TIC y desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 10 de mayo 2021

Hace ya catorce meses que la pandemia de la covid-19 vino para quedarse durante mucho tiempo, más del que pensábamos. Y en ello estamos. Llevamos más de un año en un proceso en el que estamos viviendo escenarios de todo tipo. Desde la crisis sanitaria, la primera y más urgente, la más dramática por el enorme número de víctimas, hasta la económica, de cuyas consecuencias seguiremos hablando décadas. Por el camino, todo acaba siendo atravesado por la pandemia. Una de las transformaciones más evidentes derivadas de la covid-19 es la relacionada con la digitalización de nuestra realidad. Este era también un poceso muy imparable. Durante las dos últimas décadas, especialmente en la última, su aceleración ha sido una constante. La generalización del uso de las TIC en todos los ámbitos ha sido uno de los grandes cambios de la humanidad a lo largo de su historia. No tenemos que explicar nada más porque lo vivimos cotidianamente. 

A las TIC se les saludó como una oportunidad también en el ámbito de la igualdad ya que, por ejemplo, se pensaba que no haría falta estar en los grandes centros de poder para poder desarrollar una carrera profesional. Se asumían costes que eran evidentes. Obviamente, había un escenario en la digitalización que afectaba directamente a los puestos de trabajo, al perderse los que se automatizaban. Pero se señalaba que surgirían nuevos empleos. Por otra parte, las TIC también serían un campo de oportunidades. Una de sus muestras más evidentes vendría de las llamadas "economías del contenedor" que llegan a su máxima expresión con la "uberización" de actividades y sus numerosas sombras. Pero, además, habría unas brechas digitales.

Las brechas digitales han ocupado una buena parte de los análisis sobre el impacto de las TIC en la desigualdad. Es evidente que, al comienzo de todo el proceso, el acceso a los dispositivos digitales, en cualquiera de los formatos, estaba reservada a los colectivos con rentas más altas. En la década de los ochenta del siglo XX, y hablamos de finales de la misma, para la mayoría un ordenador personal en tu domicilio era Ciencia Ficción. Pero, a medida que se fueron universalizando los dispositivos, expandiéndose y haciéndose más accesibles, y más necesarios en diferentes sentidos, esas brechas de acceso se fueron reduciendo paulatinamente hasta quedar muy relegadas, al menos en teoría. Se hicieron importantes esfuerzos para reducir la misma, con colectivos muy específicos que se consideraba que tendrían más problemas para acceder a las TIC. Ahí surgió una desigualdad mucho más evidente que fue la brecha de uso. Es decir, qué somos capaces de hacer con las TIC y aquí determinados grupos y colectivos sociales, tenían más ventajas que otros. No es lo mismo que yo utilice las TIC para mandar correos y utilizar Redes Sociales que pueda llegar a programar y editar vídeos, por ejemplo. De esta forma, la brecha de uso se vio claramente en primera línea, aunque no tuvo nunca la misma visibilidad que la de acceso. Incluso, en algunos momentos se acuñaron expresiones como "nativos digitales" e "inmigrantes digitales", diferenciación que tienen sus propias limitaciones. 

La pandemia de la covid-19 aceleró la transformación digital pero también mostró sus costuras. Lo hemos escrito en no pocas ocasiones desde entonces, y antes. Cuando se produjo el cierre de los centros educativos en marzo de 2020, muchos discursos políticos y de no pocos agentes se centraron en la oportunidad que suponía para el sistema educativo adaptarse a las nuevas necesidades gracias a las TIC. Desde el minuto uno se observó cómo no iba a ser así, al contrario. Se constataron numerosos alumnos y familias que no solo tenían dificultades de uso sino también de acceso. La reacción a la segunda cuestión fue rápida por parte de las diferentes administraciones educativas, facilitando dispositivos en modo de tablets, ordenadores portátiles. Esta situación se vio desde la educación infantil hasta la universitaria. Sin duda alguna, nos encontramos ante un escenario que tendrá sus consecuencias duraderas como ya muestran algunos artículos y estudios. 

Recientemente, se ha publicado La automatización de la desigualdad de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing. Es una obra necesaria que incide en cómo la desigualdad también se relaciona con las TIC, hecho claro y comprobado como hemos visto, pero no cabe duda que será un proceso que irá a más. Y es que son las clases más desfavorecidas, las que tienen menores niveles de renta, las que tendrán más dificultades para adaptarse a esa realidad que tiene en las TIC un vector y epicentro. Y será una desigualdad tanto de acceso como también de uso, especialmente de uso. Tiene que ver también con educación, con derechos, etc. Es una desigualdad acumulativa que se suman a las anteriores. Pero se darán también nuevas desigualdades que pueden llegar a ámbitos muy cotidianos. En definitiva, una mirada necesaria como una variable más relacionada con la desigualdad.

Y, mientras tanto, en un contexto como en el que nos encontramos, en el que la digitalización aparece como uno de los ejes centrales de la transformación de la sociedad y la economía, especialmente vinculado a los planes de reconstrucción y los fondos europeos, junto con la sostenibilidad. Pero, cuidado, porque no consiste en las grandes proclamaciones y lemas a los que nos tienen tan acostumbrados sino en fijarse y tener en consideración las caras B de estos procesos. 














Hablemos de Ciencia

Por EQUIPO AICTS / 3 de mayo 2021

La Ciencia española tiene una situación de déficit que podríamos definir como secular. Esta cuestión ya la hemos planteado en alguna ocasión en este Blog. En el último año y pico de pandemia de la covid-19, las fortalezas y debilidades de la Ciencia española han quedado reflejadas. Las fortalezas han venido marcadas no tanto por factores estructurales sino por las motivaciones y la implicación de los profesionales. Las debilidades, enumerables desde la carencia de medios hasta la precariedad de los propios investigadores, especialmente los que se encuentran en formación. Hace unas semanas, el digital Nueva Tribuna recogía la noticia de que España había invertido un 1,25% de su Producto Interior Bruto en Ciencia mientras que la media de la Unión Europea era del 2,13%, siendo superados por primera vez por países como Grecia, Portugal y Polonia. 

Este escenario no es fruto de la casualidad ni del momento actual, sino que tiene unas bases estructurales que tienen que ver con el valor otorgado a la Ciencia en España tradicionalmente. No tenemos que irnos al "¡que inventen ellos!" de Miguel de Unamuno, una expresión sin duda desafortunada de uno de los grandes intelectuales de nuestra Historia. Pero, un país al que le costó entrar en la Revolución Industrial, que arrastró atrasos seculares y que sufrió una Dictadura de casi cuatro décadas, pues tenía pocas herramientas para salir adelante en el plano científico. De esta forma, el páramo científico era comparable al deportivo, considerándose ciertos deportistas que salían en aquellos años y décadas como una explosión de genio que no contaba con las bases estructurales y con las condiciones contextuales para hacerlo. Pues con la Ciencia pasaba lo mismo.

Lo que ocurre es que no podemos echar la culpa permanentemente al pasado, aunque siempre debemos considerar su impacto, porque hemos tenido tiempo y medios para revertir la situación, o al menos para acercarnos más a otros países de nuestro entorno, esos en los que nos miramos y a los que nos queremos parecer. A España le costó mucho pasar de un país que no contaba con las estructuras de un país moderno a otro en las que las mismas ya estuviesen presentes y se fuesen asentando. En las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, el Estado de Bienestar fue una realidad, con sus características y sus puntos fuertes y débiles, pero cambió la cara de España. Se abrieron numerosas universidades y se aumentó el nivel de cualificación de la población. La Ciencia también avanzó pero no tan rápido como otros ámbitos. En el siglo XXI, las dinámicas fueron otras, primero con esa "bubuja económica", luego la crisis de 2008, su recuperación de aquellas maneras y la pandemia de la covid-19. En los momentos de fortalezas y crecimientos económicos, no se avanzó en materia científica y de investigación tanto como se podría haber hecho. Con las crisis, los recortes económicos hicieron también estragos en la investigación. Se había pasado del I+D al I+D+i pero quedaba mucho por hacer. 

Cuando la pandemia de la covid-19 llegó y se puso en valor a la Ciencia, en todos sus ámbitos y dimensiones, quedaron al descubierto más todavía esas debilidades. Hay que poner en valor el trabajo ingente realizado y que se está haciendo, pero debe darse una vuelta a la situación de la Ciencia que tiene que contar con mayor visibilidad e importancia en un sistema productivo que necesita una transformación, así como socialmente. Mayores inversiones, evitar la precariedad y la alta temporalidad de los científicos, generación de carreras universitarias estables que permita incrementar su número y su importancia cualitativa, son cuestiones que están encima de la mesa. Tenemos que seguir reivindicando el papel de la Ciencia y que consiga tener un mayor peso. Y estamos hablando de políticas públicas. 















Cambios

Por EQUIPO AICTS / 26 de abril 2021

Durante los últimos días se ha producido una noticia de gran impacto que, en un contexto como el actual con la pandemia de la covid-19 y los debates sobre las elecciones en Madrid, puede haber quedado en un segundo plano pero que es determinante para observar la evolución de nuestra sociedad y tiempo. La fusión de CaixaBank y Bankia va a provocar un ERE de más ocho mil empleados y el cierre de más de milquinientas oficinas bancarias. Es un proceso que no es nuevo porque la concentración de entidades bancarias ha sido una constante desde hace décadas, provocando escenarios que afectan tanto a los niveles macro como micro de la economía. Solo darse un paseo por nuestras calles muestra cómo ha cambiado el escenario bancario pero, para ello, hay que contar una breve historia.

La expansión de los bancos, y cajas de ahorro, tuvo su punto de inflexión en España con la burbuja inmobiliaria de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, que iba a remover los cimientos de nuestros sistemas. Sin olvidar la situación de la economía financiera con las consecuencias conocidas, aquí ya con una dimensión internacional. En el caso de España, como en tantas cuestiones, su sistema tenía sus propias características, con una banca tradicional que iba creciendo hasta convertirse en gigantes internacionales con el tiempo (Santander, BBVA), que había tenido orígenes familiares, regionales y en sectores económicos concretos, y un sistema de cajas de ahorro que cumplían una importante labor social. Las cajas de ahorro, institucionalizadas provincialmente, eran parte determinante de la estructura social de los territorios y parte de sus beneficios revertían en su sociedad. Sin embargo, las desregularizaciones, las fusiones, la interrelación con el ámbito político y la señalada burbuja inmobiliaria supusieron factores de transformación del modelo para siempre. Las consecuencias son conocidas, un rescate sin precedentes, fusiones y desapariciones de entidades. El modelo de cajas de ahorro se vio reducido y transformado en una bancarización, la fusión de Bankia y CaixaBank sería un último ejemplo. 

En el nivel más micro, la banca y las cajas de ahorro eran parte determinante de las sociedades, obviamente. Muchos municipios prácticamente, por pequeños que fuesen, contaban con su oficina. La expansión de los noventa y primeros dosmil ocasionó un amplio abanico de entidades que poblaban nuestras calles. Además, la banca y las cajas de ahorro eran una fuente de empleo determinante, tanto para las clases medias altas como para las medias aspiracionales. Tener un trabajo en ese sector parecía para toda la vida por la estabilidad que demostraban. Y, de nuevo, no podemos olvidar la enorme labor que hacían las obras sociales de las cajas de ahorro, ya señalada, tanto en el ámbito de lo propiamente social como de lo cultural. Pero el escenario iba a cambiar, y de qué manera.

La crisis de 2008 supuso el primer golpe potente y poderoso al modelo. Una crisis que evidenció algunos de los peores vicios del mismo, la codicia. Despidos, concentraciones, fusiones, etc., precedieron a otro fenómeno interrelacionado y que aprovecharía el momento como fue el de la digitalización de los servicios bancarios. De repente, lo que había sido una constante, esas oficinas que no dejaban de crecer, se iban cerrando. Por otro lado, los recortes acababan con la mayor parte de esas obras sociales. Y, además, la atención al público cambiaba directamente ya que iba ganando presencia Internet y la banca electrónica. Muchos municipios veían el cierre de sus oficinas bancarias como un indicador de despoblación. También era frecuente, es, ver cómo los horarios de atención al público para gestiones rutinarias se reducían y la imagen de colas y de personas "pegándose" con el cajero, especialmente personas mayores, son constantes. Además, todo el escándalo de las preferentes supuso un impacto en la confianza de un sistema que, cada vez, se iba haciendo más lejano y distante a un ciudadano que, en el pasado, confiaba en su caja de ahorros o su banco.

Como podemos observar, lo macro y lo micro se ven interrelacionados. En definitiva, el cambio en la banca supone un indicador de unas transformaciones en la sociedad que van más allá de la tremenda pérdida de empleos con sus consecuencias en personas y familias. Concentraciones e impersonalidad de un sector que nos muestra el camino de las dos últimas décadas que ha llevado a cabo el capitalismo. Nos hemos adaptado a la banca electrónica y a la digitalización, obviamente, con las ventajas que tiene. Pero, no cabe duda que debemos mirar a las señales que se transmiten desde sectores como la banca, que no es el único. La cuestión no es si no deben darse cambios y transformaciones, que es lógico que se produzcan, sino qué respuestas se dan para evitar consecuencias negativas de los mismos, y más en un contexto como el actual. No, no es una mirada nostálgica hacia la banca o caja de ahorro a la que ibas con tu cartilla a sacar dinero, pero no deja de ser relevante lo que refleja. 
















Sobre becas

Por EQUIPO AICTS / 19 de abril 2021

En las últimas semanas han surgido algunas noticias en relación a las ayudas al estudio y a las becas universitarias. Se incide en aspectos como las cuantías, el descenso de la nota media de 6,5 a 5 en los máster habilitantes, y en el aumento de los universitarios con becas completas, de 90.000 a 215.000 en tres años. Es importante pararse a reflexionar en el papel de estas ayudas y becas, especialmente en unos contextos como los actuales. Recordemos que, dentro de las políticas de igualdad de oportunidades y equidad vinculadas al Estado de Bienestar, las becas y ayudas al estudio han sido determinantes en el aumento de la formación y la cualificación de la sociedad. Si la universalización y la gratuidad de la educación obligatoria fue un avance clave, no lo fue menos el hecho de que muchas personas de orígenes de clases trabajadoras y de clases medias pudiesen acceder a los estudios universitarios gracias a las becas. Además de las elecciones personales, los esfuerzos personales y familiares, las becas eran claves y, en no pocas ocasiones, podían determinar la balanza entre seguir estudiando o no, como ahora. En la década de los ochenta y de los noventa del siglo XX, muchas personas pudieron ir a universidades, tanto en sus localidades como en otras ciudades, a cursar sus estudios lo que tuvo su incidencia en una estructura social que se configuraba de clases medias. Las becas universitarias fueron en gran medida exitosas, aunque no es menos cierto que había colectivos que se quedaban fuera del sistema porque ni se planteaban que podían acudir a la Universidad. Los hijos e hijas, nietos y nietas, del éxodo rural, de los barrios de clase trabajadora, vivían el ascensor social y la movilidad gracias en gran medida a este proceso. 

El aumento de universitarios y universitarias en España ha sido uno de los grandes logros del Estado de Bienestar, un hecho que gracias a las becas permitía que el origen socioeconómico tuviese un peso menor, aunque seguía estando ahí. Sin embargo, el siglo XXI, y especialmente las políticas de recortes de gasto público y de corte neoliberal, vieron una transformación de los sistemas de becas. Sí, es cierto que había más estudiantes con becas pero no es menos cierto que los importes cada vez cubrían menos gastos. Unos gastos que también se incrementaban con el aumento del coste de la vida y de las tasas universitarias, además de las dificultades para poder acceder a viviendas de alquiler accesibles especialmente en las grandes ciudades, Madrid y Barcelona, pero también en el resto. De esta forma, el sistema seguía manteniendo una cierta sensación de equidad pero otros factores estaban operando en su contra, más sutiles e indirectos. Un proceso que también se daba en la sociedad y en su transformación, especialmente con la crisis sistémica de 2008.

En algunas investigaciones que han realizado integrantes de AICTS, todavía pendientes de publicación y difusión, hemos constatado algunos aspectos claves sobre estos procesos. Por una parte, en un estudio sobre desigualdades en educación, en la fase cualitativa con estudiantes procedentes de entornos con dificultades económicas, se constató en sus relatos que no percibían la desigualdad en las etapas obligatorias, ya que la gratuidad de la educación, el acceso a los libros y materiales, y el apoyo del sistema (formal e informalmente), hacía que esas desigualdades no fuesen tan evidentes. Sin embargo, cuando llegaban a los niveles superiores, especialmente los universitarios, sí que constababan claramente que se encontraban en posición de desventaja con respecto a sus compañeros y compañeras de otros orígenes socioeconómicos. El impacto en la elección de estudios, no poder elegir una carrera en otra localidad diferente a la suya por ejemplo; en el acceso a libros y recursos; en tener que trabajar y estudiar a la vez, etc., eran aspectos frecuentes en estos perfiles. Las becas desempeñan un papel central para ellos pero sus cuantías no cubren todas las necesidades, además de las exigencias en nota para conseguirlas y el retraso en sus pagos. Estos aspectos se vieron refrendados en otro estudio cuantitativo con universitarios y cualitativo con especialistas y expertos del mundo universitario. Las becas eran fundamentales para unos colectivos que, sin ellas, tendrían difícil acceder a los estudios superiores pero sus importes no eran suficientes y los requisitos de nota eran muy duros. Hecho que se complicaba en los ya señalados másters habilitantes.

Como venimos señalando desde hace más de un año, la crisis derivada de la pandemia covid-19 va a tener un impacto sobresaliente en estos procesos. La educación ya estaba en crisis desde antes, en el sentido de que se dan mecanismos de reproducción de desigualdades sociales que operan de diferentes maneras, a pesar del enorme esfuerzo del sistema educativo que, obviamente, no tiene la culpa de toda esta situación, ni mucho menos. Al contrario, en no pocas ocasiones olvidamos las potencialidades y éxitos del mismo. Pero, con lo ocurrido desde 2008, con sus bases en la década anterior, la ruptura de la movilidad y del ascensor social, el cuestionamiento de la meritocracia, también la infravalorización de la propia Universidad (en no pocas ocasiones por motivos ideológicos y por intereses contrarios a sistemas cohesionados socialmente), y la precariedad del mercado de trabajo, se ha producido una especie de "tormenta perfecta". Bienvenidos sean todos los cambios a favor de las becas y ayudas, tanto de forma cuantitativa como cualitativa, pero seguramente sean insuficientes y no cubran todas las necesidades presentes y futuras que, lamentablemente, serán más amplias. No podemos hacer maquillajes de la situación, no se pueden poner parches, sino revisar un sistema que debe ser clave en la igualdad de oportunidades y la equidad. 















El mundo del trabajo

Por EQUIPO AICTS / 12 de abril 2021

Uno de los ámbitos de análisis más importantes, en todos los sentidos, es el del mundo del trabajo. No pretendemos hacer aquí un análisis de todo este proceso pero no cabe duda que, a lo largo de las últimas décadas, asistimos a una nueva reconceptualización de los conceptos del trabajo y del empleo. La posmodernidad trajo como una de sus claves la liberación del individuo de ciertas "ataduras", una de ellas la del trabajo, como un factor alienante y deshumanizante. Obviamente, este hecho está muy resumido y precisaría de mayores contextualizaciones. Por otra parte, el contar con un trabajo sigue siendo un aspecto determinante en la inclusión social de los individuos y tiene un impacto determinante en la identidad personal y colectiva. De esta forma, esos procesos de transformación del trabajo también chocan con esa realidad. En las décadas centrales del siglo XX, el trabajo se vinculó directamente también con la vocación y el contar con un empleo en el que uno estuviese a gusto. Tampoco hay que olvidar cómo, en sociedades basadas en modelos de Estado de Bienestar, acceder a un empleo también es contar con el acceso a una serie de derechos y de prestraciones contributivas. Sin embargo, la década de los noventa del siglo XX y las dos primeras del siglo XXI han supuesto transformaciones sin precedentes. Como en otros fenómenos, en la final del siglo XX se daban esos cambios más sutiles y en el siglo XXI se aceleran. 

La última década ha mostrado una serie de cambios que se han intensificado, pero no porque no estuviesen ya presentes. El más obvio es el de la digitalización de la economía, lo que también ha dado lugar a transformaciones en la automatización de actividades. En este sentido, el debate sobre los sectores que han ido desapareciendo y cómo van a ser sustituidos por otros, que generarían nuevos trabajos, es una constante aunque no está claro que ese cambio se vaya a producir. Es decir, los trabajos que desaparecen con la automatización y la digitalización no cuentan con sus sustitutos. La deseabilidad y el optimismo tecnológico en relación a la automatización y la digitalización también se observa en la cuestión de la "Economía verde". La sostenibilidad es el nuevo marco de referencia que incide en las posibilidades de otros empleos que sustituyan a los actuales. Pero, otra vez, nos encontramos con evidencias débiles sobre las opciones de la sostenibilidad y la "Economía verde".+

En el otro lado, un concepto clave es la transformación del mundo del trabajo a través de la combinación de los procesos de digitalización y los efectos de la "economía del contenedor". Esta "uberización" del trabajo también es una constante que está intensificándose y que implica cambios clave en conceptos vinculados a las condiciones de trabajo, los derechos laborales y esas cuestiones tan importantes y relacionadas también con el propio Estado de Bienestar como es el papel de la negociación colectiva y de sus actores. El proceso de "uberización" incide en esa individualidad de las relaciones laborales y en el papel de los algoritmos en el mundo del trabajo a través del control de plataformas que, en definitiva, son intermediarias. Se ha maquillado a este proceso a través de mensajes sobre la autonomía individual, la capacidad de elección del sujeto, etc., pero no es cierto. Además, con la pandemia Covid-19 se ha intensificado el uso del teletrabajo lo que implica también no pocas dudas y consecuencias en los marcos que estamos señalando.

El mundo del trabajo, como todos, se encuentran en una transformación continua, pero en las últimas décadas ha sido cada vez más intensa. Asistimos a unos cambios que inciden, en grandes rasgos, en una precarización de sus condiciones y en una dualidad cada vez más extendida. Por una parte, buenos empleos, cada vez menos frecuentes que parecen cada vez más reservados a ciertos grupos sociales, precisamente los que se encuentran en una situación más favorable dentro de la estructura social. Por otra parte, empleos cada vez más precarios e inestables en los que van entrando colectivos más amplios. De esta forma, el escenario se complejiza ya que también se dan disonancias entre los deseos y expectativas de las personas y la correspondencia entre su formación y el empleo al que acceden, dándose en muchas ocasiones procrastinaciones. En definitiva, que aquella pregunta "¿qué quieres ser de mayor?", tiene ahora respuestas más difíciles. El mundo del trabajo es complejo y los cambios señalados son una realidad, pero no debemos desestimar su valor y su importancia en aras de ciertos optimismos y determinismos que no se cumplen. Y sin olvidar el papel que el trabajo sigue teniendo en el acceso a ciertos derechos y prestraciones contributivas. 
















Hará falta un muy buen plan

Por EQUIPO AICTS / 5 de abril 2021

Sometidos a la tensión de las sucesivas olas de la pandemia de la Covid-19, ahora nos encontramos en los inicios de la cuarta, mientras que el ritmo de vacunación no es el adecuado, o el que tendría que corresponder para llegar a los objetivos de porcentaje de vacunados para el verano, las noticias sobre el futuro se hacen más preocupantes. Son momentos complejos en los que los debates entre salud y economía siguen estando presentes, mientras que los hospitales ven cómo crecen los ingresos y los pacientes en UCI. Por el otro lado, nadie ha venido a salvar la Semana Santa pero queda claro, como venimos señalando desde enero, que 2021 será como 2020. Es decir, un año que dejará unas profundas heridas económicas porque somos un país en gran medida de Servicios, de sectores para los que una pandemia como la actual supone un golpe sin precedentes. De esta situación no tiene únicamente la culpa España, aunque buena parte sí, sino que cabe enmarcarlo en todo el escenario generado por la Globalización y por cómo se ha quedado Europa, en una clara situación de desventaja que tiene unas grandes consecuencias. El hecho de las vacunas es un indicador. Europa, a pesar de haber acudido unida al proceso de adquisición, está pagando carísimamente no contar con sus puntos de producción y no tener autonomía en esta situación. De esta forma, se reproduce de nuevo lo ocurrido hace un año con la debilidad mostrada con los materiales sanitarios necesarios.

En el ámbito económico y social, la recuperación queda de forma compleja, y con el paso del tiempo más. Venimos escribiendo y reflejando sobre las noticias que indicen en el aumento del desempleo, de la desigualdad, de sectores totalmente parados, de familias que han tenido que acudir a las entidades del Tercer Sector. Hay también retrasos en ayudas, las cuales son insuficientes a pesar del enorme esfuerzo que está realizando España en ese sentido. Hace unos días, El País publicaba el dato de que el Estado había ampliado las ayudas a las familias en 30.000 millones de euros, siendo la mayor parte de los mismos los destinados a los ERTE. Como decíamos, es un esfuerzo ingente que, lamentablemente, no ha cubierto la brecha generada y que tampoco será suficiente. Los indicadores siguen mostrando los impactos de la pandemia en las rentas familiares. Otro dato reciente, en este caso una encuesta de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) señalaba que una de cada cuatro familias había perdido al menos un 25% de sus ingresos, entre otros indicadores. Y, como suele ocurrir en las crisis, hay colectivos más afectados que otros debido a que su situación de partida es más vulnerable. De los jóvenes, venimos hablando también repetidamente, y no dejaremos de hacerlo. También hay que destacar el escenario de las familias monoparentales encabezadas por mujeres, que ya estaban en una situación de más riesgo de pobreza

La pregunta es "¿cómo vamos a salir de esta situación?", porque está claro que se necesita un muy buen plan, pero que muy bueno. Y no parece que lo tengamos. En 2008, comenzó una crisis que fue sistémica y que dejó heridas muy graves en la estructura social, las cuales han funcionado como un resorte en la crisis de la Covid-19. Entonces, no se produjeron las medidas necesarias de transformación de esa estructura social en el sentido de reducir las desigualdades. Al contrario, las recetas fueron las contrarias. Recordemos también que, en el caso de España, veníamos de un comienzo de siglo XXI caracterizado por el crecimiento económico de la "burbuja inmobiliaria" y por promesas de cambio de modelo productivo que nunca se darían. Al contrario, se incentivó el papel de España dentro de la nueva división internacional del trabajo. Estos son los mimbres de la situación que tenemos que afrontar como país. Y no son buenos. Además, la Unión Europea está debilitada, como es señalado, cuando es más necesaria que nunca. De hecho, los debates sobre cómo afrontar esa recuperación volvieron a mostrar las debilidades de Europa. Pero, no saldremos de esta sin una Europa más fuerte y cohesionada. El problema es que, además de todo lo que implican los fondos europeos, cuantitativa y cualitativamente, no queda clara la dirección que vamos a tomar. Se habla de la digitalización y de la economía verde pero, en no pocas ocasiones, no se observa un plan detrás y no se aclaran los pasos a dar. Al contrario, todo parece una especie de deseabilidad que no incide en procesos más estructurales. Es decir, se precisa un plan ambicioso que tiene que aunar los dos escenarios, de dónde veníamos y el lugar en el que estamos. En definitiva, un reto mayúsculo pero que no parece que estemos afrontando de forma realista. Esperemos equivocarnos. 

Y, para otro artículo, dejamos cómo van a quedar las políticas públicas en los años venideros porque, con este escenario, se puede producir un descenso de la recaudación a través de impuestos, que se dará al descender la actividad económica, crecer el desempleo y ser más necesarios esos fondos. Los datos del déficit público y de la deuda no dejan lugar a dudas. No quedaba otro remedio que acudir a esa financiación ante la gravedad de la situación. Pero, contando con la misma, debemos ser conscientes que no saldremos repitiendo las mismas recetas de 2008 ni las apuestas de la segunda mitad de la década de los noventa. No debemos sacrificar un Estado de Bienestar cuyas políticas y bases están sufriendo un duro embate, una vez más. Seguramente, no haber cuidado más el mismo en las dos décadas pasadas también se nota en la actualidad. Hace falta un muy buen plan. 














Salud mental

Por EQUIPO AICTS / 29 de marzo 2021

No es la primera vez que en el Blog de AICTS hacemos referencia a la salud mental y al impacto de la pandemia de la Covid-19. Desde el comienzo de la misma con el confinamiento de marzo a mayo de 2020, y todo lo que ha venido después, las consecuencias en la salud mental y en el estado de las personas está siendo muy importante. Primero, las consecuencias sanitarias y su relación con la salud mental, procesos de duelo que no han podido seguirse por ejemplo, o acompañamientos a personas enfermas. Segundo, el aislamiento y la soledad que ha afectado a determinados colectivos de forma especial, como por ejemplo personas mayores en residencias. Tercero, las consecuencias de esos confinamientos y las medidas que también se han medido. Y, en cuarto lugar, las incertidumbres derivadas de las transformaciones económicas, sociales y políticas que está provocando la pandemia, en el sentido de personas que han perdido su trabajo, que han entrado en situaciones de riesgo de exclusión social, etc. Es decir, estamos en un mundo de cambios y de inestabilidad que siempre genera unas consecuencias psicológicas.

La cuestión de la salud mental ha ido ganando terreno y visibilidad en las últimas décadas, pasando de una estigmatización y de ser considerada su atención poco menos que un tabú, a estar presente en la sociedad. Sin embargo, todavía siguen pesando ciertas rémoras a pesar de estos avances, como se ha podido observar en estas semanas en el debate público. Que todavía haya personas que consideren que tener una depresión, ir al psicólogo, etc., es objeto de burla o de minusvalorización, es bastante lamentable. Es necesario seguir avanzando para eliminar estas visiones y escenarios que ridiculizan incluso a las personas y colectivos que sufren problemas de salud mental. Es decir, continuar concienciando y poniendo en valor también a los numerosos profesionales que intervienen en estas situaciones.

La pandemia de la Covid-19, como hemos señalado, tiene unas importantes consecuencias en la salud mental, debido a esas incertidumbres ya comentadas. Es un escenario que tiene todos los números para recrudecerse y más en un contexto como el actual, con aspectos como la sobre información, esa infodemia señalada por numerosos expertos, que nos está superando. Por otra parte, también todo lo relacionado con las Redes Sociales y la posverdad, etc., pueden tener un impacto en la situación de la salud mental. Uno de los colectivos más señalados por la pandemia, los jóvenes, también se ven afectados por problemas de salud mental como señala un estudio reciente. Además, también se advierte que suele ser más difícil de diagnosticar esta situación para este colectivo así como que era un colectivo que quedaba en un segundo plano en relación a ese diagnóstico y a la atención. También se indicaba que es preciso realizar planes de intervención para prevenir determinadas situaciones y conductas. En definitiva, es necesario incidir en este colectivo, en situación de igualdad con el resto de la sociedad, ya que sus situaciones de riesgo también pueden verse ampliadas debido a sus necesidades, vinculadas a la sociabilidad y, especialmente, a sus perspectivas y expectativas de futuro. Y es que, como hemos señalado en otras ocasiones, son un colectivo que vive también en esa incertidumbre. 

Mientras tanto, los cambios derivados de la pandemia están incidiendo en procesos que ya estaban presentes anteriormente. De esta forma, el crecimiento del teletrabajo también están teniendo unas consecuencias en nuestra relación con algo tan central en las sociedades como es el trabajo y el empleo. El teletrabajo ha dado lugar a un aumento de las horas de trabajo y a una mayor disponibilidad de los trabajadores y trabajadoras de los sectores implicados, lo que tiene también su impacto en la salud mental. Es un hecho que se está advirtiendo desde numerosos ámbitos y, lamentablemente, la tendencia será creciente y cabe enmarcarla en la evolución del capitalismo neoliberal y en las transformaciones del mundo del trabajo y de sus condiciones. En definitiva, factores y procesos interrelacionados. Consecuencias ya medibles y visibles en una sociedad en una transformación permanente y acelerada. 













¿Quién puede tener hijos?

Por EQUIPO AICTS / 22 de marzo 2021

Hace unas semanas se publicaron los datos estadísticos de la natalidad en los meses de diciembre de 2020 y enero de 2021, es decir, cuando se podría observar el impacto del confinamiento de hace un año en los nacimientos. Y los datos han sido los esperados, un descenso de 23% con respecto a los datos de un año antes, hecho que se producía en los países del entorno. De esta forma, se producía un impacto añadido en las tendencias regresivas de los nacimientos que ya es estructural. Es una cuestión que se viene analizando desde hace mucho tiempo, haciéndose hincapié en una serie de factores u otros para explicar este proceso. La natalidad en el caso de España se ha estabilizado en unos niveles que implican un crecimiento vegetativo negativo, nacimientos menos defunciones, que se ha visto mitigado en ocasiones gracias a la llegada de la inmigración. La evolución de los indicadores demográficos están relacionados con variables sociales, culturales, económicas, políticas, etc., y en el caso de la natalidad se dejan ver en la transformación de los roles sexuales, en los cambios en la familia y en el papel de los hijos. Es decir, se pasó de una "obligación" de tener hijos a una elección personal. Estas transformaciones estuvieron también vinculadas al desarrollo de los procesos de control de la natalidad a través de los métodos anticonceptivos. De la misma forma, si tener hijos dejaba de ser ese "deber", también descendía el número de hijos de las parejas, lo que tenía sus consecuencias en otros ámbitos. Lejos iban quedando las imágenes del "baby boom" de las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX. Se imponía un modelo basado en "hijos de calidad", es decir, se transformaban una serie de valores vinculados a tener hijos en los que se incidía en la atención y en la consecución de una serie de hitos, una estabilidad (en el caso de España, una trayectoria profesional consolidada, una vivienda, etc.), que también era vista como un requisito imprescindible. Esta serie de cambios daban lugar a esos descensos de la natalidad que en el caso de España se vieron ya en los ochenta del siglo XX. 

Tener hijos era una elección e implicaba una serie de pasos previos. Sin embargo, nuevos cambios sociales también iban produciendo una transformación en el proceso. Además de que esos pasos previos señalados iban retrasando ese camino, consolidar una carrera laboral y adquirir una vivienda no se hacía de la noche a la mañana, también se producía una postergación porque se consideraba que, primero, había que disfrutar de otras etapas como por ejemplo viajar, etc. El retraso de la edad del primer hijo tenía sus consecuencias en que el segundo ya era más difícil que llegase por una cuestión de edad. De esta forma, se comenzaba a alertar de las consecuencias en la pirámide de población y en la estructura social de estos procesos y se comenzaba a hablar de política de fomento de la natalidad. Mientras tanto, el proceso migratorio de la primera década del siglo XXI rejuvenecía nuestro país. Pero, la llegada de la crisis de 2008 supuso un nuevo impacto en los factores que determinan la natalidad, con un fuerte impacto en los jóvenes que veían retrasarse sus proyectos de vida debido al aumento de la inseguridad y la precariedad laboral. En un país como España, además, el acceso a la vivienda seguía siendo complejo, especialmente para unos trabajadores que cada vez tenían un acceso más complejo al mercado laboral y con unos alquileres que no mitigaban el escenario. 

La pandemia covid-19 tiene unas consecuencias determinantes en todo este escenario al añadir una mayor precariedad e inseguridad a las condiciones de vida. Es decir, si las bases que determinan la natalidad ya implicaban unas importantes dificultades, la situación actual y la que venga en los próximos años no va a operar en favor de un aumento de la misma. Se suele hacer hincapié en esas decisiones personales y el cambio de valores, pero también hay indicadores que muestran cómo la fecundidad deseada está en dos hijos cuando la tasa de fecundidad apenas supera el uno, siendo necesaria 2,1 para asegurar la tasa de reemplazo. En definitiva, todavía hay muchas personas que quieren tener hijos, y no uno. Las políticas de formento de la natalidad en un país como España, con un Estado de Bienestar de carácter familista, no han funcionado ya que se han pasado en medidas poco incentivadoras, tipo el "cheque bebé" de su momento, o en no haber incidido en redes públicas de guarderías, o en haber puesto el foco en los abuelos y abuelas como cuidadores. Sin olvidar que hay un escenario más amplio como es la situación del mercado laboral y las condiciones de vida. Habrá gente que diga que en otros lugares tienen hijos en situaciones de precariedad, o que antes se hacía así, pero no es la respuesta debido a que se han dado esos cambios que hemos comentado. Se van intentando poner soluciones, surgen medidas, pero tampoco se avanza en cuestiones como la conciliación tanto como sería deseable y necesario. Y, mientras tanto, parece que en nuestro mundo y circunstancias tener un hijo es un lujo ante el que no pocas personas y parejas se ven en una situación de difícil acceso. La cuestión de la natalidad sigue siendo central pero esa sensación de que no se consigue avanzar en la solución, en un fomento real y efectivo, nos pone ante tesituras complejas.













Más desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 15 de marzo 2021

Se ha cumplido un año de la declaración del estado de alarma. Fue el 14 de marzo de 2020, era un sábado cuando Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, comunicó este hecho y entramos en un confinamiento de casi dos meses que dio lugar a medidas que se iba endureciendo y alargando en función de la situación de la pandemia. Afortunadamente, y a pesar del riesgo derivado del aumento de los contagios en varias olas, no hemos vuelto a ese durísimo escenario. Es cierto que hemos vivido momentos de cierre de actividades no esenciales, de limitaciones de la movilidad, y que todavía estamos en ellas. Las Comunidades Autónomas se cierran perimetralmente, existen toques de queda y el estado de alarma está vigente hasta el 9 de mayo de 2021, por lo menos. No queda otra para combatir un virus que ha transformado nuestras vidas. Mientras tanto, las vacunas van con un avance lento y se establecen en el horizonte nuevas expectativas, aunque no cabe duda que a esto le queda un largo camino. 

El 14 de marzo de 2020, nos enfrentábamos a una realidad que desconocíamos. Habíamos pasado en una semana de ver aquel virus extraño en algo lejano a tenerlo en la puerta de nuestras casas. Aquella incertidumbre se transformó en una crisis sanitaria sin precedentes recientes. En un drama con decenas de miles de fallecidos. En un angustioso recuento de los mismos y de los infectados, en una dramática situación de los hospitales. Con las actividades paradas o a medio gas, el siguiente estadio de análisis era el impacto económico y social. Aquí ya alertamos de las consecuencias en esta dirección, una transformación de nuestras estructuras pero que no iría precisamente hacia una mejora de las mismas sino hacia una intensificación de tendencias que ya venían de atrás. Y, lamentablemente, la desigualdad aumentaría y sería una característica de lo que vendría. Posiblemente, puede que no se visualizase tan a corto plazo por determinadas medidas que se fueron tomando desde las Administraciones Públicas, pero a medio y largo plazo las cosas seguramente vayan a peor. En un país con una estructura económica tan endeble, desde el punto de vista de los sectores productivos predominantes, como es España, una crisis de estas características se puede llevar por delante muchas cosas. El sector turístico y de los servicios no cualificados vinculado al ocio ha sido uno de los más damnificados, con sus consecuencias en el empleo. Dentro de los mismos, además, también había colectivos que ya estaban en situación de precariedad y vulnerabilidad, con trabajos inestables, de temporada, con salarios en ocasiones muy bajos, etc. Pero, además, el impacto de esta situación también se verá reflejado en las cuentas públicas, en los ingresos del Estado a través de los impuestos, que descenderán. Al tener que hacer un mayor esfuerzo para afrontar esta situación. Y en un endeudamiento y aumento del déficit para ello, lo que tendrá consecuencias a medio y largo plazo porque será un dinero que habrá que devolver y con sus intereses. Ahí habrá que estar atentos para que nuestro Estado de Bienestar no se vea todavía más reducido.

Pero la desigualdad creciente ya está aquí. Cáritas ha presentado unos datos ilustrativos. Más de medio millón de personas han tenido que acudir a sus servicios por primera vez, o han precisado de los mismos cuando hacía mucho tiempo que no tenían necesidad de ellos, desde marzo de 2020. Un dato muy significativo y que muestra ese impacto de las consecuencias económicas y sociales de la pandemia, a pesar de las actuaciones de las Administraciones Públicas, que a tener de estos datos se muestran también insuficientes. Por otra parte, ya hay indicadores que también van mostrando cómo esa desigualdad va a aumentar y que hacen referencia a los puntos y bases de partida. A la desigualdad se le suma la desigualdad creciente, y esto va a ser la norma en este contexto de pandemia. Para finalizar, otra muestra de lo que está viniendo es la situación de los jóvenes, ya señalada en este blog, que han visto crecer su desempleo, retrasarse su emancipación, retorno a los hogares familiares, y un parón en sus proyectos de vida. Son muestras que están ya muy presentes pero que, sin duda alguna, nos recuerdan a lo que comenzamos a vivir con la crisis de 2008, aunque está vez con un impacto todavía mayor. ¿Estaremos a la altura de las respuestas o cometeremos los mismos errores que entonces?













Estructura laboral, social y salarial

Por EQUIPO AICTS / 8 de marzo 2021

En el Blog de AICTS también solemos prestar mucha atención a la forma en la que las dinámicas generales suelen incidir en las estructuras sociales. No es el momento seguramente de detenernos en cómo las últimas décadas se han producido unas tendencias determinadas, consecuencia en gran medida de las formas adoptadas por la Globalización, con una preeminencia clara del modelo neoliberal. La pandemia de la Covid-19 mostró a las claras varias formas de desigualdad en la estructura social que, durante estas dos últimas décadas, aparecían en no pocas ocasiones de forma sutil e incluso no tenidas en consideración. Una de ellas fue la referida a la situación de trabajadores esenciales en los que, aunque parezca increíble, no se había caído. No solamente los profesionales sanitarios y similares sino que en unos pocos días "descubrimos" la importancia que tenían trabajadores y trabajadoras, porque una buena parte de este colectivo son mujeres, que trabajan en supermercados, que se dedican a labores de limpieza y también, obviamente, cuidadoras en residencias, en domicilios, etc. Este hecho nos muestra cómo están organizadas en gran medida nuestras sociedades en el sentido de la puesta en valor de ciertas cuestiones y del papel de la posición en la estructura social. En función de nuestra ubicación en la misma, nos relacionamos con unas determinadas personas y compartimos unos códigos u otros. Durante la pandemia se ha visto claramente en la forma de transmitir las informaciones y las consecuencias, en no pocos casos centrado en un perfil profesional y social cualificado. De esta forma, el teletrabajo ha sido una de las constantes en la visualización de los efectos de la pandemia en el ámbito laboral. Obviamente, casi todos estos sectores no cualificados no podrán teletrabajar. 

El caso es que no debemos perder la perspectiva de esta estructura social y salarial. Durante estas décadas, nos instalamos en una expectativa de sociedad de clases medias que pensábamos que se estaba realizando. Todos éramos clases medias, con independencia de ciertas variables que son las que marcan la situación en la estructura. Nos lo habíamos creído claramente y el consumo nos permitía acceder a unos signos de estatus que servían para ubicarnos en esas clases medias. Pero la crisis de 2008 nos demostró que no, que la realidad era mucho más compleja. Sin embargo, cuando todos nos creíamos clases medias, había sectores y colectivos que iban perdiendo posiciones. Hablamos de trabajadores y trabajadoras del sector Servicios no cualificados que, a su vez, también iban creciendo en número porque nuestra estructura económica iba derivándose hacia una terciarización no cualificada con una presencia cada vez más amplia del sector turístico. Esto no debe confundirse con una minusvaloración de estos sectores y actividades, al contrario. Estamos ante una reivindicación de las mismas que, en no pocas ocasiones y lamentablemente, entran en procesos de precarización y con unas condiciones laborales que no son justas. Además, los colectivos que entran a formar parte de esos servicios no cualificados suelen proceder de clases sociales situadas en la base de la pirámide social, grupos que no han podido acceder a estudios superiores, o que han contando con situaciones de fracaso o abandono escolar, así como con haber completado únicamente la escolarización obligatoria a través de la Secundaria. A los mismos, se iban añadiendo grupos sociales de la clase media aspiracional que, a través de valores interiorizados de la meritocracia, iban quedando relegados en ese proceso de movilidad social cuando no entraban en un camino descendente. Y, finalmente, no hay que olvidar la situación de los jóvenes que entran en estos empleos, parte de ellos de forma temporal, y entran en una especie de procrastinación que implica un retraso de sus proyectos de vida. 

Nuestra sociedad está compuesta por muchos más trabajadores y trabajadoras esenciales del sector Servicios no cualificado del que nos imaginamos o pensamos. A veces es una realidad que se quiere ver, en otras es ese origen del que venimos por la movilidad social lograda a través de la formación y el acceso a empleos cualificados. En este sentido, no han faltado también algunas posiciones de índole clasista a la hora de valorar este escenario. Sin embargo, la pandemia como decíamos nos puso en el espejo esa realidad y, además, se hizo hincapié en la situación de desigualdad salarial y económica en la que viven una parte importante de estos trabajadores. Pero, no solamente eso, sino que también eran trabajadores que, debido a su posición esencial y a tener que cumplir unos servicios que eran necesarios, están expuestos a un mayor contacto humano, lo que implica un mayor riesgo de ser contagiados por la Covid-19, generándose un mayor estrés. De esta forma, queda claro que no es lo mismo que puedas estar teletrabajando en tu casa, en un salón amplio, o incluso en un unifamiliar, que tener que estar en una caja de un supermercado. Esto, que es una obviedad, parece en ocasiones que no es cierto porque hay mucha gente que no se da cuenta. Lo que también habla a las claras del modelo de sociedad que estamos generando, menos cohesionado. 

Hemos infravalorado como sociedad el valor de determinados sectores y profesiones lo que, en un mundo como el nuestro, implica que no valoremos tampoco a estos trabajadores y trabajadoras, y recordemos de nuevo que muchos de ellos son mujeres. Pensábamos que estas cuestiones iban a ser superadas, que las condiciones laborales de las mismas y su valoración social iba a ser justa. Pero no, al contrario, entramos en una dinámica que recordaba mucho a las anteriores, lo que pasa es que, en esta ocasión, se adoptaban formas más sutiles. La pandemia sirvió para poner el foco, aunque no de forma suficiente, en estos colectivos. Que no son ni mucho menos minoritarios, al contrario. Al final, regresamos de nuevo a la cohesión y a la justicia social, valores que no debemos olvidarnos de recordar continuamente. Y, lo malo es que las desigualdades se cronifican, se hacen cada vez más estructurales y todavía hay escalones de bajada. 













Lo estructural y lo cotidiano

Por EQUIPO AICTS / 1 de marzo 2021

En las Ciencias Sociales, en general, siempre estamos en una dialéctica que va de lo estructural o contextual a lo particular o individual. Es decir, analizamos esas condiciones que marcan la vida de los individuos, de los colectivos y de las sociedades. Existe una estructura que es analizada por activa y por pasiva, una estructura que nos encuadra. Por otro lado, las personas también hacemos nuestras acciones, tomamos nuestras decisiones y contamos con unas expectativas. La cuestión de cuánto influye esa estructura en la acción individual y cómo ese cúmulo de actuaciones pueden transformar esas estructuras está en la base de las Ciencias Sociales. De esta forma, no son pocas las ocasiones en las que esa dialéctica se plasma en la identificación del peso de unos y otros en la evolución de la vida de los individuos. Los procesos de socialización son claves en todo este proceso y, a la hora de analizar las estructuras sociales y los cambios sociales, son fundamentales esas condiciones que enmarcan.

Viene esta reflexión por el momento en el que nos encontramos y cómo parece que ese marco se hace más inamovible. Siempre ha sido así y es un proceso que se aceleró a partir de la crisis de 2008, con un escenario que se hacía más estructural. La pandemia de la Covid-19 y sus consecuencias, que vivimos en el día a día, parecen incidir más en esa dirección, en la intensificación de los procesos que se venían dando, que es una hipótesis que venimos defendiendo desde hace tiempo. A medida que esa estructura se hace menos permeable, condiciona más las vidas de los individuos y de las sociedades y deja menos margen de acción. En modelos neoliberales, que ponen el foco en el individuo y en sus acciones y capacidades, esta evolución supone una intensificación de la culpabilización de tu propia situación por sus méritos o deméritos. La semana pasada, la consultora 40dB. publicó un interesante informe bajo el título El impacto generacional del coronavirus. El mismo fue realizado para la Fundación de Estudios Progresistas Europeos (FEPS) y la Fundación Felipe González, bajo el apoyo del Parlamento Europeo. Con una muestra de 1.000 encuestas, el estudio no deja lugar a dudas sobre algo que ya se viene advirtiendo desde el comienzo de la pandemia, y que ya ocurría antes, y es cómo son los más jóvenes, los millennials, los que ven cómo sus condiciones de vida y sus perspectivas se ven más afectadas. Por señalar dos indicadores, el 66% de los encuestados de 24 a 39 años señalaron que recibían menor salario desde el comienzo de la crisis y para el 49% se redujo su jornada laboral. 

La sorpresa es ninguna. Responde a los parámetros ya visto en anteriores crisis y, especialmente, en un país como España en el que la juventud, o una buena parte de la misma, lo tiene complicado, dependiendo en mayor medida de las condiciones de partida, de los orígenes familiares. En todo caso, si la pandemia se ha cebado en mayor medida con un sector terciario basado en los servicios no especializados, donde no pocos jóvenes no es que entren al mercado laboral sino que tienen que quedarse en los mismos, y a medida que el nivel de estudios es más bajo la situación se pone muchísimo más complicada, con cierres en hostelería, turismo, etc., es inevitable que sea en esos colectivos en los que el impacto sea mayor. Todo esto, como venimos insistiendo, afecta a los proyectos de vida, a la cohesión social y a la legitimidad del propio sistema.

En el otro lado de la balanza, en diferentes Redes Sociales se hizo viral la foto de un joven rider estudiando en plena noche bajo la luz de una farola, con la foto aparcada a un lado. La imagen llegó a los medios de comunicación y guarda un simbolismo impresionante que nos dice mucho del sistema que hemos construido y que reproducimos. La historia de Carlos Alegre, un joven malagueño de 24 años, muestra ese proceso en el que parte de la juventud está instalada. Ciertamente, no es una novedad, algunos como los que escribimos en este blog pasamos por momentos similares, trabajando y estudiando a la vez, incluso aprovechando horas vacías en las barras de los bares en los trabajábamos para repasar, estudiar, etc., como Carlos Alegre. Lo que pasa es que pensábamos que tendríamos que ser los últimos que íbamos a tener que hacer eso, o al menos que las cosas mejorasen para las siguientes generaciones. Pero no, no ocurre así, las situaciones siguen siendo complicadas y, además, la evolución en estas décadas implica que las desigualdades se transmiten en ocasiones de forma más sutil que directa. Una imagen tremenda, una imagen con todas las interpretaciones y visiones que se quieran poner, desde el tesón de Carlos Alegre, su motivación y ganas, hasta lo que se transmite ya señalado. 















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