenga que adaptarse a los nuevos tiempos, y siguiendo por la dificultad de combinar el trabajo en casa con la atención a los hijos e hijas. Además, nuestra sociedad había trasladado a la escuela funciones de guardia y custodia que no implicaban únicamente las horas de clase sino comedor, madrugadores, actividades extraescolares, etc.

Por otra parte, son ya numerosos los estudios y los informes que señalan que el teletrabajo ha supuesto una carga de trabajo mayor, incluso algunos lo cifran en dos horas más de media de trabajo al día. Estamos viviendo un momento en el que la sobrecarga de trabajo ha crecido y la conectividad genera situaciones complejas relacionadas con la disponibilidad y la inmediatez. Cuando se habla con personas que están teletrabajando, no son pocas las que señalan que se sientan a las ocho de la mañana, se levantan para comer, y siguen hasta las nueve de la noche. Los docentes e investigadores universitarios estamos acostumbrados a trabajar en nuestras casas, a largas jornadas nocturnas y de fines de semana escribiendo artículos, corrigiendo trabajos y exámenes, etc., pero es diferente a esta situación.

Y esto se complica mucho más si tienes hijos o hijas, especialmente en edades en las que no son autónomos con Internet y las TICs. Encajar horarios y esfuerzos se convierte en una suerte de misión imposible, además de compartir espacios y dispositivos. Hay hogares en los que es posible que sólo haya un ordenador o dos para trabajar y estudiar. El esfuerzo de supervisión de las tareas escolares exige un apoyo constante y no se soluciona con posiciones bienintencionadas. De esta forma, el estrés sobre las familias aumenta y genera situaciones de ansiedad y frustración. David Brunat, en El Confidencial, reflejaba esta situación

Claro que el escenario a medio plazo se complejiza. Observando que, hasta que no haya una vacuna o un tratamiento eficaz, no se va a poder regresar a una situación de normalidad, ya se han lanzado las primeras previsiones que apuntan que el comienzo de curso en septiembre será diferente, que el regreso a las aulas no contará con todos los alumnos y que habrá que ir generando escenarios que van desde clases de quince personas, para garantizar el distanciamiento social, hasta turnos, etc. Y eso si no ocurre otro rebrote del virus que vuelva a generar un nuevo confinamiento. Esta situación ha levantado todas las alarmas entre las familias y sitúa la conciliación como otro imposible. Además de esa combinación draconiana del teletrabajo y la tele-educación, en el caso de que los alumnos tengan que ir de diferentes formas y días, ¿cómo se van a organizar las familias? Además, no podrán contar con los abuelos y abuelas, el grupo más vulnerable a Covid-19, claves como ayuda a los padres en su organización cotidiana, desde el cuidado de los niños y niñas hasta la llevada y recogida en los colegios. 

En fin, una situación casi imposible y que tendrá que poner en funcionamiento toda la capacidad y creatividad de los responsables educativos y de la sociedad para encajar este puzzle. En caso contrario, las familias se verán sometidas a un estrés todavía mayor, tanto las que teletrabajen como las que no, porque habrá momentos en los que no puedan dejar con nadie a sus hijos; qué pasará si tienes dos hijos y uno va por la tarde y otro por la mañana y los dos progenitores están trabajando; cómo afectará a las familias monoparentales, generalmente encabezadas por mujeres y que ya tienen una situación más complicada...Escenario complejo no, lo siguiente. 






La estructura social, las clases medias y Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 06 de mayo de 2020


A lo largo de los artículos que estamos dedicando al impacto de la pandemia Covid-19, especialmente en las dimensiones vinculadas a las cuestiones sociales, las desigualdades, los colectivos vulnerables, etc., hemos hecho hincapién en cuestiones como la cohesión social, la corresponsabilidad, el valor de las políticas públicas, entre otros ámbitos. Es indudable que el impacto económico de la pandemia comienza a perfilarse cada vez de forma más clara, aunque ya desde el comienzo el escenario se presentaba ampliamente negativo. Tras dos meses de confinamiento y estado de alarma, con numerosas actividades y sectores cerrados, especialmente en sectores como la hostelería, el turismo y el comercio, el aumento del desempleo ya es una realidad constatable. Y, de nuevo, serán las medidas que se tomen desde las Administraciones Públicas, comenzando por la Unión Europea, las que puedan mitigar el escenario que se está generando. Pero, no cabe duda que las consecuencias para la estructura social y su composición serán muy significativas.

En anteriores entradas del blog, hemos indicado que serán de nuevo los colectivos vulnerables, los que ya se encontraban en posiciones de desigualdad, los que sufran en primer lugar y de forma más dura esta nueva crisis. Lo hemos visto incluso en algunas situaciones como los trabajadores y trabajadoras de determinados sectores que están siendo fundamentales en estos meses. Hablamos del personal de supermercados e hipermercados, los encargados de la limpieza, transportistas, etc., empleos que no destacan, en general, por sus condiciones salariales y laborales. Además, estos colectivos también se han mantenido en su puesto de trabajo lo que ha podido tener consecuencias sobre cuestiones como la atención a sus hijos e hijas en un contexto en el que se han cerrado los colegios. 

En una situación también compleja quedan los trabajadores y trabajadoras que han perdido su empleo en estos meses, así como la incertidumbre de los sometidos a un ERTE. Las medidas de distancia social para evitar nuevos brotes va a tener unas consecuencias sobre muchos sectores como los ya mencionados, y ese hecho va a afectar al empleo y las condiciones laborales. Se está observando en estos momentos cuando, ante las primeras fases de la desescalada, muchos establecimientos, en la hostelería y restauración, deciden no abrir porque no compensa. 

Y hay un grupo social que también quedará afectado por la crisis. Es la clase media, en la que la mayor parte de la población se autocategoriza. Sobre el impacto de la crisis de 2008 en la clase media se analizó y escribió desde numerosas dimensiones y aspectos. Ya era difícil conceptualizar un colectivo tan heterogéneo y con una diversidad de situaciones, pero que hacía del estatus un elemento central. Con la crisis de 2008, muchas personas que se pensaban de clase media se vieron expuestas a una movilidad social descendente, regresando a una suerte de casilla de salida. Además, se produjo unn descenso de las transferencias sociales, en cuestiones tan sensibles como la educación y la sanidad, que habían sido claves para ese proceso de movilidad social ascedente. 

Las clases medias no se recuperaron tras la crisis de 2008 aunque, cuando pasó lo peor, buena parte de ellas siguieron manteniendo una posición de estatus. Ahora ha llegado una nueva crisis, y de consecuencias más profundas, que puede dar lugar a una profundización de esa situación. Como para el conjunto de la sociedad, las medidas que se tomen para paliar la situación marcarán el nuevo escenario. Pero, a pesar de estas medidas y por el volumen de la crisis, el escenario se torna muy complejo. De esta forma, las clases medias, buena parte de ellas sostenidas con alfileres en los últimos años, se quedan de nuevo expuestas. Y lo hacen colectivos que pensaban que se estaban recuperando de la crisis de 2008, y lo hacen autónomos y pequeños empresarios, incluidos todos los dueños de comercios, establecimientos públicos, etc. Como ha ocurrido en el pasado en otros países, por ejemplo Francia, la respuesta a esta crisis será fundamental para evitar que estas clases medias depauperadas abracen discursos populistas de extrema derecha. Si antes se hablaba de los "perdedores de la globalización", debemos evitar que se haga ahora con respecto a los "perdedores de la crisis Covid-19", especialmente haciendo referencia a aquellos colectivos más vulnerables. 








La soledad de las personas mayores en tiempos de Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 01 de mayo de 2020


A lo largo de las semanas que llevamos conviviendo y adaptándonos a la pandemia del Covid-19 ha quedado de manifiesto el hecho de que las personas mayores son las más vulnerables al virus. Día a día hemos visto cómo crecían los fallecimientos e infectados en las franjas de edad más altas, con una especial incidencia en las residencias de personas mayores. Estos hechos marcarán un antes y un después en nuestra forma de ver a este colectivo, o al menos debería hacerlo. Ya señalamos en una entrada anterior que, en los inicios de la pandemia y cuando nadie podía intuir que las consecuencias del Covid-19 iban a ser la que han sido, se puso el foco en que esta enfermedad iba a las personas mayores especialmente. Esta argumentación "nos salvaba" al resto de su impacto. Sin embargo, pronto se vio así, la situación se desbordó y la sociedad realizón un esfuerzo ingente para proteger especialmente a este colectivo.

La situación de parte de las residencias merecería un capítulo aparte y un análisis pormenorizado. No se puede generalizar, ni mucho menos, ya que nos encontramos ante un escenario muy heterogéneo, pero la situación tendría que invitar a una reflexión social muy profunda. Primero, en el sentido de qué tipo de sociedad somos que "aparcamos" a muchas personas en estos lugares y en determinadas condiciones. Obviamente, la institucionalización es necesaria y hay situaciones, por depedencia y por decisión personal, que son un hecho. Las residencias de personas mayores y sus trabajadores y trabajadoras son una entidad central y necesaria de nuestras sociedades, y su labor es inconmensurable. Pero hay situaciones que no pueden dejarse de lado, que tienen que ver con la regularización, el estado y las condiciones de algunas residencias que, lamentablemente, ha quedado demostrado en esta crisis. Hay que ponerlas en valor, así como a sus trabajadores y trabajadoras, pero también hay que evitar esos escenarios que se han dado.

En esta entrada del Blog de AICTS nos vamos a detener en la cuestión de la soledad de las personas mayores en estas semanas. Nos encontramos con una situación que ya era una realidad antes del Covid-19. La importancia de las relaciones interpersonales y del contacto con los familiares y la red social cercana es una necesidad para las personas mayores, que en no pocas ocasiones se encuentran en situaciones soledad, bien por su institucionalización en residencias y por la ausencia de visitas, bien porque viven solos y solas en sus domicilios, en no pocas ocasiones en localidades diferentes a sus hijos e hijas. La soledad es uno de los problemas más importantes de las personas mayores que se ha visto recrudecida en parte de este colectivo durante esta crisis. 

A las personas que ya se encontraban en situaciones de soledad se ha unido el confinamiento que impide, y por razones obvias y justificadas como es la seguridad, el contacto con sus familiares. Muchos artículos han puesto el foco en este aspecto, así como en lo ocurrido en residencias de personas mayores en las que no se podían producir visitas. Todo ello tiene unas consencuencias en el bienestar psicoemocional de las personas mayores que, en no pocos casos por su estado no pueden entender los motivos del cese de las visitas. Es cierto que las tecnologías han podido mitigar en parte esta situación, o que las redes vecinales han ayudado a personas mayores a poder contar con sus alimentos y medicinas al no poder bajar a la calle. Pero son parches.

Covid-19 nos deja un mundo nuevo, unas consecuencias que no alumbramos todavía a observar en muchos ámbitos, pero nos tiene que hacer repensar la atención a nuestros mayores en su conjunto, a ponerlos en valor. Y tenemos que ser también muy conscientes de la situación de la soledad. Si hay rebrotes de la pandemia, algo que no es ni mucho descartable por las previsiones de los expertos, será necesario articular medidas para paliar esos escenarios que puedan incidir negativamente en el bienestar de las personas mayores. 








Sobre la cohesión social y el impacto de la pandemia Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 27 de abril de 2020


A lo largo de las entradas que viene escribiendo el equipo de AICTS en este blog, dedicadas estas semanas y meses al impacto de la pandemia Covid-19 en varias dimensiones, se dan una serie de ideas transversales. Una de ellas no cabe duda que es la cohesión social, como un elemento vector y determinante en la respuesta a las consecuencias del virus. La cohesión social siempre ha sido un concepto fundamental para entender el papel de las políticas públicas y, en la medida que estas han ido en una dirección y otra, han tenido un impacto en dicha cohesión social. La cohesión social nos retrata comos sociedades en el sentido de cómo somos corresponsables los unos de los otros, cómo se articulan los mecanismos para que el conjunto de ciudadanos y ciudadanas se sientan integrantes de una sociedad. Si esa cohesión no se da, el sistema está en riesgo y la conflictividad social aumentaría. Obviamente, la cohesión social va ligada a la igualdad de oportunidades, a la equidad y a la reducción de las desigualdades.

Este hecho lo tuvieron muy claro los definidores de las políticas del Estado de Bienestar. Una sociedad que se base en la desigualdad y en la injusticia, nunca podrá estar cohesionada. T.H. Marshall fue más y lo relacionó con el concepto de ciudadanía y los Derechos Sociales. Y es que, sin estar cubiertas las mínimas condiciones vitales, sería imposible disfrutar de Derechos Civiles y Políticos. Este hecho lo vemos en la actualidad cuando se analiza el voto en función del barrio de residencia y se observa cómo la abstención es mucho mayor en los barrios desfavorecidos.

La cohesión social se basa en una corresponsabilidad. Y esa corresponsabilidad no solo tiene una vinculación con la empatía, sino que se manifiesta en un sistema impositivo. Cuando se pagan impuestos, se financian las políticas públicas que tienen que ir encaminadas a esa cohesión social. Lo estamos viendo estas semanas con las consecuencias de la reducciones presupuestarias en el ámbito sanitario. Por lo tanto, cohesión social no es caridad ni asistencialismo, cohesión social es corresponsabilidad. 

Sin embargo, las últimas dos décadas han tenido unas consecuencias negativas en la cohesión social. Los valores que han impregnado nuestras sociedades con la evolución de un capitalismo neoliberal y globalizado se han basado en el consumismo y el individualismo. Poco espacio queda ahí para la cohesión social. De hecho, una de las tensiones más evidentes se ha manifestado en cómo diferentes grupos sociales, especialmente parte de los que se convirtieron en clases medias gracias a las medidas del Estado de Bienestar, gracias a las políticas públicas basadas en la cohesión social y la corresponsabilidad, reclamaban pagar menos impuestos, junto a clases más altas. Sin embargo, no son pocas las voces que ya hace años que alertaban de la deriva que llevaba el sistema y de cómo podía afectar a su supervivencia, con graves riesgos de aumentar la conflictividad. Lo manifestaron gente tan poco sospechosa como Warren Buffett o, en España, Antonio Garrigues Walker. 

La crisis sistémica de 2008 fue un duro golpe para la cohesión social. En nuestras sociedades, se produjo un aumento de la desigualdad y de la precariedad. Buena parte de los ciudadanos y ciudadanas no se vieron respaldados por un sistema que, en cierto sentido, "les dejó de lado". Fue un punto de inflexión determinante que explica una cierta deslegitimación del sistema que ha sido aprovechada por grupos populistas para crecer. Sin embargo, el error vino desde dentro, de las medidas que se tomaron que, en parte, supusieron un sacrificio de parte de la sociedad.

Las consecuencias económicas de la pandemia Covid-19 tendrán un impacto muy negativo en las condiciones de vida de la gran mayoría de la sociedad, aunque son las personas que ya estaban en desventaja las que sufrirán en gran medida el golpe. Lo estamos viendo ya, aumentan las colas en las entidades del Tercer Sector para solicitar alimentos. Si el sistema responde en la misma línea que en 2008, y parece que no va en esa dirección, la cohesión social se verá muy debilitada y el sistema entrará en una fase de deslegitimación. Tenemos la oportunidad de evitarlo, nadie dijo que será fácil pero, en caso contrario, el mundo que nos espera es mucho peor. 








La estructura territorial y el Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 24 de abril de 2020


Durante prácticamente el último lustro, la despoblación de amplias zonas del interior de España ha ocupado parte de la agenda pública de los medios de comunicación. Se ha producido una reivindicación de estos territorios, una concienciación de su situación, pero la despoblación ha seguido su curso a pesar de las medidas que se han puesto en marcha para frenarla. En paralelo, y con una menor visibilidad social, crecía la preocupación de los territorios intermedios, los que no eran las grandes ciudades, que se estaban quedando en un segundo plano. Este proceso ya se había visto en Francia y se alertaba sobre sus consecuencias. Los indicadores nos mostraban cómo estas ciudades y territorios perdían población y la ganaban las grandes ciudades, donde había más oportunidades laborales. Estas zonas habían perdido la mayor parte de las actividades del sector secundario y se habían terciarizado, convertidas en no pocas ocasiones en un reclamo turístico. Este proceso hay que insertarlo en la Globalización que, obviamente, iba a ser de las grandes ciudades, protagonistas y capitalizadoras de la misma.

Por lo tanto, un problema de dimensiones territoriales que implicaba soluciones muy complejas y una creciente desigualdad. ¿Cómo afecta Covid-19 a este escenario? Seguramente, es demasiado pronto para poder hacer un diagnóstico y una proyección, pero podemos ver qué está ocurriendo en estas zonas y en la dimensión territorial e intuir algunas tendencias. Lo primero, el debate ya se ha centrado en las medidas que se han tomado para combatir la pandemia. No cabe duda que estamos hablando de medidas, de confinamiento, que están pensadas para las grandes ciudades. En este sentido, la queja que se ha lanzado desde diferentes ámbitos de las zonas rurales están fundamentadas. Pero también deberían tenerse en cuenta las circunstancias que caracterizan a estos territorios, con una población envejecida, precisamente el colectivo con mayor riesgo ante el Covid-19. Recordemos el temor en los primeros momentos de la pandemia, cuando existían personas que se iban a las segundas residencias y se alertaba por el riesgo de llevar el virus con ellos. Lo que está claro es que, las medidas de desescalada del confinamiento tendrán que tener en cuenta estos territorios. No es lo mismo Madrid o Barcelona que una pequeña localidad de la sierra de Cuenca, pero tampoco se sabe si las personas que están en ese municipio han pasado el virus o son asintomáticos.

El impacto en el medio rural es muy importante por la situación en la que ya se encontraba. Los sectores económicos del sector primario son claves para el abastecimiento pero hay ya escenarios complejos derivados del hundimiento del mercado, especialmente en la ganadería por el cierre de restaurantes, o la falta de mano de obra para atender las labores agrícolas. Por el otro lado, el que en algunas zonas y municipios tenga un elevado peso el sector turístico supone que parte de la temporada está cerrada. Semana Santa, que era uno de los grandes momentos del medio rural en ese sentido, ya se ha perdido. Pero, puede haber perspectivas de futuro positivas en el sentido de que el turismo de proximidad será importante en los próximos meses. De la misma forma que los productos de los entornos cercanos. 

En cuanto a las ciudades medias, la situación también es compleja. Ha habido algunas de ellas que han padecido el impacto de Covid-19 y la falta de medios por su posición geoestratégica. Los casos de Soria y Segovia son algunos de ellos. Es muy importante incidir, en todos los casos, que estamos hablando de derechos y de recursos. Para las ciudades medias, las consecuencias de Covid-19 vuelven a ser un desafío dentro del contexto en el que se encontraban por lo que, una vez más, el tablero será global. Surgen voces de nuevo que inciden en la posibilidad de recuperación de industrias y sectores que fueron desmantelados y que se han visto tan necesarios en un contexto y escenario como el que nos movemos. Sin embargo, la respuesta es nacional y global.

En definitiva, una dimensión la territorial que no debemos olvidar a la hora de afrontar el mundo durante el Covid-19 y el post Covid-19, sea cuando sea, porque va a obligar a reconfiguraciones. La cuestión es, como hemos comentado en otros artículos, si esa reconfiguración irá en la dirección de corregir las tendencias anteriores o, por el contrario, las desarrollará y las va a exacerbar. Esa esa la gran pregunta. De momento, no se atisba una respuesta clara. 








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